POR FELIPE GONZÁLEZEn lógica es fundamental entender que los términos en los que se plantea un problema condicionan en gran medida la resolución del mismo. En política entrar a una contienda pensando la misma en (y a partir de) las categorías que no son propias es entrar al ring con el culo contra las cuerdas, reaccionando a los movimientos del que tenemos en frente, sin estrategia propia, sin entender cómo pelea el que está en frente, con lo cual no podemos proponer la pelea en nuestros términos.
Porque ésa es la ley primera.
Tengan unión verdadera
En cualquier tiempo que sea
Porque si entre ellos pelean
Los devoran los de ajuera”
José Hernández, Martín Fierro
“El Campo vs el Gobierno”
En el caso puntual del problema sobre el que versa este artículo, “el campo vs el gobierno”, la formulación en la cual se planteo el problemas es particularmente mala. No porque sea empíricamente desacertada (lo que a nadie le importa más que al mundo académico en el cual a lo sumo si uno se equivoca no le dan la plata para una beca) sino porque la acción que de ella se desprende es profundamente retardataria para las fuerzas identificadas con un proyecto nacional y popular.
De todos modos, en tanto que los procesos sociales son realizados por actores que no siempre concebimos tales procesos en toda su profundidad, no importa cuan mal esté planteado un problema por la conciencia de los actores masivos intervinientes, negar que lo plantean en esos términos es un error todavía peor que lleva a una marginalidad inconsecuente que es la contracara de la renuncia a una voluntad de poder seria. En este sentido la Tercera posición por más que sostenga no estar inserta en ninguno de esos dos frentes, o por más que pretenda romper esa forma de percibir y entender el conflicto no debe olvidar que estas son las condiciones actuales. Más importante, en tanto que, como se verá, ninguna de las posiciones constituyen actores unificados sino más bien constructos bastante heterogéneos, debe cuidar de no enajenarse los aliados potenciales que existan en las dos posiciones. Operativamente, y adelantando conclusiones, esto significa: a los ojos de los potenciales aliados que hoy están en el Gobierno no puede parecer como cercana al Campo y viceversa.
La Tercera Posición
Uno podría definirla por sus integrantes o por su relación con las otras posiciones. Sus integrantes son los que no están con “el Campo” en tanto que las retenciones móviles les parecen una política en primer lugar legítima de un Estado para intervenir en la política económica (atribución que perdió legitimidad en los 90). En segundo lugar certera no sólo para redistribuir el ingreso y contener los precios internos de los bienes exportables (Argentina tiene la maldición de exportar los bienes que sus propios habitantes consumen, es decir no exporta sólo azúcar o cobre), sino también para diversificar (complejizando y diversificando) el perfil productivo del país. Pero al mismo tiempo son los que tampoco están tutto cuore con “el Gobierno” cuya base de poder se construyó a partir de alianzas que atentan contra su capacidad de reforma o transformación: el senador Urquía es dueño de una de las principales aceiteras exportadoras, el año pasado en pleno conflicto pecuario cerró con las grandes usinas lacteas y el capital concentrado del sector (3 compañías controlan el 80% del mercado) en detrimento de los tamberos, que no cobra retenciones a la minería ni a la actividad petrolera (a 150 dólares el barril de crudo) porque tiene amigos en el sector a los cuales prefiere venderles las acciones de YPF antes que estatizarla seriamente como hicieron Bolivia o Venezuela (o como nunca dejaron de hacerlo países como México o Brasil), que se empecina en construir un faraónico tren bala en lugar de un sistema federal de ferrocarriles (que ayudaría justamente en el flete de los productores).
Es decir, critican a “el Gobierno” no quedándose en la chiquita como se dice, ya que no atacan puntualmente a tal o cual funcionario desprolijo, sino al modelo de desarrollo y sus condiciones políticas y ténicas de sustentabilidad. Aún así no es menor el hecho de que la presencia y desprolijidad de esos funcionarios afecte la posibilidad de articular políticamente en una base de sustentación de ciertos sectores medios urbanos progresistas lo que hasta ahora es una mera oposición difusa a “el Campo”. Amplios sectores sociales se encontraban profundamente en contra del reclamo agrario y sus métodos pero tampoco querían prestar apoyo a “el gobierno”; en términos operativos, a las plazas contra “el Campo” podría haber ido mucha más gente de la que finalmente fue. Esto no es no hay que ver, como muchos defensores a ultranza de “el Gobierno”, clases medias urbanas que o son gorilas o le sacan el culo a la jeringa y no están dispuestas a comerse un sapo, sino más bien un profundo error de conducción por parte de los cuadros dirigentes del kirchnerismo (o justamente la ausencia de éstos).
Con respecto a sus relaciones, rápidamente establecidas sobre el espectro izquierda - derecha, La Tercera se denomina a quien esté a la izquierda de “el Campo”, pero también de “el Gobierno” (tomado en su conjunto), pero que definitivamente no cae en los excesos de la paleoizquierda (que termina articulando con “el Campo”). Ésta se mantiene en una postura tradicionalmente declamativa e improductiva, empecinados en su “ética de la convicción” que identifica como lo mejor los fines más alejados de la realidad hacia la izquierda, sin preocuparse por un solo momento, mediante una “ética de la responsabilidad”, de los medios para la realización efectiva de esos fines y mucho menos por ponderar las consecuencias de sus acciones. Finalmente confía en el potencial revolucionario del productor que eventualmente estará de acuerdo con una reforma agraria, expropiaciones y colectivizaciones siempre y cuando no se hagan con “soberbia”.
Esta posición relativa se confirmaría al ver la caracterización que cada actor hace de “el Gobierno”. Para “el Campo” es un complejo monto-bolchevique, mientras que para la Tercera el Gobierno (tomado en su conjunto) sería un terreno en disputa donde un actor muy fuerte de la misma son los actores garantes del orden consolidado durante el proceso social regresivo inaugurado en 1976, pero sin ser, como lo es para la paleoizquierda, el simple garante del capital concentrado.
En virtud de este posicionamiento político las críticas que la Tercera debe considerar son de diverso signo. De todas ellas importa analizar las que puedan provenir de todos aquellos potenciales aliados, actores que tradicionalmente se han encontrado en el campo popular que han sido críticos del procesos social regresivo de signo neoliberal. Es decir, toda crítica por derecha que cuestione el derecho de intervención estatal sobre los resortes de la economía nacional no serán tenidas en cuenta en este caso (aunque es fundamental comprender cómo luego del menemismo porciones muy importantes de la sociedad aún ven el mundo a través de estas nociones). De estos potenciales aliados que hoy se encuentran en posiciones que, para ser justos, tienen más de oposición a “el Gobierno” que defensa de “el Campo”, interesan las críticas a una política agraria orientada al monocultivo sojero, a la existencia de una ley de arrendamientos que perjudica al pequeño productor a favor de los pools especulativos de corto plazo, y muchas otras críticas de los sectores del campo que fueron duramente golpeador por el neoliberalismo en sus comienzos y por la estrategia de primarización productiva de los grupos económicos locales que se retiraron al campo con los vicios propios de estos sectores (concentración, integración, etc).
Sin embargo para este post son de especial interés las críticas a la Tercera posición de otros actores también de tradición en el campo popular y de lucha contra el proceso social que comenzó en el Proceso y que hoy forman parte de “el Gobierno”. Dichas críticas no pueden ser formulada en términos de “golpismo reaccionario” o “liberalismo pro concentración de la riqueza” porque la Tercera posición en ese punto no es ambivalente. En todo caso apuntaran a otro aspecto de la estrategia política de la Tercera y pueden ser resumidas en frases muy habituales en el discurso de la chicana política, que por tomar la forma de la chicana no implica que su contenido sea menos verdadero: “poner la carrera delante de los bueyes”, “hacerle el juego a la derecha”, “hinchar por Estudiantes en un Boca - River”, “cagar más alto que el culo” y la mar en coche.
Las buenas metáforas visuales se explican por si mismas, y este es un caso. En el mundo académico uno puede permitirse ciertas analogías o metáforas inescrutables, herméticas, poco didácticas. Pero en política eso a uno le cuesta la vida, en tanto que en el arte político es tan importante conocer la ley de gravedad como que la piedra crea en esa ley. Las chicanas políticas anteriores son prácticamente autoexplicativas, pero nunca está de más hacer algunas aclaraciones. Permítaseme resumir brevemente, en un párrafo que bien pueden saltear, las modificaciones estructurales que acaecieron en la Argentina en los últimos 25 años.
El proceso social regresivo neoliberal, su crisis y su salida
Desde 1976, y consolidado a partir de 1991, Argentina atravesó un doble proceso económico y político. El primero se caracterizó por una primacía del capital financiero especulativo y no productivo, desindustrialización (en el mejor de los casos simplificación productiva al concentrarse en actividades con ventajas comparativas cercanas a los productos con ventajas comparativas y de menor aporte al valor agregado), concentración de la producción en pocas grandes compañías que controlan porciones cada vez mayores del mercado, integración (es decir que son dueñas desde la vaca hasta la góndola de leche) y diversificación (son dueñas de la leche y también de actividades financieras, comerciales, etc.), un desempleo creciente que pasó a ser una característica de la nueva estructura social argentina manteniéndose estable por encima de las dos cifras (más allá de los ciclos de aumento y descenso) y distribución regresiva del ingreso. El segundo consistió en desarticular las instancias de organización que representaban los intereses del campo popular. Eliminó por un lado a la pequeña y mediana empresa (generadora de valor agregado y demandante de mano de obra) con el proceso de oligopolización y por el otro a la clase trabajadora mediante el disciplinamiento del Proceso, la hiperinflación y el desempleo masivo durante el menemismo (con complicidad de muchos dirigentes sindicales). De este modo quedó desarticulada una alianza que siempre había podido obturar los proyectos y pretensiones de la gran burguesía del capital concentrado y los sectores políticos retrógrados de siempre aliados a ella.
Este proceso social regresivo entra en crisis en el 2001, pero los actores que ganaron en el proceso 1976-2001 no han desaparecido. En el 2003 surge el kirchnerismo. Su caracterización es de lo más variada. Para algunos es la salida negociada del capital concentrado local que sostenía una devaluación por encima de la dolarización (por la que abogaba otra fracción de la clase dominante), que estaba dispuesto a hacer concesiones en sus intereses materiales inmediatos en pos del mantenimiento de un orden que le garantizase reglas de juego claras al amparo de las cuales pudiese mantener e incrementar su tasa de ganancia. Ese diagnostico en una perspectiva inmediata y a corto plazo puede aparecer exacto, pero peca de un error histórico. Fue el mismo diagnóstico que se hizo de Yrigoyen y de Perón y en ninguno de esos dos casos quienes sostenían dicho diagnostico pudieron responder a esta pregunta: si son las alianzas políticas representantes y garantes de los intereses de la clase dominante mediante un limitadísimo reformismo ¿por qué las clases dominantes y sus organizaciones políticas más cercanas se encargaron sistemáticamente de atacarlas con el objetivo de destruirlas y no sólo de corregirlas en su camino?. El diagnóstico referido a la actual alianza gobernante que aún hoy sostiene esa línea interpretativa tampoco puede responder a esa pregunta. En todo caso habría que avisarle a las clases dominantes que este es su gobierno, porque aparentemente no se dieron por enteradas.
Otra caracterización, tan desacertada como la primera, supone al kirchnerismo como un gobierno de centro izquierda y de liberación que intenta llevar adelante algunas transformaciones pero encuentra la justamente la reacción de esos sectores del poder. Quizás la más certera es la que entiende al kirchnerismo como un espacio de disputa donde efectivamente hay actores representantes de sectores sociales dominantes y donde se han integrado sectores que siempre han sido críticos del neoliberalismo y actualmente pugnan por transformaciones de mayor o menor envergadura condicionadas por la correlación de fuerzas.
En este sentido, en el análisis y práctica políticos actuales es necesario tomar en consideración la correlación de fuerzas imperante, ya que de otro modo se comete el error garrafal de poner la carreta delante de los bueyes intentando imponer un proyecto que no cuenta con las bases sociales de apoyo y la organización política necesarias, es decir, con las condiciones de realización.
Cagar más alto que el culo
Poner la carreta delante de los bueyes, y las metáforas análogas, significa no tomar en cuenta el estado de desarticulación y debilidad estructural del campo popular enfrentado a un poder económico (concentración, integración y diversificación mediante) poderoso como nunca, y pedir transformaciones más profundas y radicales. Superada la crisis, donde el peronismo fue fundamental como piloto de tormentas, el mínimo intento de concesión o reforma se enfrenta a la reacción de los agentes de la conservación de un orden que los beneficia. Hacer ese orden de cosas un ápice más justo (ya sea en pos de la justicia social misma o del orden) se volvió algo intolerable para las clases dominantes. Poco importa si es por una irracionalidad, o mejor dicho una racionalidad particularista y cortoplacista de las mismas. Lo importante es que efectivamente es así y ninguna alianza política reformista ha podido convencerlas de lo contrario. Todo intento en ese sentido, por más limitado que sea, tarde o temprano encontrará la reacción de las clases dominantes y sus actores representativos. Todo argentino de centro izquierda permanentemente se pregunta como puede ser que un gobierno que, en comparación con proyectos programáticos aislados de las condiciones efectivas de realización, ha hecho tan poco sea tan combatido. En este punto se percibe vigente certeza de una de las tradicionales frases de Perón: “Nosotros los peronistas no somos buenos, pero los que vienen después son mucho peor”.
La metáfora “cagar más alto que el culo” se hace carne como nunca en la paleoizquierda. Frente a este cuadro de situación, pugna por la alternativa obrera y socialista, por agudizar las contradicciones, por el “son todos lo mismo”, y otras zonceras argentinas que se pretenden marxistas y cuya crítica sería un despilfarro de tinta en tanto que se critican a si mismas mediante su propia ejecución. Este es el paradigma de “Hinchar por un Estudiantes en un Boca - River”, que esta alianza gobernante reformista se derrotada no implica inmediata y automáticamente ni el surgimiento de una alternativa obrera, ni que los aliados a la paleoizquierda en ese ataque se conviertan en sostenes del socialismo y, fundamentalmente, las condiciones de posibilidad para el surgimiento de esa alternativa obrera serán infinitamente más dificultosas luego de una victoria política y cultural de la derecha. Esas zonceras se decían ya antes del golpe del 1976 y la historia reciente se encargaron de desmentirlas. Post-proceso y post-menemismo, el socialismo está más lejos que antes. Pedirle a Tumini que patee el tablero, y que Libres del Sur abandone el kirchnerismo porque De Vido es de derecha y no está por la destrucción de la economía de mercado es justamente empecinarse en esa “ética de la convicción” y poner la carreta delante de los bueyes.
¿La Tercera caga más alto que el culo?
Fundamental para responder a esta pregunta es hacer una caracterización exacta de los dos posiciones anteriores que fueron tratadas someramente al comienzo. Rápida y afortunadamente se aprendió a distinguir que el constructo “el Campo” escondía toda una serie de diferentes actores que representaban sectores sociales e intereses muy diferentes. Hay grandes diferenciaciones como los productores pecuarios y los agrarios, los grandes y los pequeños, los que plantan soja y los que plantan otros productos con menos viento en popa. Sobre esto se habló largo y tendido y nada que acá pueda decirse va a ser innovador o superador. Lo fundamental, y que sí estuvo ausente, es tener esa misma precaución en el análisis para con “el Gobierno”. El error crucial es considerarlo como un actor unificado, con intereses homogéneos, ya sea para caracterizarlo como un socio del capital concentrado o como un gobierno de liberación. En la medida en que se comprenda que tanto Campo como Gobierno son menos actores unificados que complejas alianzas donde conviven actores (y los sectores sociales a los que éstos representan) con intereses y proyectos muy disímiles, se podrá apreciar la estrategia de la Tercera posición y juzgar con mayor efectividad y certeza si efectivamente pone la carreta delante de los bueyes. En la medida en que el problema no se aborde desde la particularmente mala formulación (Campo vs Gobierno) que ha imperado hasta ahora, la Tercera no aparecerá como el izquierdismo moralista, irresponsable e infantil.
La verdad de la milanesa, y en este punto es necesario que hablamos como gente grande entre compañeros sin importar si se está dentro o fuera del kirchnerismo, es que hacia el interior del mismo conviven agentes tan diversos y con proyectos, intereses y compromisos tan diversos como los de “el Campo”. Ciertamente pensar que Urquía está contra el monocultivo de soja, que De Vido está a favor de la estatización de YPF bajo administración pública, que Jaime está a favor de un sistema ferroviario federal al servicio del interés nacional, que Moreno está a favor de un control efectivo de los precios frenando a los formadores de precios en condiciones oligopólicas, es un error tan grosero como pensar que Bonasso es un traidor, que Jasky es un comprado, que Vervitsky es un idiota que fue manipulado o que Tumini está dentro del Kirchnerismo porque le dan cargos.
La frase “son compañeros equivocados” describe muy bien la relación existente entre aquellos actores del campo popular dentro del kirchnerismo y los que están fuera. Ambos piensan lo mismo en relación con los otros. ¿Quién efectivamente está equivocado? En tanto que este es un problema histórico-político y no lógico-empírico la historia lo dirá. ¿Estatizar YPF es poner la carreta delante de los bueyes? La historia boliviana reciente dice que no. En todo caso, cada uno va a parar en la cancha de la Historia lo mejor que tenga y ahí se verán los pingos. Pero eso no implica que uno no deba leer el paño para saber más o menos por donde viene la mano, cómo reaccionar y qué errores del pasado no cometer. En honor a la verdad, hace tiempo que muchos actores de la Tercera sostenían la necesidad de modificar la ley de radiodifusión heredada de la dictadura. El tiempo demostró que esto no era una medida basada en la ética de la convicción y puramente basada en preceptos morales, relacionados a propuestas programáticas abstractamente escindidas de las condiciones para su realización. Más bien era una medida necesaria para la sustentabilidad de todo proceso de transformación más o menos profundo. En ese caso, los compañeros kirchneristas estuvieron equivocados al tirarles la correlación de fuerzas por la cabeza. Pero al mismo tiempo hay que destacar que una vez lograda la conciencia y el consenso sobre la necesidad de esa modificación legislativa, hubo actitudes por parte de algunos actores de la Tercera realmente contraproducentes para una potencial alianza amplia entre todos los actores del campo popular. En algunos casos fue una postura muy similar al “yo te avise, ahora jodete”, pero la más importante fue la consideración de que esa modificación estaba cobrando una forma que, a los ojos de estos actores, resultaba insuficiente. La lección debe servir para ambos, de un lado los compañeros kirchneristas deben comprender la necesidad de algunas reformas y los intereses espurios de algunos actores dentro del kirchnerismo que poco tienen que ver con los intereses del campo popular; del otro los compañeros de la Tercera deben entender que las propuestas programáticas progresistas se dan siempre, en función de la correlación de fuerzas vigente, de un modo que no siempre es idéntico a cómo se lo imagino en condiciones ideales, en su forma prosaica, lo que en la historia argentina significa en su forma peronista. También en esto es de capital importancia entender el axioma del peronismo “no somos buenos pero los que vienen son mucho peor”. Fallar en establecer esta modificación hoy y ahora, no va a implicar un triunfo de una de signo más progresista, todo lo contrario. La ley de entidades financieras, en tanto que facilita movidas financieras desestabilizantes, y el tren bala, en tanto que nos compromete financiera y tecnológicamente con capitales extranjeros, son dos de las tantas cuestiones que deben ser revisadas. Si no se avanza en la parte critica del llamado “apoyo critico”, no van a poder constituirse bases de sustencacion del kirchnerismo y/o de un proceso reformista o transformador consecuente. Como justamente se trata de un espacio en disputa, es necesario comenzar a dar esa disputa realmente.
Antonio Machado resumió el realismo político en una gran frase: “En política solo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela”. Sin embargo, el que decide el rumbo del barco es el capitán. Toma en cuenta el viento como un dato inexpugnable de la realidad para dirigir el rumbo, pero nunca deja que lo determine. En política eso sería un posibilismo político, arte que muchos actores hoy kirchneristas manejan a la perfección y que les permite abandonar el barco cuando cambia el viento. El kirchnerismo bien puede resultar un barco a la deriva si no se realiza seriamente esa disputa de poder hacia el interior de sus filas. El “apoyo crítico” no puede ser apoyar a raja tabla todas las directivas, y frente a las impresentables emitir una crítica en vos baja previa al mutis por el foro.
La ley primera
Es muy importante hacer un diagnostico certero de las condiciones en las cuales se encuentra el campo popular así como también de la fortaleza inaudita en la historia argentina de los grupos de poder. Acá el ojo del amo no debe engordar al ganado, porque tarde o temprano la realidad se impone, y con tanta más fuerza cuanto menos se la conoce y no se sabe como reaccionar ante ella. Lo cierto es que el grado de desarticulación del campo popular, su debilidad estructural, su todavía germinal procesos de organización, cimienta la posibilidad de que estemos poniendo la carreta delante de los bueyes. Responder certeramente a esta cuestión es un ejercicio esencial de un realismo político sin el cual toda acción política se agota en esa moralina intrascendente y marginal.
De lo que se trata es de volver a transformar la estructura social, económica y política argentina, en un sentido diametralmente opuesto al que se imprimió con sangre y plomo durante el neoliberalismo. Los tiempos de la estructura son mucho más lentos que los de la coyuntura. Esto uno debe tenerlo siempre presente y no desesperar. Tener en mente siempre el norte, que es la lenta y progresiva reconstrucción de una herramienta política que represente los intereses del campo popular y pueda llevar adelante un verdadero proyecto nacional y popular con bases sociales que lo hagan sustentable. Esa tarea es ardua y dura. Al decir de Discepolo “Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias. / Sabe que la lucha es cruel y es mucha, / pero lucha y se desangra / por la fe que lo empecina”. En ese camino los momentos de la coyuntura y cuestiones que no hacen a lo esencial no pueden comprometer los objetivos estratégicos. Es fundamental no confundir diferencias irreconciliables con diferencias puntuales y tácticas entre actores que en esta estrategia de largo plazo de reconstrucción están del mismo lado. Muchos compañeros kirchneristas comparten muchos de esos objetivos. No es cierto que todos sean enemigos de la estatización de YPF o de una reforma impositiva progresiva.
En la medida en que no se caiga en este error la Tercera Posición no pondrá la carreta delante de los bueyes. En tanto que al poder ser independiente de ciertos marcos de compromiso propios de un actor de la alianza gobernante es capaz de realizar otro tipo de articulaciones políticas y desarrollos programáticos. Esto no debe confundirse con un faro de moral política que se limita a la proclamación, del mismo modo que no se confunde realismo político con posibilismo o incluso traición. En los términos de Perón, debe ser un padre eterno que bendiga a urbi et orbi, que intente pararse por encima de los intereses coyunturales, y concentrarse en la tarea estratégica que es la reconstrucción del conjunto del campo popular. En ese sentido no debe dejar de articular con sectores del campo popular que de algún modo se encuentran circunstancialmente en las pos posiciones muy mal definidas como “el Campo” o en “el Gobierno”. En términos operativos la Tercera posición no deber ser kirchnerista, pero por ese hecho no puede ser anti-kirchnerista. Eso implicaría alienarse un amplio abanico de potenciales aliados, sin los cuales no podrá existir una base social que sustente un proceso de transformación y lo haga viable. Techint, Clarín, Cargyll son molinos que no se pueden derrumbar de una quijotada.
08/10/2008
La Tercera Posición, la carreta y los bueyes
“Los hermanos sean unidos,
Suscribirse a:
Enviar comentarios
(Atom)



0 comentarios: