31/08/2007

Kim Ki-Duk (el último gran poeta visual)

POR AGUSTIN MARIA BRITO

Si quisiéramos definir “poesía” y fuéramos a un diccionario, nos encontraríamos con que es la manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa. Esto es exactamente lo que Kim Ki-Duk intenta y logra con sus películas, expresar belleza, algo tan complejo como simple en muchos casos. En la era del cine “video clip”, o del cine de aviso publicitario, donde pareciera que la velocidad de las imágenes es lo más importante y que prima por sobre el contenido y las palabras, Kim KI-Duk narra sus historias de manera lenta, pero contundente. Las imágenes que nos propone, cargadas de poesía, filosofía y simbolismo surrealista, poseen un peso específico mayor al de cualquier explicitud.


“Sólo recordar a Yeo-reum Han (protagonista de “El arco”) parada sobre la proa del barco, con su ropa de cortejo matrimonial, imaginando y reproduciendo en su cabeza una melodía tan hermosa como ella misma y su inocencia… hace que se me erice la piel”
Poeta Misterioso




La tierra del cine naciente

Asia se ha convertido en la última década en un lugar de referencia ineludible a la hora de analizar la escena cinematográfica actual. Con directores como Wong Kar Wai, Chan-wook Park y Kim Ki-Duk a la cabeza, y con un cine de autor, profundo, y comprometido con los sentimientos, y a contramano de lo que la industria filma, con marcadas influencias europeístas, pero sin negar, ni dejar de aludir siempre a sus milenarias y riquísimas cultura, este continente se ubica como el nuevo “paraíso” al cual rendirle un culto.

La vanguardia de lo puro

Kim Ki-Duk confiesa: “…No ví muchas películas antes de convertirme en director.”
Y pensándolo desde el hoy, esto puede llegar a ser una de las claves de su pureza, originalidad, y autenticidad que lo ponen en un puesto privilegiado dentro de la vanguardia cinematográfica.

Las películas de Kim Ki-Duk hablan de la vida y de las relaciones humanas, y del aprendizaje a través de transitarlas, pero sin caer en lugares comunes, él nos las enfoca a través de su prisma único y personal.

No necesita de muchas palabras para explicarnos sus historias, utiliza un método de encriptación del mensaje que hay que sentir para descifrar, sin descuidar nunca la armonía y belleza de la obra. Cómo sostienen los ideólogos Lyotard o Vattimo, conocer la verdad no es un camino al que podamos llegar por medio del lenguaje y Kim Ki-Duk se acerca a esta idea, demostrándonos que existe una clara disyunción entre nuestras palabras y las realidades que pretenden reflejar, creando dificultades para alcanzar una auténtica comunicación interpersonal. Esto se exacerba en “Hierro 3” una postmodernista historia casi en silencio, donde el gesto es la clave.

La repetición de acciones como enseñanza simbolista es una de las cualidades de su cine. Una y otra vez sus personajes se repiten en sus actos, para explicarnos y explicarse qué sienten y qué piensan. Y las consecuencias que estos actos conllevan terminan armando los rompecabezas de las historias oscuras, llenas de perversiones, patologías, y sentimientos tan hondos e irracionales como el amor o el odio.

“Es difícil distinguir si el mundo en el que vivimos es realidad o solo un sueño…” Nos susurra al final de “Hierro 3”, y con esta frase se nubla la imagen y nos quedamos nadando en su filosofía.

El encuadre de un pintor

Kim Ki-Duk es un obsesivo de la estética de sus obras, la fotografía minuciosa nos envuelve siempre en mundos que avanzan sobre la delgada línea que separa la realidad de la fantasía.

Sus planos angulares y los encuadres que constantemente nos remiten a la pintura, generan atmósferas que son capaces de modificarnos la percepción aprehendida de las cosas o las personas y los ambientes que las determinan.
Su sensibilidad y creatividad a la hora de mostrarnos al ser humano y sus relaciones, alcanza a engañarnos con la magia que sólo es comparable a la de un pincel. La magia de generar belleza hasta de los lugares más sórdidos por donde uno no se atrevería ni a transitar. Y Kim Ki-Duk la conoce bien, ya que se dedico varios años a la pintura, mientras se ganaba la vida como acólito en un templo budista.

La fuente de inspiración

Su etapa en el templo lo acerco a la espiritualidad y al autoconocimiento, lo cual se convirtió en su motor de búsquedas. Desde ahí nace para él la historia de “Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera”, su obra más popularmente reconocida: una película tan preciosa como triste, por la dulzura que nos provoca al principio y lo trágicamente bello de su resolución. Una de esas películas que hipnotizan durante un tiempo, nos hacen dar vueltas a las imágenes y metáforas que permanecen indelebles, desconociendo en qué momento fue que calaron profundo.

La proliferación de sus universos

Kim Ki-Duk comenzó a hacer cine hace un poco más de diez años. Sin embargo en el tiempo en que muchos directores filman 2 o 3 películas con suerte, este ya tiene en su haber 8 largometrajes, algunos cortos y documentales. Y no se detiene.
Parece no agotarse su creatividad, ni sus universos personales. Cada película de Kim Ki-Duk nos devela una porción de su cerebro, gigante, tan hermoso como misterioso.

La incomodidad como ideología artística

No podemos vivir eternamente
rodeados de muertos
y de muerte.

Y si todavía quedan prejuicios
hay que destruirlos
“el deber”
digo bien
EL DEBER
del escritor, del poeta, no es ir a
encerrarse cobardemente en un texto,
un libro, una revista de los que ya
nunca más saldrá, sino al contrario
salir afuera
para sacudir
para atacar
al espíritu público
si no
¿Para qué sirve?
¿Y para qué nació?

Esto escribía Antonin Artaud allá por 1925 cuando surgía el movimiento surrealista en París. Y Parece que Kim Ki-Duk lo hubiera aprendido a la perfección, porque los lugares “cómodos” le resultan incómodos al director y la mutación es su forma de progreso. Sus películas transmiten expansión, transgreden los límites y logran hacernos pensar como ejercicio para la búsqueda de la armonía.

“Mis películas están llenas de contradicciones, al igual que la vida. Es una moneda de dos caras y me gusta tocar ambos extremos, probar que en el fondo las sensaciones discordantes, el blanco y el negro, están unidas y son sentimientos inseparables…”
Transitar los extremos es lo que lo lleva a convertir al dolor en belleza y placer y a la oscuridad en punto de partida hacia alguna luz.

Kim Ki-Duk nos remite tanto a Gustav Klimt, o a Egon Schiele, como a Hitchcock, o a Lynch.

Inclasificable, y provocativo… este pintor, director, guionista, ganador de numerosos premios. Este “poeta visual” es el último en su especie, y no es recomendable perdérselo.