08/10/2008

La Tercera Posición, la carreta y los bueyes

POR FELIPE GONZÁLEZ

En lógica es fundamental entender que los términos en los que se plantea un problema condicionan en gran medida la resolución del mismo. En política entrar a una contienda pensando la misma en (y a partir de) las categorías que no son propias es entrar al ring con el culo contra las cuerdas, reaccionando a los movimientos del que tenemos en frente, sin estrategia propia, sin entender cómo pelea el que está en frente, con lo cual no podemos proponer la pelea en nuestros términos.



“Los hermanos sean unidos,
Porque ésa es la ley primera.
Tengan unión verdadera
En cualquier tiempo que sea
Porque si entre ellos pelean
Los devoran los de ajuera”

José Hernández, Martín Fierro


“El Campo vs el Gobierno”

En el caso puntual del problema sobre el que versa este artículo, “el campo vs el gobierno”, la formulación en la cual se planteo el problemas es particularmente mala. No porque sea empíricamente desacertada (lo que a nadie le importa más que al mundo académico en el cual a lo sumo si uno se equivoca no le dan la plata para una beca) sino porque la acción que de ella se desprende es profundamente retardataria para las fuerzas identificadas con un proyecto nacional y popular.

De todos modos, en tanto que los procesos sociales son realizados por actores que no siempre concebimos tales procesos en toda su profundidad, no importa cuan mal esté planteado un problema por la conciencia de los actores masivos intervinientes, negar que lo plantean en esos términos es un error todavía peor que lleva a una marginalidad inconsecuente que es la contracara de la renuncia a una voluntad de poder seria. En este sentido la Tercera posición por más que sostenga no estar inserta en ninguno de esos dos frentes, o por más que pretenda romper esa forma de percibir y entender el conflicto no debe olvidar que estas son las condiciones actuales. Más importante, en tanto que, como se verá, ninguna de las posiciones constituyen actores unificados sino más bien constructos bastante heterogéneos, debe cuidar de no enajenarse los aliados potenciales que existan en las dos posiciones. Operativamente, y adelantando conclusiones, esto significa: a los ojos de los potenciales aliados que hoy están en el Gobierno no puede parecer como cercana al Campo y viceversa.

La Tercera Posición

Uno podría definirla por sus integrantes o por su relación con las otras posiciones. Sus integrantes son los que no están con “el Campo” en tanto que las retenciones móviles les parecen una política en primer lugar legítima de un Estado para intervenir en la política económica (atribución que perdió legitimidad en los 90). En segundo lugar certera no sólo para redistribuir el ingreso y contener los precios internos de los bienes exportables (Argentina tiene la maldición de exportar los bienes que sus propios habitantes consumen, es decir no exporta sólo azúcar o cobre), sino también para diversificar (complejizando y diversificando) el perfil productivo del país. Pero al mismo tiempo son los que tampoco están tutto cuore con “el Gobierno” cuya base de poder se construyó a partir de alianzas que atentan contra su capacidad de reforma o transformación: el senador Urquía es dueño de una de las principales aceiteras exportadoras, el año pasado en pleno conflicto pecuario cerró con las grandes usinas lacteas y el capital concentrado del sector (3 compañías controlan el 80% del mercado) en detrimento de los tamberos, que no cobra retenciones a la minería ni a la actividad petrolera (a 150 dólares el barril de crudo) porque tiene amigos en el sector a los cuales prefiere venderles las acciones de YPF antes que estatizarla seriamente como hicieron Bolivia o Venezuela (o como nunca dejaron de hacerlo países como México o Brasil), que se empecina en construir un faraónico tren bala en lugar de un sistema federal de ferrocarriles (que ayudaría justamente en el flete de los productores).

Es decir, critican a “el Gobierno” no quedándose en la chiquita como se dice, ya que no atacan puntualmente a tal o cual funcionario desprolijo, sino al modelo de desarrollo y sus condiciones políticas y ténicas de sustentabilidad. Aún así no es menor el hecho de que la presencia y desprolijidad de esos funcionarios afecte la posibilidad de articular políticamente en una base de sustentación de ciertos sectores medios urbanos progresistas lo que hasta ahora es una mera oposición difusa a “el Campo”. Amplios sectores sociales se encontraban profundamente en contra del reclamo agrario y sus métodos pero tampoco querían prestar apoyo a “el gobierno”; en términos operativos, a las plazas contra “el Campo” podría haber ido mucha más gente de la que finalmente fue. Esto no es no hay que ver, como muchos defensores a ultranza de “el Gobierno”, clases medias urbanas que o son gorilas o le sacan el culo a la jeringa y no están dispuestas a comerse un sapo, sino más bien un profundo error de conducción por parte de los cuadros dirigentes del kirchnerismo (o justamente la ausencia de éstos).

Con respecto a sus relaciones, rápidamente establecidas sobre el espectro izquierda - derecha, La Tercera se denomina a quien esté a la izquierda de “el Campo”, pero también de “el Gobierno” (tomado en su conjunto), pero que definitivamente no cae en los excesos de la paleoizquierda (que termina articulando con “el Campo”). Ésta se mantiene en una postura tradicionalmente declamativa e improductiva, empecinados en su “ética de la convicción” que identifica como lo mejor los fines más alejados de la realidad hacia la izquierda, sin preocuparse por un solo momento, mediante una “ética de la responsabilidad”, de los medios para la realización efectiva de esos fines y mucho menos por ponderar las consecuencias de sus acciones. Finalmente confía en el potencial revolucionario del productor que eventualmente estará de acuerdo con una reforma agraria, expropiaciones y colectivizaciones siempre y cuando no se hagan con “soberbia”.

Esta posición relativa se confirmaría al ver la caracterización que cada actor hace de “el Gobierno”. Para “el Campo” es un complejo monto-bolchevique, mientras que para la Tercera el Gobierno (tomado en su conjunto) sería un terreno en disputa donde un actor muy fuerte de la misma son los actores garantes del orden consolidado durante el proceso social regresivo inaugurado en 1976, pero sin ser, como lo es para la paleoizquierda, el simple garante del capital concentrado.

En virtud de este posicionamiento político las críticas que la Tercera debe considerar son de diverso signo. De todas ellas importa analizar las que puedan provenir de todos aquellos potenciales aliados, actores que tradicionalmente se han encontrado en el campo popular que han sido críticos del procesos social regresivo de signo neoliberal. Es decir, toda crítica por derecha que cuestione el derecho de intervención estatal sobre los resortes de la economía nacional no serán tenidas en cuenta en este caso (aunque es fundamental comprender cómo luego del menemismo porciones muy importantes de la sociedad aún ven el mundo a través de estas nociones). De estos potenciales aliados que hoy se encuentran en posiciones que, para ser justos, tienen más de oposición a “el Gobierno” que defensa de “el Campo”, interesan las críticas a una política agraria orientada al monocultivo sojero, a la existencia de una ley de arrendamientos que perjudica al pequeño productor a favor de los pools especulativos de corto plazo, y muchas otras críticas de los sectores del campo que fueron duramente golpeador por el neoliberalismo en sus comienzos y por la estrategia de primarización productiva de los grupos económicos locales que se retiraron al campo con los vicios propios de estos sectores (concentración, integración, etc).

Sin embargo para este post son de especial interés las críticas a la Tercera posición de otros actores también de tradición en el campo popular y de lucha contra el proceso social que comenzó en el Proceso y que hoy forman parte de “el Gobierno”. Dichas críticas no pueden ser formulada en términos de “golpismo reaccionario” o “liberalismo pro concentración de la riqueza” porque la Tercera posición en ese punto no es ambivalente. En todo caso apuntaran a otro aspecto de la estrategia política de la Tercera y pueden ser resumidas en frases muy habituales en el discurso de la chicana política, que por tomar la forma de la chicana no implica que su contenido sea menos verdadero: “poner la carrera delante de los bueyes”, “hacerle el juego a la derecha”, “hinchar por Estudiantes en un Boca - River”, “cagar más alto que el culo” y la mar en coche.

Las buenas metáforas visuales se explican por si mismas, y este es un caso. En el mundo académico uno puede permitirse ciertas analogías o metáforas inescrutables, herméticas, poco didácticas. Pero en política eso a uno le cuesta la vida, en tanto que en el arte político es tan importante conocer la ley de gravedad como que la piedra crea en esa ley. Las chicanas políticas anteriores son prácticamente autoexplicativas, pero nunca está de más hacer algunas aclaraciones. Permítaseme resumir brevemente, en un párrafo que bien pueden saltear, las modificaciones estructurales que acaecieron en la Argentina en los últimos 25 años.

El proceso social regresivo neoliberal, su crisis y su salida

Desde 1976, y consolidado a partir de 1991, Argentina atravesó un doble proceso económico y político. El primero se caracterizó por una primacía del capital financiero especulativo y no productivo, desindustrialización (en el mejor de los casos simplificación productiva al concentrarse en actividades con ventajas comparativas cercanas a los productos con ventajas comparativas y de menor aporte al valor agregado), concentración de la producción en pocas grandes compañías que controlan porciones cada vez mayores del mercado, integración (es decir que son dueñas desde la vaca hasta la góndola de leche) y diversificación (son dueñas de la leche y también de actividades financieras, comerciales, etc.), un desempleo creciente que pasó a ser una característica de la nueva estructura social argentina manteniéndose estable por encima de las dos cifras (más allá de los ciclos de aumento y descenso) y distribución regresiva del ingreso. El segundo consistió en desarticular las instancias de organización que representaban los intereses del campo popular. Eliminó por un lado a la pequeña y mediana empresa (generadora de valor agregado y demandante de mano de obra) con el proceso de oligopolización y por el otro a la clase trabajadora mediante el disciplinamiento del Proceso, la hiperinflación y el desempleo masivo durante el menemismo (con complicidad de muchos dirigentes sindicales). De este modo quedó desarticulada una alianza que siempre había podido obturar los proyectos y pretensiones de la gran burguesía del capital concentrado y los sectores políticos retrógrados de siempre aliados a ella.

Este proceso social regresivo entra en crisis en el 2001, pero los actores que ganaron en el proceso 1976-2001 no han desaparecido. En el 2003 surge el kirchnerismo. Su caracterización es de lo más variada. Para algunos es la salida negociada del capital concentrado local que sostenía una devaluación por encima de la dolarización (por la que abogaba otra fracción de la clase dominante), que estaba dispuesto a hacer concesiones en sus intereses materiales inmediatos en pos del mantenimiento de un orden que le garantizase reglas de juego claras al amparo de las cuales pudiese mantener e incrementar su tasa de ganancia. Ese diagnostico en una perspectiva inmediata y a corto plazo puede aparecer exacto, pero peca de un error histórico. Fue el mismo diagnóstico que se hizo de Yrigoyen y de Perón y en ninguno de esos dos casos quienes sostenían dicho diagnostico pudieron responder a esta pregunta: si son las alianzas políticas representantes y garantes de los intereses de la clase dominante mediante un limitadísimo reformismo ¿por qué las clases dominantes y sus organizaciones políticas más cercanas se encargaron sistemáticamente de atacarlas con el objetivo de destruirlas y no sólo de corregirlas en su camino?. El diagnóstico referido a la actual alianza gobernante que aún hoy sostiene esa línea interpretativa tampoco puede responder a esa pregunta. En todo caso habría que avisarle a las clases dominantes que este es su gobierno, porque aparentemente no se dieron por enteradas.

Otra caracterización, tan desacertada como la primera, supone al kirchnerismo como un gobierno de centro izquierda y de liberación que intenta llevar adelante algunas transformaciones pero encuentra la justamente la reacción de esos sectores del poder. Quizás la más certera es la que entiende al kirchnerismo como un espacio de disputa donde efectivamente hay actores representantes de sectores sociales dominantes y donde se han integrado sectores que siempre han sido críticos del neoliberalismo y actualmente pugnan por transformaciones de mayor o menor envergadura condicionadas por la correlación de fuerzas.

En este sentido, en el análisis y práctica políticos actuales es necesario tomar en consideración la correlación de fuerzas imperante, ya que de otro modo se comete el error garrafal de poner la carreta delante de los bueyes intentando imponer un proyecto que no cuenta con las bases sociales de apoyo y la organización política necesarias, es decir, con las condiciones de realización.

Cagar más alto que el culo

Poner la carreta delante de los bueyes, y las metáforas análogas, significa no tomar en cuenta el estado de desarticulación y debilidad estructural del campo popular enfrentado a un poder económico (concentración, integración y diversificación mediante) poderoso como nunca, y pedir transformaciones más profundas y radicales. Superada la crisis, donde el peronismo fue fundamental como piloto de tormentas, el mínimo intento de concesión o reforma se enfrenta a la reacción de los agentes de la conservación de un orden que los beneficia. Hacer ese orden de cosas un ápice más justo (ya sea en pos de la justicia social misma o del orden) se volvió algo intolerable para las clases dominantes. Poco importa si es por una irracionalidad, o mejor dicho una racionalidad particularista y cortoplacista de las mismas. Lo importante es que efectivamente es así y ninguna alianza política reformista ha podido convencerlas de lo contrario. Todo intento en ese sentido, por más limitado que sea, tarde o temprano encontrará la reacción de las clases dominantes y sus actores representativos. Todo argentino de centro izquierda permanentemente se pregunta como puede ser que un gobierno que, en comparación con proyectos programáticos aislados de las condiciones efectivas de realización, ha hecho tan poco sea tan combatido. En este punto se percibe vigente certeza de una de las tradicionales frases de Perón: “Nosotros los peronistas no somos buenos, pero los que vienen después son mucho peor”.

La metáfora “cagar más alto que el culo” se hace carne como nunca en la paleoizquierda. Frente a este cuadro de situación, pugna por la alternativa obrera y socialista, por agudizar las contradicciones, por el “son todos lo mismo”, y otras zonceras argentinas que se pretenden marxistas y cuya crítica sería un despilfarro de tinta en tanto que se critican a si mismas mediante su propia ejecución. Este es el paradigma de “Hinchar por un Estudiantes en un Boca - River”, que esta alianza gobernante reformista se derrotada no implica inmediata y automáticamente ni el surgimiento de una alternativa obrera, ni que los aliados a la paleoizquierda en ese ataque se conviertan en sostenes del socialismo y, fundamentalmente, las condiciones de posibilidad para el surgimiento de esa alternativa obrera serán infinitamente más dificultosas luego de una victoria política y cultural de la derecha. Esas zonceras se decían ya antes del golpe del 1976 y la historia reciente se encargaron de desmentirlas. Post-proceso y post-menemismo, el socialismo está más lejos que antes. Pedirle a Tumini que patee el tablero, y que Libres del Sur abandone el kirchnerismo porque De Vido es de derecha y no está por la destrucción de la economía de mercado es justamente empecinarse en esa “ética de la convicción” y poner la carreta delante de los bueyes.

¿La Tercera caga más alto que el culo?

Fundamental para responder a esta pregunta es hacer una caracterización exacta de los dos posiciones anteriores que fueron tratadas someramente al comienzo. Rápida y afortunadamente se aprendió a distinguir que el constructo “el Campo” escondía toda una serie de diferentes actores que representaban sectores sociales e intereses muy diferentes. Hay grandes diferenciaciones como los productores pecuarios y los agrarios, los grandes y los pequeños, los que plantan soja y los que plantan otros productos con menos viento en popa. Sobre esto se habló largo y tendido y nada que acá pueda decirse va a ser innovador o superador. Lo fundamental, y que sí estuvo ausente, es tener esa misma precaución en el análisis para con “el Gobierno”. El error crucial es considerarlo como un actor unificado, con intereses homogéneos, ya sea para caracterizarlo como un socio del capital concentrado o como un gobierno de liberación. En la medida en que se comprenda que tanto Campo como Gobierno son menos actores unificados que complejas alianzas donde conviven actores (y los sectores sociales a los que éstos representan) con intereses y proyectos muy disímiles, se podrá apreciar la estrategia de la Tercera posición y juzgar con mayor efectividad y certeza si efectivamente pone la carreta delante de los bueyes. En la medida en que el problema no se aborde desde la particularmente mala formulación (Campo vs Gobierno) que ha imperado hasta ahora, la Tercera no aparecerá como el izquierdismo moralista, irresponsable e infantil.

La verdad de la milanesa, y en este punto es necesario que hablamos como gente grande entre compañeros sin importar si se está dentro o fuera del kirchnerismo, es que hacia el interior del mismo conviven agentes tan diversos y con proyectos, intereses y compromisos tan diversos como los de “el Campo”. Ciertamente pensar que Urquía está contra el monocultivo de soja, que De Vido está a favor de la estatización de YPF bajo administración pública, que Jaime está a favor de un sistema ferroviario federal al servicio del interés nacional, que Moreno está a favor de un control efectivo de los precios frenando a los formadores de precios en condiciones oligopólicas, es un error tan grosero como pensar que Bonasso es un traidor, que Jasky es un comprado, que Vervitsky es un idiota que fue manipulado o que Tumini está dentro del Kirchnerismo porque le dan cargos.

La frase “son compañeros equivocados” describe muy bien la relación existente entre aquellos actores del campo popular dentro del kirchnerismo y los que están fuera. Ambos piensan lo mismo en relación con los otros. ¿Quién efectivamente está equivocado? En tanto que este es un problema histórico-político y no lógico-empírico la historia lo dirá. ¿Estatizar YPF es poner la carreta delante de los bueyes? La historia boliviana reciente dice que no. En todo caso, cada uno va a parar en la cancha de la Historia lo mejor que tenga y ahí se verán los pingos. Pero eso no implica que uno no deba leer el paño para saber más o menos por donde viene la mano, cómo reaccionar y qué errores del pasado no cometer. En honor a la verdad, hace tiempo que muchos actores de la Tercera sostenían la necesidad de modificar la ley de radiodifusión heredada de la dictadura. El tiempo demostró que esto no era una medida basada en la ética de la convicción y puramente basada en preceptos morales, relacionados a propuestas programáticas abstractamente escindidas de las condiciones para su realización. Más bien era una medida necesaria para la sustentabilidad de todo proceso de transformación más o menos profundo. En ese caso, los compañeros kirchneristas estuvieron equivocados al tirarles la correlación de fuerzas por la cabeza. Pero al mismo tiempo hay que destacar que una vez lograda la conciencia y el consenso sobre la necesidad de esa modificación legislativa, hubo actitudes por parte de algunos actores de la Tercera realmente contraproducentes para una potencial alianza amplia entre todos los actores del campo popular. En algunos casos fue una postura muy similar al “yo te avise, ahora jodete”, pero la más importante fue la consideración de que esa modificación estaba cobrando una forma que, a los ojos de estos actores, resultaba insuficiente. La lección debe servir para ambos, de un lado los compañeros kirchneristas deben comprender la necesidad de algunas reformas y los intereses espurios de algunos actores dentro del kirchnerismo que poco tienen que ver con los intereses del campo popular; del otro los compañeros de la Tercera deben entender que las propuestas programáticas progresistas se dan siempre, en función de la correlación de fuerzas vigente, de un modo que no siempre es idéntico a cómo se lo imagino en condiciones ideales, en su forma prosaica, lo que en la historia argentina significa en su forma peronista. También en esto es de capital importancia entender el axioma del peronismo “no somos buenos pero los que vienen son mucho peor”. Fallar en establecer esta modificación hoy y ahora, no va a implicar un triunfo de una de signo más progresista, todo lo contrario. La ley de entidades financieras, en tanto que facilita movidas financieras desestabilizantes, y el tren bala, en tanto que nos compromete financiera y tecnológicamente con capitales extranjeros, son dos de las tantas cuestiones que deben ser revisadas. Si no se avanza en la parte critica del llamado “apoyo critico”, no van a poder constituirse bases de sustencacion del kirchnerismo y/o de un proceso reformista o transformador consecuente. Como justamente se trata de un espacio en disputa, es necesario comenzar a dar esa disputa realmente.

Antonio Machado resumió el realismo político en una gran frase: “En política solo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela”. Sin embargo, el que decide el rumbo del barco es el capitán. Toma en cuenta el viento como un dato inexpugnable de la realidad para dirigir el rumbo, pero nunca deja que lo determine. En política eso sería un posibilismo político, arte que muchos actores hoy kirchneristas manejan a la perfección y que les permite abandonar el barco cuando cambia el viento. El kirchnerismo bien puede resultar un barco a la deriva si no se realiza seriamente esa disputa de poder hacia el interior de sus filas. El “apoyo crítico” no puede ser apoyar a raja tabla todas las directivas, y frente a las impresentables emitir una crítica en vos baja previa al mutis por el foro.

La ley primera

Es muy importante hacer un diagnostico certero de las condiciones en las cuales se encuentra el campo popular así como también de la fortaleza inaudita en la historia argentina de los grupos de poder. Acá el ojo del amo no debe engordar al ganado, porque tarde o temprano la realidad se impone, y con tanta más fuerza cuanto menos se la conoce y no se sabe como reaccionar ante ella. Lo cierto es que el grado de desarticulación del campo popular, su debilidad estructural, su todavía germinal procesos de organización, cimienta la posibilidad de que estemos poniendo la carreta delante de los bueyes. Responder certeramente a esta cuestión es un ejercicio esencial de un realismo político sin el cual toda acción política se agota en esa moralina intrascendente y marginal.

De lo que se trata es de volver a transformar la estructura social, económica y política argentina, en un sentido diametralmente opuesto al que se imprimió con sangre y plomo durante el neoliberalismo. Los tiempos de la estructura son mucho más lentos que los de la coyuntura. Esto uno debe tenerlo siempre presente y no desesperar. Tener en mente siempre el norte, que es la lenta y progresiva reconstrucción de una herramienta política que represente los intereses del campo popular y pueda llevar adelante un verdadero proyecto nacional y popular con bases sociales que lo hagan sustentable. Esa tarea es ardua y dura. Al decir de Discepolo “Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias. / Sabe que la lucha es cruel y es mucha, / pero lucha y se desangra / por la fe que lo empecina”. En ese camino los momentos de la coyuntura y cuestiones que no hacen a lo esencial no pueden comprometer los objetivos estratégicos. Es fundamental no confundir diferencias irreconciliables con diferencias puntuales y tácticas entre actores que en esta estrategia de largo plazo de reconstrucción están del mismo lado. Muchos compañeros kirchneristas comparten muchos de esos objetivos. No es cierto que todos sean enemigos de la estatización de YPF o de una reforma impositiva progresiva.

En la medida en que no se caiga en este error la Tercera Posición no pondrá la carreta delante de los bueyes. En tanto que al poder ser independiente de ciertos marcos de compromiso propios de un actor de la alianza gobernante es capaz de realizar otro tipo de articulaciones políticas y desarrollos programáticos. Esto no debe confundirse con un faro de moral política que se limita a la proclamación, del mismo modo que no se confunde realismo político con posibilismo o incluso traición. En los términos de Perón, debe ser un padre eterno que bendiga a urbi et orbi, que intente pararse por encima de los intereses coyunturales, y concentrarse en la tarea estratégica que es la reconstrucción del conjunto del campo popular. En ese sentido no debe dejar de articular con sectores del campo popular que de algún modo se encuentran circunstancialmente en las pos posiciones muy mal definidas como “el Campo” o en “el Gobierno”. En términos operativos la Tercera posición no deber ser kirchnerista, pero por ese hecho no puede ser anti-kirchnerista. Eso implicaría alienarse un amplio abanico de potenciales aliados, sin los cuales no podrá existir una base social que sustente un proceso de transformación y lo haga viable. Techint, Clarín, Cargyll son molinos que no se pueden derrumbar de una quijotada.

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Lo blanco, lo negro, lo invisible

POR ORIANA SECCIA

Un análisis de las dicotomías planteadas durante el lockout de las entidades agrarias, los discursos de las mismas y el Gobierno. Un balance de las implicancias que los efectos discursivos del conflicto conllevan, para pensar las figuraciones de la totalidad social: “el deseo de comunidad puede contener una veta absolutamente revolucionaria en tanto sea actualizado como figura comparativa que resalte la opresión y la explotación presente, pero también puede funcionar como suturadora de las brechas realmente existentes en un plano meramente ideal”.

“Los que primero cayeron como siempre fueron los pobres, después fueron los trabajadores, después vinieron por la clase media, por esa clase media que muchas veces a partir de prejuicios culturales termina actuando contra sus propios intereses. Los intereses de la clase media son los de los trabajadores, son los de los empresarios comerciantes, son los de los argentinos que tienen sus intereses atados aquí a la tierra, que no pueden girar dólares al exterior, que tienen su casa aquí, sus hijos.”
Palabras de CFK en el acto del 18 de junio 2008.

El conflicto planteado y aceptado en los términos dicotómicos “El Campo” versus “El Gobierno” y su consecuente resolución a favor del primero despertó opiniones efervescentes en la sociedad civil debido a que tocó puntos nodales de las identidades dominantes. Comprendiendo que la dinámica propia de lo político se articula siempre sobre una totalidad social inherentemente fallada (en su división en clases, por tan sólo nombrar a la más amplia posición de sujeto posible), es la definición legítima de la noción de comunidad resultante de esta puja la que motiva mi escritura, debido a las implicancias políticas que esta sutura conlleva.


¿Qué implica que amplios sectores de la sociedad argentina hayan apoyado a los reclamos del Campo?, ¿que el sentido común se haya identificado con este discurso en vez de con el sostenido por el Gobierno? Para intentar responder a estas preguntas, considero conveniente detenerse en algunas características de ambos discursos.

Por empezar, había en el discurso sostenido por el Campo una apelación a lo nacional desde una óptica comunitaria, en el sentido en que Durkheim caracterizó a las sociedades tradicionales: aquellas donde los vínculos entre los distintos agentes reposan sobre un trasfondo complementario. Así, las relaciones entre las clases se basarían en lazos de solidaridad orgánica, en los cuales se sostiene idealmente la posibilidad de una unidad armoniosa entre las partes. Por otra parte, el Campo se erigía como representante de la Argentina en tanto tradición, modo de vida, experiencia cotidiana, independientemente de las articulaciones políticas concretas propias de la esfera de lo estatal. Así, se aprovechaban las connotaciones negativas de lo “político” instauradas en la sociedad argentina a partir de la dictadura militar de 1976, y luego reforzadas por el neoliberalismo en democracia. En esta visión, el agente mayoritario, el individuo común y corriente se aglutina bajo el significante “la gente” a secas: sin ningún tipo de marca que haga referencia a una condición de clase o rasgo que particularice una determinada posición en el mundo social, reafirmando una totalidad “argentina” victimizada por agentes claramente marcados: Estado, políticos corruptos, “el que no labura”. Términos todos conspicuamente mudos respecto a cualquier determinación económica sobre ellos.

En breve, este discurso proveía por un lado una concesión a la acción de los “males de la sociedad argentina” que le permitía a la “gente” adoptar una posición de víctima frente a una situación de pauperización diaria, a la vez que resaltaba discursivamente la posibilidad y existencia de una unidad armónica entre intereses antagónicos mediante la postulación de la “Nación” como entidad discursiva.

El deseo de comunidad puede contener una veta absolutamente revolucionaria en tanto sea actualizado como figura comparativa que resalte la opresión y la explotación presente, pero también puede funcionar como suturadora de las brechas realmente existentes en un plano meramente ideal. En este conflicto en particular, frente al tan reiterado deseo de que “sea como sea se solucione el conflicto” y el “esto no puede seguir más” expresado por los medios de comunicación re-productores de algo que ya estaba presente en la sociedad, el Campo introdujo el significante “comunidad” actualizándolo en este último sentido invisibilizador de las diferencias. En la misma veta anuladora de la dimensión conflictiva y de lucha dentro de la sociedad funcionó la elevación simbólica del “gaucho” o el trabajador del campo con tintes idealizantes como representante de la argentinidad o del “laburante” a secas.

¿Cuál era el discurso del Gobierno? ¿Ante qué fondo el del Campo se recortaba como figura? Independientemente de mi adhesión al gobierno nacional y sus políticas – ya que es claro que algo así como una redistribución del ingreso dista de ser una realidad tangible o una voluntad política imperiosa-, su discurso por lo menos hacía referencia a la lucha de clases, en vez de invisibilizarla. Por supuesto que no en estos términos claramente marxistas, ya que su pretensión es ser el gobierno de todos los argentinos, pero, en comparación al del Campo, hacía alusión a actores económicamente recortados y a una oposición inevitable de intereses que se disputan una misma totalidad: la renta nacional.

Frente a esta disyuntiva, ¿qué actitud tomó “el pueblo argentino”, como identidad, o al menos la porción del mismo que goza con más legitimidad simbólica: aquella clase media, que detenta el sentido común (y que por eso mismo no se marca como medioclasero)? Se alineó a los reclamos del Campo, harta de que el Estado “le meta la mano en el bolsillo” (en vez de clasificarlo como aquel que le paga a la policía para que les cuide su quintita), y sobre todo harta del “tono combativo del gobierno”. ¡Claro! Si no hay necesario conflicto entre las clases, y menos que menos algún tipo de participación de la clase media en el hecho de que “esos que no quieren laburar” no tengan nada (¡excepto planes sociales, de arriba!).

Lo que la victoria del campo significa en términos simbólicos es una sociedad que no quiere reconocer el conflicto clasista, y creo que esto permite dar una idea de lo lejos que se está de una configuración simbólica de la realidad que permita reorganizarla de manera más favorable hacia una sociedad más inclusiva. Frente a los “negros” que efectivamente apoyaban al gobierno se erigían los verdaderos trabajadores: la condición de ser trabajador (sí, proletario) no es valorizada por su existencia a secas, sino solamente en tanto sea revestida de una dignidad mítica: gaucho. Mediante la subsunción de los trabajadores rurales y urbanos bajo este mismo significante se logró ponerlos en una cadena equivalencial que permite invisibilizar la contradicción campo-cuidad propia de las relaciones capitalistas de producción.

Por otra parte, esta analogía gaucho-trabajador deja evidenciar un asco respecto a lo popular en tanto expresión cultural en sus propios términos. Cuando éstos se expresan, no son reconocidos como válidos en sí mismos. Un claro ejemplo de esta ceguera paternalista hacia lo que deben ser los sectores populares es el caso de los socialistas y comunistas que no pudieron ver a los agentes protagonistas del 17 de Octubre del 45’ como obreros, trabajadores, sino como “turba inórgánica”, “masa”. Problemática perpetuación de la dominación de clase en las categorías perceptivas por parte de aquellos que intentan representar a la “clase obrera”, ya que la ven acorde a un deber ser: explotada, pero honesta y medida, sufrida: cristiana. Lejos, lo más posible en términos de conducta, de actitudes de desborde dionisíaco como mear en la Plaza o emborracharse…

No caracterizaré la posición política del Campo, ya que con sólo seguir la trayectoria de estas distintas agrupaciones durante la reciente historia argentina es suficiente: rechazo ante el estatuto del peón, apoyo al golpe del 76, etc. etc., ni tampoco las consecuencias negativas que esta victoria conlleva en tanto modelo de inserción económica del país en el mercado mundial. En cambio, este pequeño artículo meramente intentó resaltar algunas implicancias simbólicas de la victoria del Campo que pudieran ínfimamente señalar algo así como un corte sincrónico del imaginario social dominante actual y poner con ello de manifiesto la enorme adversidad ante la que nos enfrentamos quienes intentemos intervenir sobre las identidades discursivas para desplazarlas hacia efectos de realidad más igualitarios que los se erigen de manera alarmante ante nuestros ojos.


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Cinco reflexiones sobre el conflicto agrario

POR PABLO PIZZORNO

Notas al margen para abordar la encrucijada que dejó el paro del campo


I
Si uno tuviera que definir la característica central que atravesó el reclamo de las entidades rurales nucleadas en la Mesa de Enlace, tendría que señalar que ésta fue la impugnación a las facultades del Estado para intervenir en la economía y distribuir la riqueza, o por lo menos, para ponerle a esas potestades un techo bastante bajo. En ese sentido, se puede afirmar que el paro del campo buscó (y logró) disciplinar el accionar estatal a través del rechazo a las famosas retenciones móviles, una herramienta impositiva legítima que –más allá de algunas falencias técnicas iniciales- tuvo la intención de fijar el aporte tributario de los productores sojeros acorde al crecimiento de la renta extraordinaria que perciben por la fuerte demanda de alimentos del mercado mundial. Es importante señalar que esta impugnación se dirigió al Estado en sí mismo, caracterizado como un Leviatán confiscatorio de los bienes privados que administra el libre juego del mercado.

II
El gobierno nacional no concibió originalmente a las retenciones móviles como un instrumento para transferir recursos a los sectores más necesitados, sino como un mero mecanismo recaudador destinado a alimentar el superávit fiscal. El estallido de la reacción agraria lo sorprendió y debió maniobrar para salir indemne en la arena política. De este modo ofreció reintegros a los pequeños productores, comprometió el dinero recaudado a un plan de infraestructura social y, finalmente, dejó la aprobación del proyecto en manos del Congreso. En el medio, bastardeó hasta el hartazgo un discurso de corte popular al que, en rigor, había claudicado en la práctica antes de la aparición de este conflicto. La pareja presidencial ya había acentuado para entonces la lógica conservadora de su construcción política en base a la reconstitución del PJ como partido del orden; al control social que brinda el aparato justicialista del conurbano bonaerense y a la contención salarial por debajo de la inflación que le regala su alianza con la CGT, por mencionar sólo algunos puntos. Cuando ya no quedaban dudas para caracterizar a este gobierno, la Argentina sacó de la galera otra de sus encrucijadas imposibles con la avalancha reaccionaria que llegó desde el campo. Cristina y Néstor buscaron convocar a una gesta heroica que ellos mismos ya habían despreciado en repetidas ocasiones, y a la que muy pocos respondieron por fuera de la órbita del Gobierno, acaso porque -con razón- no sintieron a éste como propio.



III
Desde el principio del paro del campo quedó muy claro que la Federación Agraria (la entidad que históricamente representó a los pequeños productores) hizo de base social de un reclamo propietario que la excedía, poniéndose al frente de los cortes de ruta y el desabastecimiento. Sin embargo, la solidez que mostró la Mesa de Enlace (el propio Gobierno, a través de las señales a los productores menores, hizo más esfuerzos que la FAA por quebrarla) debe motivar nuevos análisis acerca de la composición social del campo y principalmente del rótulo “pequeños y medianos”. En un llamativo trastorno esquizofrénico, el titular de la FAA, Eduardo Buzzi, reconoció apenas una semana después de la caída de las retenciones móviles que “los productores chicos están peor” sin las compensaciones que establecía la resolución 125. “Pero nosotros identificamos al sujeto agrario con los productores de 600, de 750 y de hasta 3.000 toneladas, que son el 96% de los agricultores”, justificó. Una estimación de las diputadas Victoria Donda y Cecilia Merchán reveló que un productor que exportaba 200 toneladas de soja (bastante por debajo del “sujeto agrario” de Buzzi) ganaba al 2 de julio pasado, con la 125 vigente, 29.280 pesos mensuales. Esa cifra, tras la derogación de la resolución y sus compensaciones, bajaba a $ 26.280 mensuales el 19 de julio. Para los productores de 500 toneladas, los números eran de $ 68.005 (al 2/7) y $ 67.004 (al 19/7) por mes. Estos casos, aún por debajo de la base social que dice representar Buzzi, demuestran que no estamos precisamente ante un reclamo de los más necesitados sino más bien todo lo contrario. Y además plantean el interrogante sobre los otros “sujetos agrarios” que permanecieron en silencio durante el conflicto o que, como el MOCASE, se negaron a acompañar a la “sempiterna antisolidaria oligarquía terrateniente” en su cruzada libertadora.

IV
En más de una nota sobre el conflicto se recordó atinadamente la noción de hegemonía de Gramsci, al existir una fracción de clase que supo posicionar sus reivindicaciones propias como demandas generales de la sociedad. El rotundo éxito que logró en ese sentido el reclamo agrario muestra a las claras –esto también se dijo- una profunda derrota cultural frente al núcleo duro de un neoliberalismo que caló hondo en la sociedad argentina. De otro modo no se entiende la sorprendente empatía ideológica que unió a diversas capas de la población con adinerados propietarios rurales, aunque revestidos de una fantasía bucólica que los presentaba como honrados labradores de manos callosas y tradicionales costumbres. La repercusión urbana del conflicto reveló una fuerte adhesión de las clases medias-altas, que se encargaron de radicalizar la protesta con una fiereza reaccionaria made in Recoleta, donde confluyó el gorilismo más vulgar, el racismo explícito y las rancias apologías golpistas. El toque de distinción lo puso la fauna trotskista de turno que hizo recordar al PC marchando por Cristo Rey en 1955. Mucho también se dijo sobre el rol de los medios de comunicación, que destilaron odio de clase en las movilizaciones a favor del gobierno nacional (sostenidas indudablemente en el aparato justicialista), regalaron complacencia en el trato a los dirigentes rurales y se cansaron de practicar tiro al blanco con ministros y funcionarios. (Vale la pena una posdata sobre las demonizaciones mediáticas de Moreno y D´Elía. El encono con el Secretario de Comercio -personaje por cierto indefendible por la grotesca intervención al INDEC- se originó en las quejas periodísticas por su maltrato a los empresarios y sus presuntas intimidaciones para forzarlos a firmar acuerdos de precios. Hoy en día, la furia contra Moreno ni siquiera abre un interrogante sobre las verdaderas causas de la inflación, mucho más cercanas a la especulación inmoral de esos mismos mercaderes asustados que ahora juegan a la remarcación constante. Por otro lado, los sucesivos ataques a D´Elía revelan una ira particular contra los elementos más plebeyos del kirchnerismo. Uno y otro ejemplo deberían contribuir a pensar desde dónde se apunta a minar la legitimidad del actual gobierno).


V
La encrucijada que representó el conflicto agrario consistió en el enfrentamiento entre un gobierno que dejó de lado la empresa de una auténtica renovación política y el grito en el cielo de quienes no quisieron ceder en sus abundantes privilegios frente a una medida legítima y necesaria para distribuir la riqueza. La torpeza de un gobierno que jamás asumió con seriedad la tarea de la distribución le dio argumentos a un reclamo propietario que habría actuado de la misma forma sin importar quién estuviera en la Casa Rosada. El oportunismo kirchnerista, que desdeño la conformación de una coalición política más audaz y privilegió sus alianzas con los caudillos retrógrados de las provincias, le pasó factura en los momentos culminantes con la traición de su propio vicepresidente, un personaje menor que se vio favorecido por las volteretas de la fortuna y de una corriente de opinión que sólo distingue a un mártir de un borocotizado según sus humores pasajeros.

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Los noventa duran más que diez años

POR JUAN FRANCISCO GENTILE

La era de los Kirchner –los gobiernos de Néstor y el aún en curso de Cristina- no sólo no es de centro-izquierda o progre, como en muchos casos se la define, sino que se trata de una continuación de las políticas neoliberales y tendientes a la profundización de las desigualdades desarrolladas en la Argentina durante la década de los noventa.



Si bien discursiva y simbólicamente el kirchnerismo apela a elementos que pueden ser identificables con el paradigma de la izquierda, lo que mayor peso específico tiene a la hora de analizar los gobiernos son sus políticas reales y efectivas. Una salida por derecha en el futuro sería un gobierno que dote de palabras conservadoras las políticas que en la actualidad y desde el primer menemismo se aplican, también conservadoras.

Más allá de los avances en materia de derechos humanos, que son innegables, aunque insuficientes –basta con mencionar el reciente caso de de Jorge Julio López, por cuya desaparición aún no hay respuestas por parte de la justica-, lo cierto es que desde 2003 jugó decisivamente el más que favorable contexto internacional, que elevó a valores inéditos los productos que la Argentina es capaz de comercializar. El superávit fiscal, el leve descenso de la tasa de desocupación, el crecimiento del consumo y demás variables que reflejan un repunte son resultados lógicos del momento socioeconómico del país que Kirchner heredó de Eduardo Duhalde cuando asumió la presidencia, y no méritos del actual presidente del Partido Justicialista. Lo que el generalmente lúcido Martín Caparrós define en su artículo Caparrós: cero a la izquierda (publicado en la contratapa del diario Crítica de la Argentina el 12/09/08) “un gobierno confuso, sin objetivos claros, sin pertenencia definida, sin una base firme, que va y viene entre la realidad y su discurso y que, de vez en cuando, puede intentar incluso alguna medida elogiable”, es en verdad un gobierno decidido a mantener intacta la matriz regresiva de distribución de las riquezas que dejó como regalo la década noventista.

Caparrós afirma que “si no se hace algo mas o menos pronto los diez años que vienen van a ser otros noventa”. Si bien es cierto que en estos cinco años de kirchnerismo los argentinos no tuvimos que soportar el mismo grado de despilfarro y burla a la que nos sometió Menem, no es menos cierto que los ejes centrales del desarrollo social de un país siguen padeciendo los mismos males que entonces. Basta con repasar lo sucedido con las concesiones petroleras y gasíferas, con los trenes, los hospitales y las escuelas, sumados a los recientes desembolsos de reservas ante la banca internacional, y no quedará margen para seguir catalogando a este gobierno de progre, por más piqueteros y organismos de derechos humanos que aún se sientan obnubilados por el discurso y por la chequera.

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Saer/Perlonguer: dictadura, denuncia y potencia

Por ORIANA SECCIA y FLORENCIA MINICI

También, y no de manera menor, la dictadura 76/83 operó su poder mediante una práctica discursiva autoritaria, cuyo eje fue identitario. Era éste un discurso con una suma pretensión de absolutidad, caracterizado por subsumir a la multiplicidad de lo real y sus interpretaciones a una sola visión posible, excluyéndose a sí mismo como algo construido, y radicalmente silenciador de la palabra del otro.
En este trabajo, se indagan algunos índices respecto a las operaciones implícitas en la construcción de este tipo de discursividad y su consiguiente cuestionamiento a La mayor (1976) de Juan José Saer, y el poema Hay cadáveres de Néstor Perlongher, junto a su cuento Evita vive (1975).
Un cierto concepto de la historia o algunas asignaciones identitarias sobre los cuerpos, son solidarias a la existencia del discurso autoritario. Sin embargo, no se pretende aquí el efecto de la higiénica y a veces denunciante “crítica literaria”. Saer y Perlonguer, tensionando la violencia identitaria del lenguaje, pueden resultar de un carácter iluminador respecto a nuevas potencias en lo dado, tendientes a una forma radicalmente diferente de hacer política.


El tiempo, los textos

Tal como puede desprenderse de las fechas de producción de estas obras, pueden considerarse como una reflexión contemporánea de aquellos sucesos en su inmediatez o inminencia. Por ello mismo, no se las analizará aquí como registro literario de los sucesos de la dictadura militar, sino como formas de plantear una analítica a su respecto. Y esto se debe a dos razones fuertemente entrelazadas: por un lado, porque podemos encontrar en ellas un profundo cuestionamiento de la noción de “hecho” a través de la crítica al concepto de identidad, inscribiendo así a la temporalidad como experiencia subjetiva y clima de época. Por otro, pero en la misma línea, porque siguiendo a Derrida, es posible proponer a la no-contemporaneidad del presente consigo mismo (“The time is out of joint”) como condición de posibilidad de todo presente e historia. En este sentido, y como justificación del desfasaje temporal entre las fechas de producción de las obras y el futuro del que se las pretende hacer reflexión, seguimos aquí a Deleuze y Guattari, quienes consideran a la literatura precisamente como un reloj que adelanta (tal como, por ejemplo, puede leerse en las novelas de Kafka el nazismo, o en las de Arlt, el golpe a advenir en 1930). Esta particularidad del discurso literario, tal vez, se debe a que no necesariamente está ligado al registro de lo “fáctico”, abriéndole ello nuevas posibilidades de enunciación y sensibilidad.
No de más está decir, que ciertas consecuencias para el pensar literatura se desprenden de lo dicho hasta acá: por un lado, no asumiremos el texto como documental, como fijación uno-a-uno de la dinámica de los acontecimientos, ni mucho menos lo literario (con el sentido vago que a esto puede asignarse, fortaleza y debilidad al mismo tiempo) está relegado al “área” (o, en todo caso, pretendemos des-relegarlo) de la manifestación de un origen diamantino: el proceso histórico. No por esto, lo literario se erige en des-observación de lo temporal, sino todo lo contrario: las líneas de fuga que Saer y Perlonguer proponen para el decir de lo que por su tiempo histórico no puede ser dicho, efectúan una masificación del proceso histórico en que se inscribe: una multiplicación de sus implicancias, más que un reflejo.

Saer: memoria e identidad en suspensión

La mayor se nos presenta como un cuento que narra la imposibilidad de decir. Leyendo nos encontramos con una prosa que anuncia su impotencia para a poder dar cuenta de “algo por fuera de sí”, planteándonos una realidad inaprensible, al mismo tiempo que pone de relieve la propia realidad del discurso mediante su prosa densa, cortante, enrarecedora de todo objeto sobre el cual pretende posarse. Así, se construye un relato en el cual nada sucede, en el que la existencia del mundo aparece como una bruma a la que el discurso no puede ordenar ni aprehender, a la vez que la sucesividad de los sucesos se suspende, y las relaciones causales se difuminan. Todo sucede en presente y en simultáneo, en una frase que se reinicia, sin nunca encontrar su origen, reacomodando todo el tiempo su referencia.
Saer nos confronta con un mundo en el cual se han suspendido las categorías que definen el acaecer informe y simultáneo de lo real. Ya no hay parámetros que nos permitan clasificar la multiplicidad sensorial, como tampoco hay linealidad temporal que permita vivir el tiempo como orden, encontrándose por ello todo el mundo circundante sucediéndose, presentándose nuevamente cada vez, ante un discurso que sólo puede intentar recomenzar, siempre para perder el hilo referencial.
Con esta carencia de todo criterio ordenador, la realidad se presenta en su carácter caótico. Una de las maneras en las cuales esta suspensión categorial se hace presente, es en la pérdida de la memoria. Ella implica una relación con un pasado como experiencia, como fijación del acaecer dentro de un determinado orden que le podría permitir al sujeto plantearse como proyecto. Sin embargo, es ésta la primera imposibilidad con la que abre el texto, como re-escritura del famoso episodio de la magdalena de En busca del tiempo perdido de Proust:

“Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, (…) la galletita, sopando, y subían, después, la mano, (…) mordían y dejaban, durante un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, (…) el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, (…) y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, (…) recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, (…) un mundo. Y yo ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada.”

El señalamiento de esta imposibilidad de acceder al recuerdo, trae consigo la pérdida de la experiencia pasada, dejando al narrador en una completa inmovilidad e imposibilidad de accionar, ya que no hay pasado con el cual vincularse para articular algún sentido en el presente. En ello podemos encontrar indicada una de las modalidades mediante la cual la dictadura militar pudo articular su poder: separar a los sujetos de las luchas populares pasadas, impidiéndoles establecer un vínculo con prácticas políticas como el peronismo u otras de izquierda. Podemos encontrar antecedentes de esta separación entre la experiencia política popular y el presente en el cual ésa se intentaba actualizar como potencial movilizador en el ridículo decreto de Aramburu que prohibía nombrar a Perón o utilizar símbolos relacionados a este movimiento. Sin embargo, este corte tajante entre experiencia pasada y su recuerdo como potencia desestabilizadora del presente se radicalizó en la época de la dictadura, en la cual todo pasado de práctica política debía ser silenciado, a menos que se corriera el riesgo de pasar a ser un desaparecido.
Es posible encontrar en el pensamiento de Walter Benjamin algunas reflexiones presentes en la obra de Saer respecto al vínculo entre memoria, experiencia y potencial revolucionario. Tal como sostenía Benjamin en artículos como “Experiencia y pobreza” o “Tesis de la filosofía de la historia”, es necesario construir un vínculo entre las experiencias del pasado, principalmente aquellas de opresión y resistencia, y el presente, para hacer saltar el potencial revolucionario que cada presente en conjunción al que todo pasado tuvo en sí, pero que fue borrado por el posterior devenir de la historia, presentada como un continuum por aquellos que han vencido. Benjamin sostiene que hay que luchar en contra de esta noción de la temporalidad de los vencedores que concibe a la historia como un tiempo vacío y homogéneo en el cual los acontecimientos se suceden cronológicamente, en solidaridad con el concepto de progreso, claramente identificable en el discurso tecnócrata de la dictadura. En cambio, propone otra noción de la temporalidad: no la del reloj, sino la de los calendarios, ya que éstos representarían la vuelta del pasado en el presente, permitiendo reactualizar y marcar la continuidad de las luchas del pasado acalladas en el presente de opresión. Así, se marca un estrecho vínculo entre la capacidad de memoria y la potencia de revolución, presente en esta crítica de Benjamin a la socialdemocracia alemana (extensible ciertos partidos de la izquierda argentina): “La socialdemocracia se complacía en asignar a la clase trabajadora el papel de redentora de las generaciones futuras. Y así cortaba el nervio principal de su fuerza. (…) tanto el odio como la voluntad de sacrificio (…) se nutren de la imagen de los antepasados oprimidos y no del ideal de los descendientes libres.”
Esta reflexión benjaminiana respecto a cómo se ejerce el poder en una sociedad puede encontrarse en La mayor, en torno a la temática de la imposibilidad del recuerdo, y su consecuente imposibilidad de acción en el presente. Así, frente a este personaje que no tiene memoria y por ello capacidad de acción (siendo ésta elevada al punto extremo de no poder ejercer una actividad categorial ordenadora respecto a su mundo circundante), es posible hallar una indicación de cómo la dictadura articulaba una de sus formas de ejercer poder, y un diagnóstico de su presente. A su vez, esta imposibilidad hace estallar a la historia como algo con orden inherente, sucesivo, y la abre en su carácter de construcción activa. Es precisamente en el carácter doble de esta constatación donde radica la grandeza de Saer, ya que esta misma imposibilidad de enunciar, relacionada al carácter múltiple de lo real que no puede ser ordenado (aquí volvemos sobre la idea de masificación que lo literario puede producir sobre lo histórico), dada la falta de un criterio, algo que haga frenar al juego del significante en identidades estancas, es lo que permite desfondar un discurso autoritario que de manera necesaria para su sustentación desconoce su carácter de construcción no necesariedad.
Tomemos en consideración las siguientes líneas de la novela, en las cuales el narrador observa el cuadro de Van Gogh Campo de trigo de los cuervos:

“… ¿pero es verdaderamente un campo?, de trigo, ¿pero es verdaderamente trigo?, de los cuervos, y uno podría, verdaderamente, preguntarse si son verdaderamente cuervos. Son, más bien, manchas, confusas, azules, amarillas, verdes, negras, manchas, más confusas a medida que uno va aproximándose, manchas, una mancha, imprecisa, que se llama, justamente, así, porque de otra manera no se sabría, que no es, o que no forma parte, del todo: un límite.”

Aquí Saer pone de relieve dos aspectos fuertemente ligados: por un lado, expone el exuberante mundo de lo real, su desborde sobre sí mismo, su no-identidad consigo a menos que a través de los conceptos se proceda a su ordenamiento; ordenamiento que no es necesario, que no emana de lo “real” en sí mismo, y que por lo tanto es contingente (de las lenguas, los poderes, etc.) Así, por otro, se resalta el rol categorizador, asignador de identidad de las palabras, del discurso, que sin embargo es una realidad, una materialidad diferente de aquello que designa; de allí la marca de la cursiva en el texto, tendiente a enfatizar esta distancia entre palabra y “cosa”. Este carácter de inevitabilidad del discurso, ya que es la única forma que tenemos de aprehender el mundo, siendo imposible saltear la mediación, y al mismo tiempo, su exterioridad respecto las cosas a las que les asigna un orden que no les es inherente, se refuerza durante todo el relato:

“De un signo a otro, de un mensaje, o de una certidumbre, tiraban, por decirlo de algún modo, las líneas, y ponían, en el mundo, como una madre al parir, en el espacio, sólida, a la vista, externa, (…) una construcción, que servía: una medida que por estar, solamente, cortaba, despedazaba, clasificando, dividiendo, adelante, atrás, después, arriba, abajo, ahora, la mancha continua, vaga, errabunda…”

Este señalamiento de la multiplicidad de lo real, que sólo se estandariza, se hace idéntico a sí mismo como construcción, sin asidero necesario con la “cosa”, es lo que permite desfundar un discurso como el autoritario de la dictadura. Éste precisamente se articula en la postulación de una realidad única, de la cual su discurso sería fiel representación. De hecho, la operación que caracteriza a este tipo de discursividad es suturar la distancia entre las palabras y las cosas, presentando a la realidad como una, idéntica a sí, con la cual es posible establecer una relación referencial verdadera o falsa. Como resultante de ella, y en tanto ésta sea exitosa, el discurso sobre lo real se superpone a lo real mismo, lo constituye, desconociéndose como discurso. Saer, mediante su constante acentuación de la imposibilidad de nombrar y la consiguiente importancia que adquiere el discurso como realidad, materialidad, socava la condición de posibilidad de un discurso como el de la dictadura, que pretende apropiarse de lo “real” mismo. Aparte de la resistencia que este planteo opone al discurso autoritario de la dictadura, éste también afirma la posibilidad de la política desde un ángulo radicalmente distinto: de hecho hay política porque no hay nada “dado”, o más bien, la política, sobre las bases materiales de lo existente, puede ser una tarea (no la única ni necesariamente la fundamental) del desfigurar las operaciones con que se yerguen los efectos de realidad ded los discursos dominantes. Puede ser que encuentre lo literario, sobre todo hoy, su qué hacer, no en la mera denuncia de la realidad, sino como masificación de la historia mediante la asignación de múltiples sentidos (de posibilidades y proyectos, decimos, y no de “sentidos” en el sentido del no-sentido) a su tiempo vital; y en segundo lugar, como potencia desestabilizadora de lo real- dominante.

La dictadura logró articular su dominación: por un lado, desvinculando a los sujetos de su experiencia pasada, inmovilizándolos para la acción, e imposibilitándolos a decir por otra. Sin embargo, lo que nos entusiasma en Saer es cómo estas limitaciones son transformadas en potencias tendientes a revertir esa situación. Tal como sostenía Benjamin, de lo que se trata en un tiempo pobre de experiencia, es de transformar esa pobreza en experiencia. Y es esto precisamente lo que hace Saer: ante la coartación autoritaria del discurso, hacer un discurso sobre la imposibilidad de decir, que a su vez, socave la necesariedad de ese discurso que se pretende no discursivo.

Perlongher: violencia identitaria y nombre en fuga

En la obra de Perlongher también podemos encontrar críticas a la dictadura militar que nos permiten iluminar sus mecanismos de funcionamiento tanto a nivel discursivo como extra-discursivo, principalmente a partir de la puesta en escena del cuerpo.
Tal como sostiene Kozak (“Marguerite Duras. El cuerpo técnico del dolor”) el mayor logro técnico de la dictadura militar fue el ocultamiento de los cuerpos, articulando una máquina terrorista desde el Estado mediante la cual se eliminaban a los enemigos políticos sin que ese horror encarnase en imagen. Perlongher señala este hecho, la desaparición física de personas en Hay cadáveres, mostrando el vínculo establecido por la dictadura entre este hecho y la discursividad articulada en torno a él.
Construido por la repetición constante al final de cada verso del sintagma “Hay cadáveres”, se señala cómo el genocidio estaba presente en todas las esferas de la vida, al mismo tiempo que hace hincapié en la complicidad de la población civil: “‘Cuando lo veas hace de cuenta que no te diste cuenta de nada… y listo’ / Hay cadáveres”
El poema se estructura alrededor de dos discursos diferentes: aquel libre de circular, oficial, efectivamente enunciado, y uno coartado, sistemáticamente silenciado. Este juego entre lo decible y lo no decible es la condición de posibilidad de un campo de decibilidad, lo que permite a un discurso articularse. Es decir, el texto nos presenta dos discursos: uno que es el de lo efectivamente enunciado, y otro que es el afuera constitutivo de ése; un discurso subrepticio que puede enunciarse en el poema, pero que a su vez es el silencio necesario y sistemáticamente producido para que el otro pueda existir. La mayor parte del cuerpo del poema está compuesto por ese discurso subterráneo. Por otra parte, nos encontramos con el discurso positivo, el de la dictadura, que está señalado por el uso de comillas o introducido como acto de habla, que efectivamente dice: “Respuesta: No hay Cadáveres.” El discurso de la dictadura, totalizador del plano de lo decible, se articula como poder de enunciación necesariamente dejando fuera de todo enunciado posible a la muerte que lo sustenta; acallando a todo otro discurso que quiera hacerse cargo de la materialidad de los cuerpos, del asesinato generalizado, de ese “afuera” inescindible sobre el cual se erige y sostiene toda la dictadura: los cadáveres:

“En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya a esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay cadáveres”


La crítica al discurso autoritario y sus modos de operación se inscriben en el poema mediante dos recursos. Por un lado, se expone el poder de coartación de la palabra autoritaria, su silenciamiento de toda otra discursividad mediante la inscripción del silencio en el discurso subrepticio, codificada como imposibilidad de nombrar:

“Se ven, se los despanza divisantes flotando en el pantano (…)
(…) en el ribete de la cola del tapado de seda de la novia, que no
se casa
porque su novio ha………..!
Hay Cadáveres”


Por otra parte, se resalta el potencial de desestabilización que tiene sobre el discurso la realidad de los cadáveres, ya que es aquello que no tiene que ser enunciado como condición de posibilidad de esa discursividad. Cuando efectivamente el sintagma “Hay Cadáveres” es inscripto, el orden sintáctico es quebrado, y en consecuencia también su legibilidad:

“En el tepado de la que se despelmaza, febrilmente, en la menea de la que se lagarta en esa yedra, inerme en el despanzurrar de la que no se abriga, apenas, sino con un saquito (…) modas pasadas como mejas muertas de las que
Hay cadáveres.”


Perlongher liga a la dictadura con un ejercicio del poder que dispone de la vida, analogando al Estado a la figura de “un carnicero [que] vende sus lomos”. Por otra parte, también señala otras características de este discurso: su solidaridad con oposiciones binarias (“Yermos o Luengos / Pozzis o Westerleys / Rouges o Sombras / Tablas o Pliegues / Hay Cadáveres”) y la fijación de identidades estancas, inscriptas en la materialidad de los cuerpos generizados:

“En la delicadeza de las manos que la manicura que electriza
las uñas salitrosas en las mismas
cutículas que ella abre, como en una toilette; en el tocador, tan… indeciso…, que clava preciosamente los alfileres, en las caderas de la Reina y en los
cuadernillos de la princesa, que en el sonido de una realeza que se
derrumba, oui
Hay cadáveres.”


Tal como se desprende de este verso, hay una relación entre una práctica violenta y la producción de una identidad de género, el femenino en este caso, haciendo hincapié en que ella se “hace carne”, se inscribe en los cuerpos atándolos al universo significante de lo femenino, cuyo campo semántico aquí se presenta mediante la mención a la manicura, las uñas, el tocador, para finalmente, y como resultado de un proceso productivo, caducar, fijarse en un nombre, identidad, señalada con mayúscula: Reina. Aquí, esta fijación es puesta en relación con un ejercicio del poder represivo: “Decir ‘en’ no es una maravilla? / Una pretensión de centramiento? (…) / Hay cadáveres.”
Mediante este señalamiento del lazo entre discurso identitario y práctica política totalitaria, Perlongher expone el funcionamiento del discurso de la dictadura como articulado a partir de nociones identitarias como formas de generar sujetos (en el sentido de sujeción a un orden significante anclado en relaciones de poder opresivas): “En el estado donde el carnicero vende sus lomos, al contado, y donde / todas las Ocupaciones tienen nombre…”
Sin embargo, tanto Perlongher como Saer no son autores fatalistas: podemos encontrar en la producción contemporánea a la dictadura del primero, un señalamiento oblicuo de cómo opera y cómo es posible articular estrategias para eludir las determinaciones del poder: tal como se procede con la figura de Eva Perón en el cuento Evita vive. Como se señala en el poema y en este cuento, es posible encontrar ciertas continuidades entre los mecanismos discursivos y no discursivos de la dictadura y prácticas políticas democráticas. Por lo cual este supuesto “estado de excepción” (la dictadura) puede resultar iluminador de la regla que dicta la normalidad, develando el continuum secreto entre ambos estados, señalado por estas palabras del poema antes analizado:

“Saliste Sola
Con el Fresquito de la Noche
Cuando te Sorprendieron los Relámpagos
No llevaste un Saquito
Y
Hay Cadáveres.”


En el cuento, Evita vuelve periódicamente al reino de los vivos, para juntarse con sus descamisados, que aquí son aquellos sujetos aún más radicalmente excluidos de la sociedad que “el pueblo trabajador”: putas, maricas, drogadictos, y taxiboys, entre otros. Esta nueva alteridad a la que Evita decide alinear bajo su protección son aquellos sujetos no fácilmente inteligibles en términos de identidades socialmente legitimadas y normativas. Por ejemplo, tal como sostiene Perlongher en un artículo de 1988 titulado “Matan a una marica”, el homosexual es aquel quien mediante el uso “desviado” de su cuerpo desafía el orden social inscripto en éste, que intenta someterlo a la reproducción (social y biológica): “… la persecución a la homosexualidad escribe un tratado (de higiene, de buenas maneras, de manieras) sobre los cuerpos; sujetar el culo es, de alguna manera, sujetar el sujeto a la civilización, diría Bataille, a la ‘humanización’” . Así, Evita, con todo su poder simbólico, se une a aquellos que no pueden ser subsumidos bajo los esquemas clasificatorios hegemónicos, a aquellos que con su existencia hacen saltar la naturalidad de aquellas identidades, al ser una presencia material imposible de ser comprendida, clasificada por esos rótulos que se pretenden universales (de forma y desde el peronismo, Perlonguer elabora una distancia respecto de la tradición que dentro del marxismo ha renegado de los elementos lumpenes, tradición iniciada en el 18 Brumario de Luis Bonaparte). Esta crítica de Perlongher hacia el concepto de identidad apunta a señalar que cualquier práctica política que se articule, encuentre su fuerza en ésta, tenderá a efectos totalitarios, ya que necesariamente opera en base a la homogenización de la multiplicidad bajo parámetros universales, que como tales, tenderán a eliminar todo lo que no pueda ser inteligible mediante ellos. Precisamente, es en este tipo de prácticas discursivas donde se ve la continuidad entre la dictadura militar y el peronismo, sufrida por Perlongher como militante del movimiento; continuidad expresada en el “¡No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de FAR y Montoneros!”
Como forma alternativa de hacer política, Perlongher opera mediante la profanación, tal como la entiende Agamben : como una forma de restituir al libre uso de los hombres algo perteneciente a la esfera de lo sagrado, y por lo tanto, hacer un uso especial de la separación entre la esfera de lo sacro y lo profano. Esto es lo que él hace con la figura de Evita: sustraerla de su santuario mediante un uso incongruente de su figura, mediante una actitud de juego, evidenciada en el tono jovial y oral del relato. Perlongher elije mantener el nombre de Evita como operación política, pero a su vez desplaza la relación significante-significado cristalizada mediante el uso reiterado del significante. Así, se realiza un juego irónico con el nombre de Evita, ya que aquí éste no opera como designación de una identidad preexistente, sino que en sus presentaciones sucesivas ante diferentes narradores su contenido semántico previo es reactualizado en cada contexto, liberado de su fin. Se decide mantener el significante Evita por su aura, por el poder simbólico que la rodea, pero para llenarla de un nuevo significado, para igualarla a los menos prestigiosos en términos simbólicos. En esta operación no se anulan los polos de lo sagrado y lo profano, sino que se devuelve al uso común lo que fue separado en la esfera de lo sagrado. De esta manera, vemos que Perlongher articula su práctica política en términos radicalmente diferentes del usual endiosamiento de una figura a ser erigida como ejemplo, con una función tendiente a estandarizar los comportamientos, a hacerlos aceptables o desviados en torno a su eje. En cambio, vacía a esa figura sacra de su sentido y la abre y dispone a un nuevo uso: devuelve a Evita al ámbito de los mortales para articular una práctica política libre de un deber-ser.
Como vemos, Perlongher elije quedarse dentro de las significaciones sociales, ya que en realidad no hay nada “verdadero” tras el discurso, sino sólo discursos sobre los cuales intervenir haciendo reapropiaciones estratégicas, pero que no tienen un asidero identitario, un significado trascendental o una realidad necesaria. No hay un intento por descubrir a la “verdadera” Evita, ya que ello implicaría lógica identitaria relacionada a un círculo infinito de depuraciones, vinculados la instauración de parámetros de autenticidad, ligados a la práctica de los discursos autoritarios de los verdadero-real-dominante (tríada que entraña discurso, clases dominantes y legitimación de sus prácticas). En cambio, se hace uso del semblante, se juega con el significante, sin pretender un significado trascendental, una identidad que cierre el juego político. Los sujetos, los actores se crean en ese juego, que por ser tal, está siempre redefiniendo sus términos, sin caducar en determinaciones que permitan demarcar al otro a ser eliminado. De lo que se trata, de hecho, es de escapar al momento totalizante de la identidad, ya que mediante ella es cómo opera el poder, tal como puede desprenderse de los mecanismos analizados en el discurso de la dictadura. Por ello mismo, Perlongher elije finalizar su cuento con la siguiente línea de fuga: “los nombres que doy acá son todos falsos”.

A modo de (in)conclusión

En el transcurso de estas páginas se intentó dar cuenta de los planteos que las obras de Saer y Perlongher permiten formular a la dictadura militar como hecho, pero sobre todo, enfatizándola como modo de operación discursivo que es extensible a prácticas democráticas.
En Saer, el cuestionamiento a la dictadura se presenta bajo la indagación por el vínculo entre experiencia y memoria, a la vez que se señala el carácter discursivo, como práctica material socialmente condicionada, de lo “real”. Ello es lo que la dictadura necesita acallar en su discurso autoritario, ya que éste justamente se erige sobre su desconocimiento como tal, transfigurándose como la propia realidad (figuración que proponemos, lo literario y lo político tienen como tarea de-figurar). La prosa trabada de Saer exalta esa distancia entre las palabras y las cosas, encontrando en este carácter constructivo de todo lo real la condición de una práctica política alternativa, que pueda prestar resistencia a la dictadura.
Con otros tópicos, pero también erigido centralmente en base a una crítica del concepto de identidad, encontramos en Perlongher una denuncia de las prácticas genocidas de la dictadura, y ciertas indicaciones sobre su modo de operación discursivo, organizado en torno a sujetos identificados y por ende entramados dentro de las redes del poder, que son las de universos significantes en las cuales estos sujetos son sujetados. En forma similar a Saer, precisamente en el momento de la crítica al modo de funcionamiento de la dictadura brilla la posibilidad de desestabilizarla: jugar con esos nombres, fijaciones, para vaciarlos de contenido en su repetición, ya que la identidad no es preexistente, sino performativa: producto de cada práctica en la que se realiza, y a la vez desestabiliza. Así, el mismo universo significante que intenta ser cristalizado por el poder es retomado para devolverlo al libre uso, a un uso contra-hegemónico: utilizar al peronismo, con su aura, para superarlo, resignificarlo en pos de nuevas relaciones de poder.
Tal vez escrituras tan diferentes como la de Saer y Perlongher son poco unificables en términos temáticos, sin siquiera tomar en consideración su distancia estética. Sin embargo, ese intento fue llevado a cabo en las páginas anteriores guiado por la intuición de una crítica común al concepto de identidad, vinculada hacia una nueva forma de hacer política. Por otra parte, creemos leer en ellos una potencia crítica de regímenes opresivos como la dictadura, sin por ello caer en actitudes fatalistas. En este sentido, tal vez también resuene en ambos una tercera melodía: lejana, distante, pero que sin embargo los unifica en un casi silencioso abrazo, contenido en las siguientes palabras de Hölderlin: “Mas donde hay peligro, crece también lo salvador”.

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Siete fragmentos sobre ‘Lars & the real girl’, o crítica de la tolerancia

Por FLORENCIA MINICI

Un avistaje a la última película de Graig Gillespie (Muerte en un funeral, 2007), que se interroga sobre las implicancias del discurso europeo de la Tolerancia, en cuanto a las minorías sexuales y el racismo.
El cine, final abierto de la Literatura con mayúsculas, es el lugar donde la ética y la política se exponen, en estrategias narrativas ancladas en una concepción del curso de la historia. Para este tiempo, para esta película, la crítica es un arma de vigilancia de la vigilancia suprema que un producto cultural puede establecer sobre nuestras prácticas (de tolerancia, de actitud frente a la historia).


1
El autómata Lars se nos presenta ya dado, desde el comiendo, como el desencontrado del sexo, la familia y la propiedad. Recluido en la-casa-de-al-lado de la casa familiar, heredada por él y su hermano, es el síntoma de la descomposición de unos modos sociales extintos: la pequeña comunidad. Y digo esto porque Lars & the real girl (estrenada recientemente en Buenos Aires),de Graig Gillespie (Muerte en un funeral, 2007) narra la aventura (como relato heroico, cuyo héroe central es la comunidad) de una patología tomada como social por los personajes de la película. La locura de Lars (definido por el guión como delirante, a partir del enamoramiento que mantiene con una muñeca de látex) se maneja como motivo articulador de la puesta en acción de las solidaridades endogámicas en una pequeña ciudad. La patología requiere de un proceso de cura colectivo, que sólo entendiendo a la misma como síntoma de riesgo de la fragmentación social, puede ser narrado- realizado de principio a fin.

2
Resulta que (érase, una vez, en una pequeñísima ciudad, suponemos europea, contemporánea, en alguno de esos países calmos, con altas tasas de suicidio y niveles elevados de longevidad), Lars nos viene a expresar algo así como el colmo patológico de una comunidad: el individuo orgánico es casto (y la castidad, en su dimensión laica, equivale a una desviación sexual). Rehusándose al contacto carnal, la castidad es una amenaza en el organismo reproductivo de la comuna. Esto, en primer lugar.

En segundo lugar, la manifestación de la locura, de la fragmentación del Yo, es una fobia a lo real (fobia del abrazo, de la conversación, del sexo); real que retorna como falso reencuentro consigo, en una muñeca rígida: suplemento de lo real, desplazado en su consistencia hacia una consistencia de otra naturaleza que desborda la noción de carnalidad sexual: una mujer-muñeca, otro-real, en lugar de una “chica real”.

La locura se manifiesta, entonces, en dos dimensiones inseparables: como separación de la vida social (reclusión, desinterés por la charla, es decir, desobediencia total a participar de juegos de lenguaje formadores de comunidad, decimos, de sexualidad). Y se manifiesta, por último, como separación de sí, fragmentación del yo.

3
El reencuentro con el hueso de lo real, es lo que efectivamente recompone al héroe con la comunidad; lo que compensa el hiato delirante del enfermo con la realidad de las relaciones sociales.

Este reencuentro (encuentro falso, si es que una repetición es vuelta diferente de una presencia, presencia diferida, trastornada dialécticamente en algún oscurecido intervalo), viene a cerrar el largo viaje del autómata, su viaje vertical, caída intervenida a tiempo por la comunidad.

El reencuentro, para Lars, es la identificación del trauma que rige la repetición (es decir, la aparición de una chica falsa como repetición supletoria de una mujer real). O más precisamente: la caída es detenida lentamente, hasta no ser caída (locura total, psicosis), por la transferencia. La intervención de la relación psicoanalítica, rearma un relato olvidado por el freak: Bianca, la falsa-chica-real, es una manifestación espectacular (delirio, que no es lo mismo que alucinación) de la madre abandónica. Con esta reconstrucción se recupera al enfermo del delirio (que, para ser delirio, tiene que poder circular de manera socialmente aceptable. Yo puedo delirar un falso-amor, y despertar la solidaridad compasiva de quienes me rodean; pero alucinar mi cuerpo lo tiene prohibido: besar lo imaginario no es igual que besar un cacho de goma. En la goma, es todavía rastreable qué ausencia se delira. En el aire, en la alucinación, es todo presencia imaginaria –ausencia desfigurada-, no compartible, no transferible de ninguna manera).

4
La tecnología implicada en una chica de látex, puede duplicar lo real, expresando el desarrollo de las fuerzas de producción. Debord: “la especialización de las imágenes del mundo puede reconocerse, realizada, en el mundo de la imagen autónoma, en donde el mentiroso se engaña a sí mismo. El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida es el movimiento autónomo de lo no vivo.

“(…) El espectáculo, entendido en su totalidad, es al mismo tiempo el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento del mundo real, una decoración sobreañadida. Es el núcleo de irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares –información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones-, el espectáculo constituye el modelo actual de vida socialmente dominante. Es la omnipresente afirmación de una opción ya efectuada en la producción, y su consiguiente consumo”.

Pero había dicho que Bianca era algo así como un suplemento del mundo real. Pongamos, entonces en tensión, el hecho de que efectivamente no sea un suplemento sino la manifestación irrealísitica del mundo real –sexo por Internet, bodas de Chat, riesgo país, etcétera-, con el hecho de que, para los personajes de la ciudad, Bianca es, Debe Ser un suplemento de lo real. ¿Por qué?: ya que, solo entendiéndola como suplemento, es posible ponerla en la cadena linealmente historizable del trauma social: puedo explicar a Bianca por el abandono materno, así como puedo, Podría, explicar la formación de un foco “guerrillero” armado en 2008 como compensación del trauma que vuelve de la lucha revolucionaria perdida.

A ser más claros: la estrategia narrativa de la película opta por dramatizar (muy explícitamente, con escenas que registran el proceso de transferencia) que Bianca es un suplemento y no una manifestación de lo real: optar por lo contrario sería otro relato, que en todo caso, sería interesante experimentar, dado que si Bianca no fuera un suplemento, podríamos entender el fenómeno como agudización de contradicciones en el seno de lo real, pero profundizándolas, y no desplazándolas hacia el terreno de la cura mental y social.

5
El programa de un retorno a lo real- comunitario, depurado de los restos patológicos de una disgregación; el refugio en la identidad de las comunidades de comunicación plena, donde la dimensión de lo irracional ha sido superada; no pueden ser más que la negación del capitalismo, pero no en clave emancipatoria, sino en clave pre-capitalista, al igual que la literatura Restauracionista para la Europa del siglo XIX tematiza el retorno de los sujetos perdidos en la avaricia del nuevo capital, a la comunidad semi- feudal, programa en todo, para su tiempo, contrarrevolucionario.

6
Solo introduciendo la función social-confesional del psicoanálisis, que reconstruye una historia a partir de un trauma fundante (y de este modo, identifica el escenario del pasado en Un sentido), solo mediante una concepción “originaria” de la historia, se puede enaltecer el pasado y proponer el programa de la reacción: recomponer lo perdido, volver a la pequeña comunidad, tener una novia real, superar el abandono materno y volver al trabajo.

Ucronía: si la terapia no hubiera funcionado, ¿cuánto tiempo más el pequeño pueblo habría tolerado a Lars?, ¿cuánto dura la tolerancia si no hay recomposición del yo?, ¿cuánto dura el respeto cívico, o “amor a las minorías”, si las mismas no aceptan reconocerse en el patrón identificatorio de aquella zona de lo social ciertamente “amputada”, “descompuesta”, “diversa” en relación a lo uno?

¿No habría corrido Lars la misma suerte que Brandon –Boys don’t cry-, si pasaba del delirio compensatorio al morbo sexual de cogerse a un plástico?

Revisemos la ucronía como posible fundante de cualquier discursividad presente. Vigilemos la Tolerancia cuando se posa sobre el alucinado.

7
Lacan: “el sueño no es sólo una fantasía que colma un anhelo (…) Designa un más allá que se hace oír en el sueño. En él, el deseo se presentifica en la pérdida del objeto, ilustrada en su punto más cruel”. Deberíamos entonces:

“Detectar el lugar de lo real, que va del trauma al fantasma –en tanto que el fantasma nunca es sino la pantalla que disimula algo absolutamente primero, determinante en la función de la repetición(…)”.

Vigilemos al psicoanálisis cuando se posa sobre la pérdida: la Historia puede ser entonces, un esquema de encuentros y desencuentros. La experimentación con las opciones, propuesta en el fragmento 4, en cuanto a no identificar a Bianca con un trauma fundante, puede proponernos ir en la búsqueda de una idea de historia, aventurada, no fijable en Un sentido originario con el que nos encontraríamos o reencontraríamos, Solamente según la afanosa y Divina intervención de los Especialistas (en historia).

8
¿Cómo vemos en la película qué es para Ellos lo real, o su ausencia?
Lacan otra vez: “Lo real puede representarse por el accidente, el ruidito, ese poco-de-realidad que da fe de que no soñamos”: el ruidito para Lars es un silencio: Bianca responde con el silencio al ofrecimiento matrimonial (el habla, signo potestad del espacio comunitario, marca al delirio de irrealidad).

Se trata del silencio de la imagen: este espectáculo, esta afirmación de una forma concreta de desvío de lo real, no tiene nada para ofrecerme. Es en el silencio de la representación en donde la misma se corre el velo como vacío afectivo. Como imposibilidad de reproducción sexual- lingüística. Si Bianca no me responde, algo anda mal: me vuelvo loco adentro de esta locura a medias. ¿Por qué no me responde cuando le pido que se case conmigo?, ¿por qué no performa que me ama?. Entonces, comienza el retorno del héroe (con el retorno del autómata, el héroe-comunidad vuelve a la normalidad). Lars empieza a dudar de la realidad de Bianca, levanta la voz y está casi curado: Bianca, en el silencio, es todo vacío, es la crueldad del delirio. Amo a alguien que no me ama, y no por lo que soy, sino porque es un falso real, ¡no soy yo, sos vos!

La imagen cae por silenciosa, lo real se devela como una potestad del habla: quien efectivamente habla demasiado (finalmente, la novia real) encarna la materialidad significante de lo humano. La chica tonta, insistente, que sabe divertirse y llora, la Hablante, es la dama triunfal.

Una vez que Lars reconoce a su madre en Bianca, se reintegra al mundo de los vivos, amando a una chica real.

9
El pueblo del héroe decide seguir la corriente. Todos hacen como que Bianca es real, siempre y cuando Lars esté siendo curado. La tolerancia tiene fines terapéuticos. En realidad, no queremos al freak como tal, pero tampoco podemos eliminarlo; está ahí. Entonces, jugamos el lenguaje del delirio por un rato, hacemos como que está todo bien. La tolerancia se posa sobre el diverso como vigilancia, en un proceso de cura: de integración civil. Queremos que el pibe vuelva a nosotros, que se case con una chica real. Solo por eso, y nada más.

Hay, entonces, un núcleo duro de humanidad (todos haciendo como que Bianca es real, para que Lars sane), que funciona como soporte, en el caída del sujeto en su propia historia. Cuando Lars consigue mirarse en el espejo de su historicidad, se completa la caída y la recomposición yoica, garantizada por los resortes solidarios de una comunidad que pone en juego su sistema de verdad, en función de curar al enfermo, purgar la locura, el espectáculo de la locura, del pueblo.

10
La película es una apuesta al retorno sobre las tradiciones de las pequeñas comunidades, como núcleos orgánicos de pertenencia y reproductividad social. Pero no cualquier comunidad. Una comunidad europea, urbanamente prolija (a nivel limpieza, a nivel inmigatorio –Bianca es traída es una caja de otro país-, a nivel control de la sexualidad), que compromete su vida teleológicamente: integrado en una perspectiva de unidad comunitaria (por qué no, racial), el desvío del diverso, tiene que ser tolerado como etapa de caos, que siempre cuenta con la garantía de ser corregido, re-correspondido con lo real.

Es después de todo, una inteligente forma de hacer racismo con humor (producto final, racismo): nunca humor a secas, ni siquiera “humor con el racismo” (producto final, humor).

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Señoritas corazones

POR INTI PODESTÁ Y JUAN FRANCISCO GENTILE

Emoción homicida, de Flopa, y Margaritas y azucenas, de Mariana Baraj.


Emoción Homicida, el segundo disco de Flopa
Por JUAN FRANCISCO GENTILE

El público tuvo que esperar cuatro años para conocer el rumbo que tomaron las canciones de Flopa, que anunció la salida de su segundo disco, Emoción Homicida, desde mitad de 2007, pero que no llegó a las bateas hasta este mes. Se trata del sucesor de Dulce, fuerte, grave, y la palabra que se impone como conclusión final es “evolución”. Un paso adelante en las letras, en la instrumentación y en la efectividad de las canciones.

Si bien la esencia de ambos trabajos de Flopa es muy similar (canciones fundamentalmente acústicas, simples en su estructura, con una vox bien al frente, pianos cálidos e instrumentaciones despojadas), en Emoción Homicida se escucha a una cantautora un tanto más segura de sus creaciones, que arriesga estribillos y melodías acaso pegadizas, pero que no llegan a la fórmula del Hit. Es que, claro, a Flopa no le interesa demasiado que sus temas roten en las radios.

Mientras la mayoría de las bandas y artistas nacionales buscan una producción que extreme la contundencia sonora para llegar a las listas de difusión, Flopa logra profundizar una dirección que en su primer disco había quedado incompleta: instrumentaciones despojadas pero comprimidas al servicio de la canción y la melodía. Y esto es mérito de su banda, compuesta por Fernando Kabusacki en guitarras, Juan Ravioli en bajo y la batería de Lucas Herbín.

Artista del sello independiente Azione Artegianale , la ex compañera de ruta de Erica García en Mata Violeta planta su voz alejada de la técnica y cercana a la emotividad, respaldada por una instrumentación híbrida entre lo acústico y lo eléctrico, que se posa en la línea exacta entre su pasado de punk rabioso y una impronta folk de canciones profundas con que marcó el pulso de su carrera solista.

No hay invitados, vicio sistemático de los artistas de Azione. Sólo Florencia Lestani al mando del micrófono a lo largo de trece canciones que a pesar de su tono confesional no caen en una intimidad forzada, como sí le pasaba por momentos a Dulce, Fuerte, Grave. Sus letras también pegaron en este nuevo disco un salto de calidad. Ya no tienen esa faceta rebuscada desde lo literario y formal que no se reflejaba del todo en el contenido, sino que ahora se muestran ajustadas entre la sutileza poética y la efectividad que necesita la canción.


Perfumes emergentes para sentimientos de siempre
Por INTI PODESTÁ

Si Lumbre era algo relativamente definible como “folclore jazzeado”, y Deslumbre sonaba más como a un jazz con raíces folclóricas, Margaritas y azucenas deja el jazz de lado para adoptar sonoridades actualizadas bajo el signo digital. Asimismo en este nuevo disco, Mariana Baraj incursiona en una mayor versatilidad tímbrica, tanto por el aporte de una variada instrumentación como por una refinada producción, la cual estuvo a cargo de Lisandro Aristimuño. El rol de este joven músico, y su participación en tanto en diversos instrumentos como en los arreglos de los temas es un aporte que define el rumbo del disco y lo acerca al sonido pop.

Además del mencionado Aristimuño colaboran también Liliana Herrero, Gabo Ferro, Sergio Verdinelli (baterista de Luis Spinetta) y Marcelo Baraj entre los más destacados. Marcelo Baraj es percusionista y hermano de Mariana, y juntos formaron el Bernardo Baraj Quinteto, liderado por su padre Bernardo, un reconocido saxofonista de jazz y fusión.

Las canciones de Margaritas y azucenas son de corta duración, pero logran profundidad individual. Sus distintas proveniencias (Argentina, Armenia, Chile, Kenia, EU, Bolivia, Cuba) no provocan una sensación de rompecabezas cultural ni de disparidad compositiva. Todo se armoniza bajo una misma concepción estética, que se muestra coherente y abierta a la vez.

Mariana Baraj encara composiciones de Violeta Parra, Gabo Ferro, Silvio Rodríguez, Bobby McFerrin o Gustavo Santaolalla con la característica impronta de su voz, que se apropia de las canciones con su personalidad salvaje, muchas veces alejándolas de su forma original. Este es un detalle fundamental para entender a Mariana: se trata de una intérprete que altera las canciones distanciándolas de su esencia popular, y es así como esos sentimientos de siempre adquieren perfumes diferentes.


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