30/05/2007

La Revolución en la Era Light

Por Pablo Pizzorno

En los albores de la posmodernidad se cultivó un pensamiento que hizo una apología del desencanto para reírse de los grandes relatos de antaño. Sus adeptos se dieron a conocer con una estética muy cool del descreimiento y una liviandad irónica frente al compromiso intelectual. En esta nota, proponemos una reflexión a partir de un ejemplo en los pasillos de Puán. Y volvemos a hablar de cosas que se quisieron guardar como pieza de museo.

Uno: De revoluciones…

Hay un excelente documental sobre la Masacre de Trelew, dirigido por Mariana Arruti, que comienza con una frase determinante. Apenas empieza la película, una voz en off -si la memoria no me falla- dice: “Hay épocas de revolución y épocas de contrarrevolución, y ésta fue definitivamente una época de revolución”. Y sin duda aquella –la de Trelew y sus mártires- lo era. Repasemos fugazmente: Argentina, año 1972, Lanusse en el poder, Perón por volver, los ecos del Cordobazo todavía retumban en los cuarteles y la dictadura militar está en retirada. La juventud alcanza índices inéditos de movilización. La Revolución es real, es tangible y está a la vuelta de la esquina.

Ese clima de época –eufórico, victorioso- que vivía el país era compartido en las coordenadas más diversas del planeta. Desde fines de los 60, el mundo estaba lleno de esas señales que hacían inexorable el triunfo de los pueblos. El Mayo Francés y la Primavera de Praga abrían la puerta a la llamada “nueva izquierda” juvenil y al “socialismo con rostro humano”. El imperialismo norteamericano era derrotado en Vietnam, cuando el Che ya alentaba a construir “uno, dos, tres, muchos” de ellos en todas partes. Mao lanzaba su Revolución Cultural en China, y los marxistas de Occidente la vanagloriaban aunque no tuvieran mucha idea de qué se trataba. En Chile, Allende conciliaba la difícil relación entre el socialismo y las urnas. El capitalismo se moría; estaba escrito en las leyes de la Historia. La Revolución no solo era deseada, era inevitable por el devenir del progreso dialéctico. A principios de los 70, el proletariado de todo el mundo se aprestaba, como anunciaba el Manifiesto, a dar sepultura de una vez y para siempre a la burguesía.

Dos: …y contras.

Si esta modesta nota fuera una obra de teatro, el segundo acto debería empezar con los burgueses bailando sobre la tumba del proletariado. Porque, por si alguien no se enteró, no hay happy ending en esta historia. Relataré brevemente: el capitalismo demuestra su capacidad cíclica de salir a flote y resuelve sus conflictos (el agotamiento del modelo keynesiano, sobre todo a partir de la llamada “crisis del petróleo” del 73) transformando su patrón de acumulación. En otras palabras, el capital se cansa de sustentar las pérdidas a la rentabilidad que le provocaban los extensos derechos sociales del estado benefactor. Se revoluciona el mundo del trabajo hacia una mayor “productividad”, limitando fuertemente el rol estatal en la economía y dejando actuar libremente a la “mano invisible” del mercado. Hay un auge renovado del pensamiento liberal que se expande como visión hegemónica a escala global. Reagan y Thatcher encabezan la oleada neoconservadora desde los centros de poder durante toda la década de los ochenta. En América Latina, las dictaduras militares se encargan de la tarea sucia que le dejará el camino libre a la autorregulada “mano invisible”.

Pronto llegan los noventa y el clímax neoliberal. Cae el Muro de Berlín y se desintegra la Unión Soviética: es el fin del “socialismo real” y la Guerra Fría. El capitalismo ya no tiene adversarios en el mundo y se autoproclama eterno e inmortal. Un tal Fukuyama anuncia el fin de la historia y las ideologías. La política deviene en la mera administración de un orden inalterable; se convierte en un saber técnico en manos de burócratas y Chicago Boys. Las revueltas, las grandes movilizaciones, las utopías transformadoras se guardan como pieza de museo, y quienes aún confiesan su simpatía por ellas son tildados de obsoletos y nostálgicos. Señoras, señores: hemos llegado, si aún se nos permite la analogía de Trelew, a la era de la Contrarrevolución.

Tres: No me pidas que me porte cool


Esta vertiginosa introducción ha sido necesaria para situar históricamente un clima de época que se empieza a moldear en las últimas décadas del siglo XX. La posmodernidad -esa corriente de rechazo al proyecto moderno que algunos inauguran en La condición posmoderna (1979), de Jean-François Lyotard- terminó siendo una apología del nihilismo y el desencanto. Su crítica concluyó (y digo concluyó porque ya hay, como veremos, quien habla del fin de la posmodernidad) en un ensalzamiento de lo intrascendente, en la banal relativización de los valores y la ética, en una indiferencia atroz por la suerte que corra este mundo. A eso llamaremos la Era Light: al pensamiento liviano que, frente a la caída de los grandes relatos de la modernidad, construyó una filosofía para mirarse el ombligo.

Quiero rescatar en este punto una crítica de José Pablo Feinmann escrita desde sus entretenidos cursillos dominicales: “[La posmodernidad] era la muerte de muchas cosas que acaso para quienes la decretaban ya eran incómodas: el compromiso político, el testimonio, la Revolución, la historia, la densidad de las cosas, el peso insoportable de la ética, el imperativo irritante del deber, las historias de los mártires del pasado…” (JPF, “La filosofía y el barro de la historia”, nº 46, Página/12). Todo eso fue sepultado por la Era Light en una época en que el mercado clausuraba las utopías. La posmodernidad, que planteó en sus orígenes críticas válidas al discurso moderno (el etnocentrismo, el sentido de progreso unidireccional, las “leyes generales” de la historia), terminó siendo funcional al oleaje neoliberal. Sus adeptos -los “posmos”- se dieron a conocer con una estética muy cool del descreimiento, un soberbio desdén por el compromiso (dirá JPF: “La posmodernidad no hundía a nadie en la angustia ni exigía la entrega o el riesgo de la vida por alguna causa. No había causas. Las “causas” eran típicas de la modernidad”), un nihilismo irónico frente a la necesidad de la transformación de lo existente y un rechazo al rol de los intelectuales en ese proceso. Veamos un caso autóctono y reciente.

Cuatro: Gillettes y NBIs en Puán

Hace poco llegó a mi casilla de mail, enviada por otro redactor libertino, una suerte de polémica virtual de estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA. Se trata en cuestión de un grupo de correo llamado “Chicos Puán” que –imagino- debate cuestiones de la facultad vía internet. Pues bien, resulta que allí se disparó una discusión sobre una anécdota que sucedió hace unos días. Al parecer, un hombre quiso entrar a un aula a pedir una colaboración argumentando que tenía una hija enferma. El profesor, ante el pedido, se negó rotundamente a detener su clase y ambos empezaron a discutir. De repente, el tipo que quería entrar se pone nervioso, saca una gillette y empieza a amenazar con cortarse las venas frente a los alumnos y el profesor. Se vive un momento tenso, de gritos, silencios y miradas atónitas. Finalmente no pasa nada, pero la anécdota es fuerte y motiva una discusión vía mail entre los Chicos Puán. Allí alguien se queja de que una persona quiera interrumpir sus clases “porque considera más importantes sus problemas”. Otro responde y dice que “en honor a la verdad” este viejo profesor se pone demasiado nervioso con quienes se acercan a pedir una colaboración y que “hay gente que no tiene el mismo sistema de valores que los ratones de biblioteca de Puán y no entiende qué es eso de la importancia vital de una clase”. En respuesta a este último, llega la participación de un tal Ferko, quien desplegará un arsenal posmo en relación al affaire gillette, y nos permitirá reflexionar algunas ideas sobre la posmodernidad periférica.

“No sé, eh –empieza Ferko- A mí esta cosa de la condescendencia hacia esta gente que no tiene este sistema de valores (?) que compartimos (??) los ratones de Puán (???) me revienta un poco”. Y luego agrega: “Agarrarse tan fervientemente de la razón que nos va a llevar a una liberación tanto de nosotros como de los outsiders se me hace terrible. Porque esta gente que a veces entra y, pornográficamente, exhibe todas sus miserias puede estar desesperada. Pero ¿qué onda? ¿Tienen el monopolio de la desesperación? ¿Por qué? ¿Porque son lumpen? ¿Se trata de la plata, de no tener plata? Fuck that. Angustia hay en todos lados”.
(…) “Todo bien, pero me parece terrible tener que ser condescendiente con un desesperado NBI con una gilette en la mano sólo porque es un desesperado NBI con una gilette en la mano. Acá los adolescentes se la pasan cortándose sin tanto histeriqueo. Acá y en el mundo. La hija de Donatella Versace se está muriendo de anorexia y seguro tiene un fotolog”.
“Como intelectuales comprometidos tendríamos que demostrar respeto hacia estos seres que entran con gilettes en la mano a un aula y sacarlos a patadas en el orto. O al menos no atinar a abrir la boca a decir nada (y menos en "honor a la Verdad") si hay alguien tiene una reacción... cómo se dice... ehm, humana.”

Cinco: Retrato de un posmo periférico

Una aclaración necesaria: si tomo a este muchacho Ferko -a quien desde luego no conozco- para exponer su discurso (formulado como un mail público) y analizar sus componentes, no es por encono personal hacia este muchacho, sino porque lo considero un genuino representante de una corriente de pensamiento que transita en los pasillos de la universidad. Hay en esa elección un reconocimiento a su prosa y su claridad conceptual, de la que carecen otros “Chicos Puán” que, en lugar de eso, dieron rienda suelta a su verborragia fascista frente a la cuestión de la gillette. A ellos, aclaro, no les endilgo el mote de “posmos”; son simplemente idiotas. Pasemos ahora a este genial prototipo.

Ferko arranca su argumento cuestionando la “condescendencia” que muestran algunos Chicos Puán para con los que van a pedir ayuda a las aulas. Le “revienta un poco”, confiesa, esta cosa de la complicidad de los adentro con los de afuera. ¿Qué es eso de la solidaridad porque sí hacia un lúmpen desesperado? ¿Por qué, cuál es su mérito? Ferko intuye la respuesta y se adelanta. Dice: “agarrarse tan fervientemente de la razón que nos va llevar a una liberación tanto de nosotros como de los outsiders se me hace terrible”.

Pronto nos damos cuenta de que la cosa viene más compleja. Ya no se trata sólo de “condescendencia”; ahora se habla de “liberación”. Muchos de los que dejan entrar a este outsider no sólo le permiten hablar en el aula que estudian y le dan una moneda, sino que también quieren que deje de ser un outsider. Sostienen que es una persona víctima de desigualdades injustas que hay que desterrar, a la que no le alcanza una muestra de caridad para “liberarse” de su estado. Y hay más: no conformes con eso, quienes dicen esto incluso plantean su propia liberación; también se consideran oprimidos –de otra forma, con otros privilegios- pese a estar dentro de esa sagrada aula de Puán, y por eso tienden puentes de solidaridad con los que están aún más necesitados.

Pero aquí llega lo que Ferko considera la herejía máxima de esta postura. Esta empatía de los adentro hacia los de afuera se hace con la Razón. Se hace agarrándose fervientemente de la Razón. ¡Horror! Estamos entonces ante un proyecto de liberación que propone una alianza de clases oprimidas, que tiene anclaje racional y terrenal, y lo peor, que se hace de forma “ferviente”. Eso a Ferko “se le hace terrible”. Esto huele demasiado a certezas, piensa. ¿Qué es eso de abrazar con pasión una causa por la cual luchar? ¿Y eso de poner a la Razón al servicio de la emancipación humana? Es tan demodé, tan poco estético, tan propio de la Modernidad (y es más, seguro que estos muchachos han leído a Marx, y ahora que se quedaron sin proletariado, sin overoles, sin paradigma, andan buscando a cualquier lúmpen que se les cruza por ahí para refundar mitos e inventar nuevas cruzadas; estos pibes no aprenden más…).

Pero volvamos al hombre de la gillette. Esta gente, dice Ferko, viene a exhibirnos sus miserias de forma “pornográfica”. Qué barbaridad, caramba. Qué espectáculo aberrante, digno de censura. La imagen de sus “miserias” llega tan fuerte -de forma insolente y sin pedir permiso- que así no se tolera. Y menos a estas horas de la tarde. Habría que ponerle un velo negro, como a una vieja Playboy en un kiosco.

Además, se pregunta, ¿con qué derecho se entrometen en nuestra aula a pedir una colaboración? “¿Tienen el monopolio de la desesperación?”. Y en este punto creo que hay que responder de forma contundente: claro que lo tienen. Poseen la triste exclusividad de una desesperación muy concreta, que se adivina fácilmente si nos tomamos la molestia de descomponer las siglas de las que este muchacho abusa. Este “desesperado NBI con una gillette en la mano” tiene sus Necesidades Básicas Insatisfechas. Y lo Básico, detrás de la gris nomenclatura, es condición necesaria para tener una vida digna. Lo Insatisfecho, por ende, significa no comer; no tener una vivienda o tenerla sin luz, sin agua y sin calefacción; no tener cobertura de salud y estar expuesto a toda clase de enfermedades letales o a la propia mortalidad infantil. Esto último, aclaro por si me estoy poniendo muy técnico, significa que tu bebé muera en tus brazos. Y, perdonando lo pornográfico de mis palabras, vaya si esa no es una desesperación “monopólica”.

Fuck that, angustia hay en todos lados” es la respuesta de Ferko, a lo que luego de una chicana torpe (los adolescentes se cortan las venas sin tanto histeriqueo, dice, dejando en claro que para él la adolescencia es algo que ocurre de clase media para arriba), se redime con una analogía tan ingeniosa como provocadora, que lo consagra como un adepto fiel a la Era Light. Yo creo que fue al comprender su sentido que me decidí a dedicarle tantas palabras a este anónimo personaje. Porque debo confesar que no tenía idea de quien diablos era Donatella Versace. Pero cuando -Google mediante- lo averigüé, ya no pude echarme atrás.

Ferko no está usando cualquier ejemplo. Donatella (hermana del difunto Gianni y heredera de su imperio del diseño de la moda) es la máxima representación de la frivolidad, es una figura tan inmensamente adinerada como vulgar. Emperatriz de un mundo erigido sobre lo banal, se trata de un personaje que resume el concepto de la opulencia, de la riqueza obscena, de los vestidos de millones de dólares, de las joyas rimbombantes. Donatella es un símbolo perfecto de la “farandulización de la existencia” (concepto acuñado por JPF en una genial nota sobre la revista Gente) que consagró Occidente en las últimas décadas y que en Argentina tuvo su explosión con el menemismo. Ella sintetiza la vil mercantilización de la vida que supone como valor sagrado la acumulación de riqueza material, pero que se atreve a trascender la ética protestante –esa de la que hablaba Weber- de la laboriosidad: ahora hay que ganar para mostrar. Soy lo que tengo: la realización humana se logra a través de la posesión de bienes y de su exhibición grotesca. Los que más tienen son los más dignos a ser admirados, y entonces se pasean por las revistas “de actualidad” mostrando sus enormes mansiones, sus autos de lujo, sus exclusivas fiestas del jet-set. Ellos son los exitosos, los triunfadores. Eternamente jóvenes y esbeltos ellos; flacas y tetonas ellas, regidos siempre por la dictadura estética de turno. El ejemplo de Donatella no es casual. Vean su foto. Observen el rostro de esa pobre mujer de casi 60 años que lucha en vano contra la vejez, que llena de colágeno sus labios, que infla sus tetas con siliconas, que miente una figura de treinta años menos, que brinda un espectáculo patético al negar el paso del tiempo. Vean a su hija, de la que habla Ferko. Una chica que sí tiene veinte años, que tiene la juventud por la que su madre daría casi todos sus millones. Ella se está muriendo de anorexia, corriendo detrás del perverso ideal estético que impone la sociedad del espectáculo (y el que, paradójicamente, le permitió amasar la fortuna a su familia).

Esa respuesta de Ferko, que toma a un símbolo del capitalismo tilingo para contraponerlo a un hombre despojado de todo, es una provocación típicamente posmo. Es una ironía petulante que se burla de los que quedaron al margen del mercado recurriendo a una estampita del derroche. Es reírse del hambre tirando las sobras.

Aquí es donde vamos a introducir lo que llamamos la posmodernidad periférica. La reflexión es la siguiente: qué injusto es el tercer mundo con sus posmos. Porque, convengamos, que una cosa es olvidar las miserias de este planeta en un reservado café parisino. Allí seguro que se puede hacer sin problemas un culto cool del desencanto, gozando de las bondades del mundo desarrollado y la cultura refinada de Occidente. Pero aquí, en estos países alejados, llenos de marginalidad y exclusión, existen algunas complicaciones. Por ejemplo, que un outsider se te meta en un aula. Pero también que te pida una moneda por la calle, que lo tengas que escuchar mendigar en el subte, que lo veas revolver entre la basura. Son muchos y están por todas partes, lo que hace imposible la indiferencia absoluta. Y eso sí que es un problema. Porque obliga a tomar partido. ¡Justo a un posmo, que lo que menos quiere es tomar partido por algo! Entonces no queda otra que ser consecuente con lo que uno anda repitiendo por ahí. Y los que se burlan de los intelectuales comprometidos, de la entrega por las causas justas, de la transformación de lo existente, tienen que hacer frente a un marginal que se les mete en su burbuja universitaria. En ese caso no queda otra que decirlo, y Ferko lo dice: “como intelectuales comprometidos que somos (se ríe del término) saquemos a estos seres a patadas en el orto”.

Sin duda es cruel la periferia con sus posmos llevándolos a decir este tipo de cosas, negándoles la posibilidad de ser indiferentes a la realidad, bajándolos de un hondazo de sus huidas mentales y desnudando su indiferencia por los más desprotegidos de este mundo. Aquí no se puede eludir el dolor de los postergados de siempre porque ese dolor lo impregna todo, y negarlo implica asumir una postura a favor de la conservación de su estado alarmante. Aquí no hay lugar para la relativización total de los valores, para el elogio de la incertidumbre y la inmovilidad permanente.

Ferko se enoja cuando se invoca a la Verdad porque hacerlo en la Era Light es una herejía. La postura posmoderna nos dice que no se puede hablar de una verdad trascendente y universalmente válida. ¿Qué verdad es posible cuando han caído las certezas que la sustentan? ¿Qué argumento es real si la Historia fue sentenciada a muerte?

Seis: (Hablemos de) la Revolución en la Era Light

Como se ha señalado, el fin de la posmodernidad conlleva implícito el fin de la propia modernidad. El prefijo post implicaba la superación de la visión moderna y denunciaba su agotamiento. La posmodernidad, de ese modo, se definió por la negativa a la modernidad; se construyó a sí misma intentado derribar los enormes edificios conceptuales que la precedían y que ya se vislumbraban a contramano del mundo real (por si cabe alguna duda, lejos estamos de suscribir a una concepción idealista de las filosofía. Si la posmodernidad tuvo éxito fue porque se reprodujo a partir de determinadas condiciones materiales que la posibilitaron). Ya hemos reconocido aquí como válidas algunas de aquellas críticas realizadas por el posmodernismo. Pero aunque toda crítica de la modernidad debiera reconocer en parte el fracaso del proyecto moderno (y digo en parte porque la considero una afirmación polémica), la reconstrucción de una filosofía útil y acorde a nuestros tiempos también debe hacerse eco de los límites de la arremetida posmo. ¿Qué es una filosofía útil? Pues en ese sentido no hay un criterio unívoco. El neoliberalismo llevó al paroxismo una filosofía mercantil apoyada sobre una razón instrumentada para reproducir el capital. Se trata de una filosofía, jugando con las palabras, para dar utilidades, para hacer negocios.

Propongamos, entonces, un criterio desde la vereda de enfrente. En lugar de un pensamiento del status quo que clausure la historia y condene infinitamente a los relegados del capitalismo (naturalizando su estado y cerrando las puertas a la posibilidad del cambio), reconstruyamos una filosofía pensada desde y para las mayorías. Frente a una filosofía del poder, recuperemos el derecho (más que eso, la necesidad) de los pueblos a la sublevación. Traigamos de nuevo las cuestiones heavy que enterró la insulsa Era Light, llenando de densidad el mundo de ideas. En la era de la contrarrevolución, atrevámonos a hablar de su antítesis en el mundo de la praxis.

Vamos a definir la Revolución no en un sentido político sino pasional, que es un estado previo. Para eso partamos de un diagnóstico: vivimos en un mundo que nos ofrece el horror a mansalva. Por un lado, el de la civilización occidental, que nos propone un planeta regido por inmensos capitales sin control democrático, con un porcentaje de individuos que sobreviven -en distintos grados de bienestar- de las gotas de un exiguo “derrame”, y con un sector mayoritario que ha quedado no sólo al margen del mercado y de la ciudadanía, sino también de la construcción simbólica del mundo que edifican los estratos superiores. En una frase: los excluidos han sido borrados de la sociedad virtual que elabora sus mitos pensando en la clase media para arriba. Por el otro lado, tenemos una sola reacción considerable a este despliegue occidental: el terrorismo, que responde a la barbarie imperialista con el miedo y la masacre de inocentes, y está incapacitado de proponer un modelo superador al que enfrenta. De este modo hallamos al menos dos premisas: 1) que la historia está más viva que nunca y que es vano cualquier intento de enterrar el conflicto humano; 2) que ninguna de estos dos modelos encarna una salida a favor de la vida. Es importante concebir entonces que la historia está abierta y en manos de los pueblos. No está del lado de los oprimidos, como se creyó en algún momento, pero tampoco de los opresores.

La gran causa del siglo XXI (sí, volviendo a las “causas”) será contrarrestar la perversa tendencia que se consolida en este continente y en todo el mundo: esa brecha cada vez más enorme entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Y ante ese diagnóstico –y la indignación que provoca- hay dos grandes formas de actuar. Una de ellas es ceder al fatalismo y hundirse en la desolación autista. En ese sentido, los posmos fueron –aun son- una moda muy apropiada para un mundo que no ofrece salidas colectivas. Pero lo cierto que es justificar lo existente es claudicar ante el poder, por más canchera que se quiera disfrazar esa derrota. Hay, en cambio, otra posibilidad: hacerse cargo, pese a la innegable incertidumbre que rige nuestro tiempo, de retomar la lucha por las grandes transformaciones. Sacar a la Revolución del tabú; recuperar el sentido de la rebelión; atreverse a imaginar infinitas potencias. Pero no desde el llanto de lo que otrora no pudo ser (“no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió” dice Sabina, y tiene razón), sino desde la lenta búsqueda de nuevas certezas.

Ya dijimos que el estadio previo al político es el pasional. Entendamos a la Revolución, aquí, casi en sentido literario. Las definiciones estratégicas, la búsqueda de fórmulas nuevas, la creación de nuevos mitos y paradigmas es fundamental. Pero primero está la conmoción ante la opresión y la voluntad de cambio. Por eso podemos entender, antes que nada, a la Revolución como utopía: un impulso vital al que se dirigen un conjunto de pasiones (sobre las que se montan ideas y actos) que empujan hacia delante y permiten dar pasos; como un anhelo eterno que nos motorizará siempre, pero que vamos construyendo en el camino.

Anexo necesario

Eduardo Galeano – Ventana a la utopía

Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.

15 comentarios:

*Sofia* dijo...

Muy buen artículo, muy interesante, se presta al debate y es un acicate para el compromiso -sea de la índole que sea-.

Carolina dijo...

Realmente excelente. Una visión clara y crítica de una triste realidad del mundo, y una triste realidad intelectual... ¿no se supone que la segunda había surgido históricamente como positiva respuesta y no como nefasta consecuencia de la primera?. Muy triste esa postura harto frecuente en los pasillos de Puán.

Anónimo dijo...

El viejo de la revolucion de la peli Bucarest, fue fulminante: "La revolución se hace como se puede". Vale el intento. Intentarlo, es lo que vale. La falta de intentos, es la falta de utopias.Pero en la falta, se abre paso la creación.
Los agujeros profundos, son los rincones de las génesis.
La revolución es como ser hincha de San Lorenzo. El azul de los ideales, el rojo de las luchas. El azulgrana es apasionado. Y las revoluciones se tejen de pasiones. De cabezas y corazones conquistados para una causa. Que creimos, que creemos justa y necesaria para la humanidad.
Puan no tiene corazón.
En cambio a los cuervos y cuervas nos sobran los motivos, para ser apasionados.

Saludos.

Pablo Pizzorno dijo...

Estimado anónimo, a mí también me gusta plantear a la revolución como tejida por cabezas y corazones. Hay una frase del joven Marx que dice que la cabeza de la emancipación humana es la filosofía; y su corazón, el proletariado. Creo que hay una clave posible en ese sentido: dedicar la cabeza a la emancipación, pero entregar el corazón a las masas.
Mucho menos afortunada me parece la expresión que emparenta a la revo con el hincha de San Lorenzo. Pero ese debate lo dejamos para otro día. Saludos y gracias por pasar.

Gracias también, Sofía y Carolina, por sus lecturas y elogios.

Diego G. dijo...

Lo total, lo absoluto, no puede ser, sino, un modo de la alienación.

Tal vez todo lo que haya en el sarcasmo sea un gesto insolente frente lo necesario, a lo debido, a lo no buscado ni querido sino, impuesto sin explicaciones previas.

Tal vez el sacarsmo sea esencialmente eso: el modo de reclamar un poco de aire.

La realidad no me parece triste. La realida me parece real, viva, llena de enseñanzas.
Triste es la nostalgia.


Por último, no puedo dejar de elogiar la precisa descripción que PP lleva a cabo del fenómeno posmo.

intermar dijo...

"Durante muchas décadas, los lingüistas han venido insistiendo, y no cabe duda de que insistirán por muchas décadas más, en el hecho de que ninguna forma de habla, ningún dialecto determinado de una lengua es intrínsecamente más digno de respeto que cualquier otro. Las diferencias entre dialectos tienen que ver no con la lengua como sistema, sino con la lengua como institución: como un vehículo y como un símbolo de la estructura social. El concepto de "lengua estándar" es un concepto institucional: se refiere a la posición de un dialecto particular y a la gama de funciones a las que sirve, no a cualesquier elementos intrínsecos en el propio dialecto. ¿Cuál es entonces la fuente de las actitudes asumidas tan a pecho? ¿Por qué tanta gente de la ciudad se muestra tan violenta al condenar lo que se considera formas "subestándares" del habla?.
La respuesta parece ser que, aunque las actitudes se plantean explícitamente respecto de las cuestiones de pronunciación y de formación de palabras accesibles de manera inmediata, lo que realmente provoca la reacción es algo mucho más profundo. La gente reacciona ante el hecho de que otros signifiquen de modo distinto al suyo, y se siente amenazada por este hecho. No sólo se trata de que se tenga aversión a ciertos sonidos, aunque esa sea la forma adoptada superficialmente, sino de sentir aprehensión ante ciertas maneras de significación. El problema radica, no en un sistema de vocales distinto, sino en una sistema de valores distinto: si yo objeto los sonidos vocálicos de alguien, o la estructura de sus oraciones, hay posibilidades de que exprese mi objeción estética ("son feos") o pragmáticamente ("constituyen una barrera para la comunicación"); pero en realidad, poseen una doble carga: por una parte funcionan directamente, como índices de la estructura social, como la barba y los modos de vestir, y por otra indirectamente, como parte de los significados mediante los cuales el hablante representa su identidad subcultural."

M.A.K Halliday, El lenguaje como semiótica social.

Ferko dijo...

Repentinamente, un silencio sepulcral. El extraño se quitó el casco de VR y habló:

_Soy Ferko, el posmo periférico, te respondí en mi blog. Seguí participando.

Pablo Pizzorno dijo...

Ferko:

Leí tu post en respuesta a mi nota y la verdad es que me llevé algunas desilusiones. Principalmente, porque no encontré allí menciones profundas a las cuestiones centrales que me llevaron a recoger tu participación en la polémica de los Chicos Puán. Por lo tanto, creo que mi artículo publicado acá sigue teniendo vigencia para este debate y, en todo caso, quienes se aventuren a leer nuestra polémica podrán sacar sus propias conclusiones. Sin embargo, mi desilusión también se produce al ver cómo te referís a algunos pasajes de mi texto usando referencias incompletas o directamente inexistentes y que, para colmo, te llevan a aseverar que yo “no entiendo nada” y que mi nota “es una estafa política”. Entenderás mi pesar ya que, por lo que veo, o sos menos astuto de lo que te creí (lo cual me desanimaría después de todas estas páginas) o tenés mala fe para citarme (lo cual me quitaría las ganas de debatir con vos por tu deshonestidad intelectual). Aún así, y para no tirar la pelota afuera, me interesa hacer un último aporte.

Sostenés en tu post que mi producción es “negligente” por hablar de clases sociales, centro-periferia y lo que vos llamás “world systems”. A tu criterio, esas son categorías obsoletas que ya no sirven para dar cuenta del mundo. Es más, decís que “hablar de centro-periferia es inaceptable” e “irresponsable” y que, en lugar de eso, “hay que pensar, ante todo, en cultura y tecnología”.

Al discutir cuestiones como las que nos atienden, despojar a la “cultura” y a la “tecnología” de sus relaciones sociales de producción las convierte en términos abstractos que no explican nada por sí mismos. De ese modo, corremos el riesgo de comprar el mito globalizador de cuño neoliberal y su pretendida “sociedad de la información”. Aún hoy es frecuente oír a los gurúes de la “aldea global” que nos pintan ese mundo tecnologizado, esa suerte de ciudadanía mundial kantiana, unida a través del consumo informático. Ese mundo existe, no cabe ninguna duda. Se trata del 15% de la población mundial que tiene acceso a internet (de los cuáles la mayoría pertenece a los países del centro, ese al que le negás existencia). Lo notable es cómo este mundo se constituye simbólicamente borrando del mapa al 85% restante. Entonces, ¿de qué “tele-relaciones” estamos hablando? ¿Qué “tecnología” y para quién?

La globalización no terminó con el centro y la periferia pero sí volvió sus límites difusos. Es así que podemos ver cómo se reproducen al interior de los propios países sus respectivos centro y periferia: homeless en Nueva York y torres de mega-corporaciones en Buenos Aires. Por eso, mi estimado Ferko, que quede claro que jamás pretendí “invisibilizar la miseria primermundista” ya que es evidente que no se puede analizar el planeta en las condiciones que lo hacía la teoría de la dependencia en los ´60. Pero no seamos tontos y no compremos la panacea “McDonalizadora” del mundo: Noruega y Tanzania, evidentemente, no son lo mismo. Tampoco Buenos Aires y Nueva York. Está muy claro que el capital tiene muchas más facilidades para superar fronteras que el trabajo. Así, las operaciones bursátiles se hacen apretando un botón y las multinacionales se pueden trasladar al país más subdesarrollado que quieran, donde la “rentabilidad” sea más jugosa (es decir, donde se explote más a los trabajadores). Pero cuando esos mismos trabajadores buscan aventurarse en su propia “rentabilidad” personal y salen a buscar las bondades de la globalización, aparecen los dispositivos de control y represión: se vuelven inmigrantes ilegales. Es el caso de los miles y miles de africanos que fueron deportados de nuevo a sus países cuando intentaban pasar a Europa a través de Ceuta y Melilla. Una solución a la Ferko: pegarles una patada en el orto a los outsiders y que ni se les ocurra volver. Es el centro recordándole a la periferia cuál es su lugar. Es también la muralla que pretendía levantar Estados Unidos para frenar la inmigración mexicana. Todo se resume en la sagaz fórmula de Zygmunt Bauman: ricos globalizados; pobres localizados. Y eso, antes que nada, es un fenómeno de clase: de los que están arriba, de lo que están abajo y de los que están afuera de la pirámide.

Nosotros (y me refiero a vos, yo, y la mayoría o todos los que leen esto) tal vez podamos subsistir en el sector que, como dije en la nota, viva de las gotas del derrame de la inmensa concentración de capitales que rige el planeta. Nosotros tal vez podamos acceder, en distintos grados, a ciertos beneficios de la “sociedad global” (aunque me temo que yo estoy bastante lejos de los más suculentos). Pero lo grave sucede con el sector mayoritario que se queda al margen del mercado e incluso de la ciudadanía. El devenir del capitalismo global está llevando al mundo a una fragmentación cada vez mayor y el desafío es cómo revertir esa brecha que crece y crece. Mi nota se inspira en la convicción de hacer frente a esa tendencia y en recordar esa sentencia que dice que no falta con interpretar el mundo, también es necesario transformarlo.

Aquí, para terminar, es donde quiero recoger el debate final que tuviste en tu blog: Santiago te señaló certeramente que no te veía comprometido con una solución al sufrimiento ajeno ni con un discurso que la sustente. Y yo agregaría: no sólo eso, sino que destinas tus fuerzas a atacar (a veces con ingeniosidad, otras con mal gusto) el discurso de los que sí asumen esa postura. Esa actitud te llevó -en aquella polémica de Chicos Puán- a pelearte con los que defendían la humanidad del tipo que querías echar a patadas en el orto, pero también a guardar silencio cómplice con los que dijeron atrocidades que revelaban su odio profundo de clase hacia los pobres (a menos que hayas tenido una rectificación que no llegó a mis manos). Vos le contestaste a Santiago que el estar comprometido con estas soluciones “no tiene absolutamente nada que ver” con este debate.

Y, la verdad, cuánto la pifias ahí. Porque todo este debate, mi estimado Ferko, es justamente acerca del compromiso.

Ferko dijo...

Pablito:

Al grano.

1) ¿Las razones que te llevaron a utilizar un mail y correlacionarlo con la proposición de una Era Light y la figura del posmo periférico? Me pregunto qué tengo que ver con eso. Mi blog es una bitácora de investigación, trabajo con un objeto de estudio que alguna gente insiste en llamar, despectivamente, clase media, proponiendo una agenda prioritaria (básica, necesaria) por sobre las demás. Por lo pronto, lo vergonzoso de tu artículo está en su (insisto) falta de condiciones. La falta de referencias, de pluralidad y de heterogeneidad en las series de sentido que manejás es la evidencia de lo que un amigo llama "el problema de la izquierda en Puan: da por terminados los debates antes de que empiecen". Pero él prometió dedicar un post a eso, así que no me adelanto.

2) Como bien le dije a Santiago, no voy a acceder a la performance de examen ni las falacias ad hominem. Cuando decís que te cito incompletamente y sin referencias, no decís nada, porque (a) toda cita es incompleta, y (b) te entrecomillo o bien parafraseo construcciones enteras de sentido (no coordino construcciones de párrafos distintos). Para reponer las condiciones, hipervinculé tu artículo entero y la discusión entera en el grupo de yahoo. Por lo pronto, mi artículo habla de Shanty Town, un fenómeno que presento y que no se reduce a una respuesta a tu artículo. A diferencia tuya, el debate con tu artículo es sólo una parte de la correlación con otras series de sentido: la psicología industrial, la pirámide de necesidades de Maslow, la corporación, el conductismo, la cuestión de la visibilidad, la no-viabilidad del único sujeto histórico, la imposibilidad de acción que plantea el centro-periferia y, de nuevo, la producción que se aliena de sus propias condiciones de producción de cultura. También recojo fenómenos como el electropop villero, el comedor de Castells en Puerto Madero, la prostitución infantil en cyber cafés céntricos, y la asunción de la Buenos Aires turística (la estetización de lo pobre y la necesidad de desestetizarlo). Esa operación es poner el debate en el centro de la escena. Todavía más: los contenidos están en correlación con cada una de las entradas anteriores del blog, y cada uno de sus hipervínculos. Por eso tu posición es negligente e irresponsable. En vez de asumir el caos de la investigación y ponerlo en escena, el problema de encontrar una teoría de sustento, te arrogás el derecho a decretar juicios de valor, divisiones clasistas y estadísticas (porque, por todos los cielos, ahora estás hablando de porcentajes, y no cualquier porcentaje, sino porcentajes mundiales). Te dejo las cifras sacadas de la galera y las pirámides a vos. Yo no puedo ser tan hipócrita.

3) Insisto: por favor leé bien mi artículo y no inventes una oración manipulando irresponsablemente una cláusula del antepenúltimo párrafo "hablar de centro-periferia es inaceptable", para ponerla como antecedente de una adversativa inexistente con una cláusula del segundo párrafo "La cuestión es que hay que pensar, ante todo, en cultura y tecnología", que habla de la relación entre adolescencia y tecnología (más: la casa de Pablo Lezcano, ex Damas Gratis). Eso es, precisamente, condiciones de producción de cultura. Tu operación textual es mendaz; la técnica (collage), surrealista. Lo peor de todo es que tenés noción de la diferencia entre lo que entendés como la cita poco astuta y la deshonestidad intelectual, lo acabás de decir, por lo que es evidente que no sólo sos deshonesto para citar, sino que para colmo te situás en un lugar en el que proyectás lo que hacés vos sobre mí, y en una forma tan estúpida que, de hecho, la mentira es verificable con sólo leer la entrada en mi blog. Por lo pronto, que me vengas a hablar de outsourcing, división internacional del trabajo, corporativismo, y macdonaldización del trabajo es risible, ya que son los objetos de mi investigación y, consecuentemente, mi blog. Y te lo recuerdo en una simple oración: en mi artículo, la respuesta a este despropósito que firmaste se resume en que manejás las mismas nociones de humanidad que la psicología industrial, los recursos humanos, las estadísticas oficiales y las corporaciones. Una "humanidad" capaz de anquilar la identidad y la voz de cualquier trabajador y, en tu caso, la identidad y la voz de alguien desesperado.

4) Juan Gillette es, claramente, un performer. Puedo realizar la concesión de considerarlo un desesperado, pero lo que se puede leer en la discusión original, planteada por los que tuvieron contacto con Juan Gillette, es que, en efecto es una performance con utilería incluida (una gillette). Y estamos hablando de una performance peligrosa, que incluye gritos, amenazas y el ir y venir de un elemento cortante que, aplicado a una yugular, en un corte rápido, puede matar a alguien. Vos seguí diciendo que sos tan bueno y tan comprometido. Yo voy a insistir en que al tipo que me viene a amenazar con una Gillette le pegaría no una, sino varias patadas en el orto. Si me las devuelve, si me pasa algo, si me mata, será asunto mío. Perdoname, pero no puedo ser tan cristiano como vos. Por tener trabajo y banda ancha no puedo sentirme merecedor de un castigo físico y, ante la situación de amenaza, voy a reaccionar. No voy a decir "fue bueno mientras duró" y entregarme al Derecho Supremo de aquel que detenta la fuerza de coacción y la posibilidad de matar. La violencia es algo distinto, siempre, y cambia absolutamente todos los términos. No puedo sentir empatía con alguien que está poniendo en peligro mi vida, en el momento en que está poniendo en peligro mi vida. Yo dije que habría que sacar a patadas a quien entra amenazando -con una Gillette- (o con un arma, o con lo que sea que pueda atacar), e incluso está en el mail que vos mismo citaste. Pero ¿de ahí a que digas que yo propongo la violencia ante la inmigración ilegal? ¿Qué onda, te patinan los significantes? ¿A qué más pretendés llegar? Qué mentiroso que sos, eh. Estoy reiterativo: hablemos en serio de honestidad intelectual. O no, porque sos malicioso, este es el último intercambio que mantengo.

5) Gracias por ejemplificar perfectamente un algo que me cuesta tanto poner en palabras. En mi post yo hablo de la posibilidad de la solidaridad y el diálogo entre las causas que construyan objetos distintos, y el problema que conlleva la pelea de la -prioridad-: que me digan que la precarización del trabajo es irrelevante cuando hay desnutridos, por poner un ejemplo. Pero el tema acá no son las causas de quienes trabajan en las villas, porque, por lo general es gente muy abierta y con ganas de obtener visibilidad, compartiendo espacios en todo tipo de encuentros, con todo tipo de activistas e investigadores. El problema acá sos vos, que no podés concebir ni permitir la posibilidad de que alguien trabaje con outsourcing y tele-cultura, imaginando que es una causa no complementaria, más bien competidora. Es ese 15% por ciento central. Y es ahí, de nuevo, cuando estás atravesado por el discurso de la Corporación.

6) La parte final de tu comentario, en la que insinuás que guardé "silencio cómplice con los que dijeron atrocidades que revelaban su odio profundo de clase hacia los pobres" evidencia de dónde viene lo que decís. Estás hablando de esos mails de quienes VOS MISMO dijiste que eran tan fascistas e idiotas que no valía la pena mencionarlos. ¿Y ahora sacás a colación el hecho de que no les respondí a ellos para llamarme cómplice? Lamentablemente vos y, en parte, tu otro amigo Santiago (pero no Juan Francisco, debo decir) forman parte de un lugar de enunciación horrendo y macabro que, a lo largo de la historia ha producido mucho sufrimiento, muchas muertes y torturas. Se sitúan como Ciudadanos Comprometidos para difamar, injuriar y desprestigiar cuando no hay argumentos. Qué onda. ¿Tan desesperado estás? ¿Tenés que encarar una respuesta diciendo "oh, Ferko es poco astuto", "Ferko es cómplice del odio de clase hacia los pobres", "Ferko es deshonesto"? Qué sigue después, ¿"Ferko viola niños"? ¿"Ferko le pega a su mamá"? ¿"Ferko se ríe de la gente con cáncer"? Te comento que ya mismo estoy copiando tanto tu comentario como mi respuesta, no vaya a ser cosa que se borre accidentalmente de tu blog, porque quizás te des cuenta de que estas operaciones que realizaste son tétricas y alguien que escriba tales cosas en nombre del Compromiso y las grandes causas tiene que ser expuesto.

Vergüenza ajena, Pablo.

Ferko dijo...

* y ahora cito la respuesta que le di.

Pablito:

Al grano.

1) ¿Las razones que te llevaron a utilizar un mail y correlacionarlo con la proposición de una Era Light y la figura del posmo periférico? Me pregunto qué tengo que ver con eso. Mi blog es una bitácora de investigación, trabajo con un objeto de estudio que alguna gente insiste en llamar, despectivamente, clase media, proponiendo una agenda prioritaria (básica, necesaria) por sobre las demás. Por lo pronto, lo vergonzoso de tu artículo está en su (insisto) falta de condiciones. La falta de referencias, de pluralidad y de heterogeneidad en las series de sentido que manejás es la evidencia de lo que un amigo llama "el problema de la izquierda en Puan: da por terminados los debates antes de que empiecen". Pero él prometió dedicar un post a eso, así que no me adelanto.

2) Como bien le dije a Santiago, no voy a acceder a la performance de examen ni las falacias ad hominem. Cuando decís que te cito incompletamente y sin referencias, no decís nada, porque (a) toda cita es incompleta, y (b) te entrecomillo o bien parafraseo construcciones enteras de sentido (no coordino construcciones de párrafos distintos). Para reponer las condiciones, hipervinculé tu artículo entero y la discusión entera en el grupo de yahoo. Por lo pronto, mi artículo habla de Shanty Town, un fenómeno que presento y que no se reduce a una respuesta a tu artículo. A diferencia tuya, el debate con tu artículo es sólo una parte de la correlación con otras series de sentido: la psicología industrial, la pirámide de necesidades de Maslow, la corporación, el conductismo, la cuestión de la visibilidad, la no-viabilidad del único sujeto histórico, la imposibilidad de acción que plantea el centro-periferia y, de nuevo, la producción que se aliena de sus propias condiciones de producción de cultura. También recojo fenómenos como el electropop villero, el comedor de Castells en Puerto Madero, la prostitución infantil en cyber cafés céntricos, y la asunción de la Buenos Aires turística (la estetización de lo pobre y la necesidad de desestetizarlo). Esa operación es poner el debate en el centro de la escena. Todavía más: los contenidos están en correlación con cada una de las entradas anteriores del blog, y cada uno de sus hipervínculos. Por eso tu posición es negligente e irresponsable. En vez de asumir el caos de la investigación y ponerlo en escena, el problema de encontrar una teoría de sustento, te arrogás el derecho a decretar juicios de valor, divisiones clasistas y estadísticas (porque, por todos los cielos, ahora estás hablando de porcentajes, y no cualquier porcentaje, sino porcentajes mundiales). Te dejo las cifras sacadas de la galera y las pirámides a vos. Yo no puedo ser tan hipócrita.

3) Insisto: por favor leé bien mi artículo y no inventes una oración manipulando irresponsablemente una cláusula del antepenúltimo párrafo "hablar de centro-periferia es inaceptable", para ponerla como antecedente de una adversativa inexistente con una cláusula del segundo párrafo "La cuestión es que hay que pensar, ante todo, en cultura y tecnología", que habla de la relación entre adolescencia y tecnología (más: la casa de Pablo Lezcano, ex Damas Gratis). Eso es, precisamente, condiciones de producción de cultura. Tu operación textual es mendaz; la técnica (collage), surrealista. Lo peor de todo es que tenés noción de la diferencia entre lo que entendés como la cita poco astuta y la deshonestidad intelectual, lo acabás de decir, por lo que es evidente que no sólo sos deshonesto para citar, sino que para colmo te situás en un lugar en el que proyectás lo que hacés vos sobre mí, y en una forma tan estúpida que, de hecho, la mentira es verificable con sólo leer la entrada en mi blog. Por lo pronto, que me vengas a hablar de outsourcing, división internacional del trabajo, corporativismo, y macdonaldización del trabajo es risible, ya que son los objetos de mi investigación y, consecuentemente, mi blog. Y te lo recuerdo en una simple oración: en mi artículo, la respuesta a este despropósito que firmaste se resume en que manejás las mismas nociones de humanidad que la psicología industrial, los recursos humanos, las estadísticas oficiales y las corporaciones. Una "humanidad" capaz de anquilar la identidad y la voz de cualquier trabajador y, en tu caso, la identidad y la voz de alguien desesperado.

4) Juan Gillette es, claramente, un performer. Puedo realizar la concesión de considerarlo un desesperado, pero lo que se puede leer en la discusión original, planteada por los que tuvieron contacto con Juan Gillette, es que, en efecto es una performance con utilería incluida (una gillette). Y estamos hablando de una performance peligrosa, que incluye gritos, amenazas y el ir y venir de un elemento cortante que, aplicado a una yugular, en un corte rápido, puede matar a alguien. Vos seguí diciendo que sos tan bueno y tan comprometido. Yo voy a insistir en que al tipo que me viene a amenazar con una Gillette le pegaría no una, sino varias patadas en el orto. Si me las devuelve, si me pasa algo, si me mata, será asunto mío. Perdoname, pero no puedo ser tan cristiano como vos. Por tener trabajo y banda ancha no puedo sentirme merecedor de un castigo físico y, ante la situación de amenaza, voy a reaccionar. No voy a decir "fue bueno mientras duró" y entregarme al Derecho Supremo de aquel que detenta la fuerza de coacción y la posibilidad de matar. La violencia es algo distinto, siempre, y cambia absolutamente todos los términos. No puedo sentir empatía con alguien que está poniendo en peligro mi vida, en el momento en que está poniendo en peligro mi vida. Yo dije que habría que sacar a patadas a quien entra amenazando -con una Gillette- (o con un arma, o con lo que sea que pueda atacar), e incluso está en el mail que vos mismo citaste. Pero ¿de ahí a que digas que yo propongo la violencia ante la inmigración ilegal? ¿Qué onda, te patinan los significantes? ¿A qué más pretendés llegar? Qué mentiroso que sos, eh. Estoy reiterativo: hablemos en serio de honestidad intelectual. O no, porque sos malicioso, este es el último intercambio que mantengo.

5) Gracias por ejemplificar perfectamente un algo que me cuesta tanto poner en palabras. En mi post yo hablo de la posibilidad de la solidaridad y el diálogo entre las causas que construyan objetos distintos, y el problema que conlleva la pelea de la -prioridad-: que me digan que la precarización del trabajo es irrelevante cuando hay desnutridos, por poner un ejemplo. Pero el tema acá no son las causas de quienes trabajan en las villas, porque, por lo general es gente muy abierta y con ganas de obtener visibilidad, compartiendo espacios en todo tipo de encuentros, con todo tipo de activistas e investigadores. El problema acá sos vos, que no podés concebir ni permitir la posibilidad de que alguien trabaje con outsourcing y tele-cultura, imaginando que es una causa no complementaria, más bien competidora. Es ese 15% por ciento central. Y es ahí, de nuevo, cuando estás atravesado por el discurso de la Corporación.

6) La parte final de tu comentario, en la que insinuás que guardé "silencio cómplice con los que dijeron atrocidades que revelaban su odio profundo de clase hacia los pobres" evidencia de dónde viene lo que decís. Estás hablando de esos mails de quienes VOS MISMO dijiste que eran tan fascistas e idiotas que no valía la pena mencionarlos. ¿Y ahora sacás a colación el hecho de que no les respondí a ellos para llamarme cómplice? Lamentablemente vos y, en parte, tu otro amigo Santiago (pero no Juan Francisco, debo decir) forman parte de un lugar de enunciación horrendo y macabro que, a lo largo de la historia ha producido mucho sufrimiento, muchas muertes y torturas. Se sitúan como Ciudadanos Comprometidos para difamar, injuriar y desprestigiar cuando no hay argumentos. Qué onda. ¿Tan desesperado estás? ¿Tenés que encarar una respuesta diciendo "oh, Ferko es poco astuto", "Ferko es cómplice del odio de clase hacia los pobres", "Ferko es deshonesto"? Qué sigue después, ¿"Ferko viola niños"? ¿"Ferko le pega a su mamá"? ¿"Ferko se ríe de la gente con cáncer"? Te comento que ya mismo estoy copiando tanto tu comentario como mi respuesta, no vaya a ser cosa que se borre accidentalmente de tu blog, porque quizás te des cuenta de que estas operaciones que realizaste son tétricas y alguien que escriba tales cosas en nombre del Compromiso y las grandes causas tiene que ser expuesto.

Vergüenza ajena, Pablo.

mariano dijo...

Mis respetos a quienes dirigen este espacio.
Me permito un par de comentarios, sin ánimo de ofender a quienes realizan la publicación, sin traer citas académicas y neologismos; con dos o tres argumentos que ustedes, quizás, analizarán.

Vale la pena responder ante exabruptos que, de dejarse pasar, pueden peligrosamente naturalizarse. Pero, ¿otorgarles tanta entidad? ¿Es necesario? ¿Hace falta promocionar los delirios adulterados, ya sea por el impulso de psicofármacos, de una cuota de cinismo desmedida, o de un cúmulo tóxico de lecturas snob que cualquier provocador arroje con petulancia? ¿Hace falta para hacer un inteligente y necesario ensayo o reflexión, y éste lo es, detenerse tanto en lo puntual, y no en todo caso en lo que ese elemento puntual viene a catalizar (creo que esto último está presente en la nota; omitiría lo otro, la particularización)?

Además; la posmodernidad no sólo es todo lo que prolijamente se detalla aquí; también es, en gran medida, y como método de análisis, el eclecticismo, la falta de jerarquización (el ejemplo vivo: el argumento esotérico de quien iguala a una millonaria anoréxica con un excluido; ambos sufren, se dirá, como también se dirá siguiendo el mismo recorrido argumental que el David y una mesada son lo mismo, pues ambos son de mármol). Y en esto quisiera alertar: al mencionar al pasar, y sin emitir críticas, la concepción posoderna de sistemas como "relatos", y al hacer cierto manejo terminológico en esta nota, ¿no se le está tributando innecesariamente terreno al posmodernismo?
Mis saludos, e insisto, mis respetos ante los que elaboran esta publicación.

Mariano Garrido
juandelsuburbano@yahoo.com.ar

Juan Ignacio dijo...

No puedo evitar leer esta “polémica” y notar que, más allá de la lucidez y el rigor teórico de Pablo, él queda entrampado en el mismo fenómeno que denuncia: lo que antes se discutía en cafés, en la esquina, en el club o en cualquiera de las instituciones donde funcionaba la interacción cara a cara, hoy es carne de blog. ¿No es acaso esto mismo la Era Light? Pretender la apertura de conciencias por este medio resulta tan ingenuo como inútil.
En este sentido, creo que lo que hace falta es la autocrítica, y la autocrítica debe ser nuestro principal sustrato para la acción. Podemos seguir demostrando cuán brillantes somos tras el mouse y el teclado, y continuando la misma masturbación político-intelectual que no hace más repetir las estructuras de explotación, represión y miseria. En el medio los Ferkos se reproducen como conejos y nadie entiende de lo que hablamos porque citamos con compulsión académica escondiendo detrás de palabras autorizadas nuestra inseguridad.
Crecimos con la televisión, en la adolescencia nos llegó Internet, los celulares con cámara y mensajes de texto, Gran Hermano, el baile del caño y una lista de etcéteras interminable. Con esto quiero decir que somos la generación más pelotudizada que ha dado nuestra historia. Y eso es un handicap, porque nadie espera nada de nosotros, somos el león dormido, podemos despertar o seguir en el sueño eterno, somos una generación huérfana y lo seguiremos siendo hasta tanto no demostremos lo que hemos heredado de nuestros 30 mil padres.

Libertad No Duermes dijo...

Creo que esta revista intenta ser más que una charla de café, Juani.

Si lo logramos o no, está por verse.
Pero quienes confiamos en el poder de la palabra escrita (entre los que, lo sabemos de sobra, te contamos) buscamos hacerla sonar de todos los modos posibles.
Aquí, donde la globalización juega de local, también queremos dar la pelea.

Abazos.
jfg

Pablo Pizzorno dijo...

Quisiera hacer algunas aclaraciones en relación a un par de puntos que se plantean en los últimos comentarios.
En primer lugar, esta nota fue concebida como un texto pre-político, en el sentido en que no se desarrollan los posibles senderos y bifurcaciones de lo que aquí se arriesga en llamar “una filosofía pensada desde y para las mayorías”. Esas definiciones ausentes no fueron ocultadas; están en formación. Y su irrupción no se deberá a la súbita iluminación de alguna mente brillante, sino a la incorporación de una generación (o parte de ella) a la incesante búsqueda de aquellas “causas” que guíen su acción.
Hablar de la Revolución en la Era Light es una provocación a los tabúes del pensamiento contemporáneo. Esa “Revolución” que se menciona no es una definición política; es una insignia (bi)centenaria que simboliza el anhelo de la transformación total en una época en la que han sido vedadas hasta las reformas parciales, tibias, negociadas. De este modo, introducir a la “Revolución” –insisto, desprovista de su necesaria revisión como categoría políticamente pertinente- es, si se quiere, una advertencia moral: la utopía, como horizonte de sentido posible, no se negocia.
Frente a lo que pregunta Mariano –si hacía falta detenerse tanto en lo puntual- no tengo una respuesta rotunda. Las partes 4 y 5 de esta nota no son más que un ejercicio práctico: en base a un ejemplo concreto (el affaire gillette), desentrañar la postura adversaria (es decir, interpretar varias de sus concepciones no explicitadas) y la mía propia; llevar las ideas a la cotidianeidad, llenarlas de materialidad, convertirlas en modos de obrar en consecuencia. Creo que el resultado (aunque, tal vez, sí, demasiado extenso) no fue más que eso: dos posiciones -con sus posteriores respuestas cruzadas- claramente enfrentadas en debate.
En segundo lugar, me gustaría referirme a algo que menciono al pasar en la nota y que ahora lo encuentro útil para aclarar cuestiones referidas a, pongámoslo así, el paso del tiempo. Ya dije que esta nota expresa una postura no acabada; en formación. No sólo esta nota, esta revista (joven) y quienes escriben en ella (jóvenes) se dan a conocer en formación, lidiando en ocasiones con temas de una densidad extraordinaria desde un lugar exploratorio, precoz, irreverentemente juvenil. Ese es el espíritu generacional de LND. En este caso puntual, estamos hablando de una necesaria superación filosófica al agotamiento posmoderno, aceptando que no hay brújulas suficientes para la acción colectiva. Desde ese lugar (que, sí, como señala Mariano, rinde en algún punto tributo a las condiciones materiales que posibilitaron el posmodernismo, e incluso a algunas de sus críticas a la rigidez inexorable y lineal del proyecto moderno) se plantea la necesidad de reconstruir supuestos ontológicos que -recordando aquella última de las tesis sobre Feuerbach que escribió Marx y que ya cité en algún comentario anterior- sacuda de la modorra a la filosofía contemplativa que se limita a interpretar al mundo, cuando de lo que se trata es de transformarlo. Esta postura, insisto, ese anhelo tan humano como es la lucha por las “causas”, debe hacerse de acuerdo a nuestro tiempo, de acuerdo a nuestras fórmulas, a nuestras necesidades y a nuestras pasiones. Nuestras causas, no de otros. Cuestionar el soporte material sobre el que montamos este debate, como señala Juan Ignacio, y creer que por culpa de la TV, internet o el celular somos “la generación más pelotudizada de la historia” es una crítica bastante liviana y carente de fundamentos. Sobre todo, porque todos esos accesorios (que no son más que medios que se pueden utilizar para distintos fines, tal como la imprenta del viejo Gutenberg) van a seguir estando allí, los usemos o no. Pretender negarlos, y dotarlos de “personalidad” (así, el SMS vendría a ser una entidad diabólica que nos modela al servicio del capital) me resulta mucho más paralizante que tener nuestras propias “polémicas” por los medios digitales. Tal vez, Juan Ignacio, si las leyeras en alguna prestigiosa revista cultural no te parecerían polémicas con comillas. En todo caso, el error sería, como decís, quedarse detrás del mouse y el teclado. Pero me temo que esa no es una crítica que corra para los miembros de esta revista.
“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, dije, citando a Sabina, en la nota. Como generación, más que embobarnos con los blogs, corremos el riesgo de inmovilizarnos ante la invocación de nuestros precedentes de la década del 70. Aunque esa, sin duda, fue una época de revoluciones y de enormes entregas, mientras no elaboremos nuestros propios mitos, no podremos asumir nuestras propias causas genuinas. Confieso que, este punto, se me ocurrió ensayar una salida dialéctica de acuerdo a lo que puse en la nota. A la “Revolución” derrotada de los 70, le siguió su negación antitética, la Contrarrevolución, la Era Light. De ambas experiencias, debíamos elaborar nuestra propia síntesis. Esa era una interpretación posible, pero prefiero graficarlo, para cerrar, con algo que sería más propio de Freud que de Hegel. Si no elaboramos el duelo necesario, si sólo nos atreveremos a ser los hijos indignos de nuestros “30 mil padres”, de esos mártires idealizados e inalcanzables, entonces seremos siempre niños. Y los nenes no hacen cosas de grandes.

Saludos y gracias por los comentarios.

Juan Ignacio dijo...

Querido Pablo, no iba a contestar por no seguir dando razón a aquello que critico, pero en fin, a veces las jornadas laborales se hacen largas y tediosas. Me parece que no leíste bien mi "post" -qué moderno que suena-, porque vos hablás, retomando la imagen que propuse de nuestros 30 mil padres, de que ver su lucha puede paralizarnos en nuestro curso de acción, cuando lo que puse de relieve precisamente, era lo contrario, era que la autocrítica debe ser sustrato para la acción, y la autocrítica implica poner en tela de juicio aquello que los luchadores del 70 hicieron. No hay una añoranza por lo que no sucedió, hay una necesidad de completar el trabajo que ellos empezaron, y esa necesidad es urgente y no se negocia. Hablar de las utopías y citar a Galeano, mal que te pese o nos pese si querés, es lo mismo que escribir en un blog, es cosa de nenes, hacer cosas de grandes es otra cosa, Pablo, e implica mucho compromiso y jugarse la carne. En este sentido, mientras ustedes citan a Marx, a Halliday y tantos ilustres pensadores yo voy a hacer lo propio con Enrique Symns:

corazon de mail
(extracto)

"...no solo la mayoría de los eventos que suceden a través de internet
suceden solo en internet, sino que además han generado una clientela
avezada en visitar la nada, y llevarse nada.

es tan facil abstractamente enojarse o simpatizar por internet, que el
vacio existencial que nos envuelve simula expresarse.

especialmente porque lo que niega absolutamente internet es el movimiento
del cuerpo, lo que invalida es el paroxismo de los liquidos ambulantes
que constituyen nuestra presencia y que nos convierten en bolidos
de una insensatez personalizada.

internet es la militarizacion definitiva de las pulsiones,
la exaltacion del mayor de los abandonos:
no aceptar que somos una sustanciosa bolsa de desesperaciones
que trata de guionizarse a traves de un encuentro carnal.

la des-animalizacion que propone el mundo virtual
equivale al mayor de los despojos que la historia de la civilizacion
ha conseguido en toda su trayectoria.

...en esta sopa de despropositos virtuales hemos de consumar
nuestra existencia. no hay praderas de luz que sean mas fastuosas
no hay poema mas inconmensurable que un titular de clarin
no esperamos ya un milagro sino el recital o el film que simule representarnos
mientras alguien nos diga hola en el sitio de las manuntenciones
no habra caricias que valgan el esfuerzo
de salir a cabalgar por lo ignoto.

podemos estar satisfechos, hemos logrado que nadie nos aceche
en el lugar mas sorpresivo de nuestros planes.
hacia alli vamos, apertrechados de miedo anestesiado,
en un viaje que indefectiblemente llegara a ninguna parte..."

Ya alguna vez tuvimos esta discusión, Pablo, a mí no me corran con el discurso de que la ciencia es un martillo que puede usarse para construir una casa o para romperle la cabeza a alguien. Los métodos de control y de dominación son cada vez más sutiles, y tenemos a generaciones enteras cooptadas por aparatos y mundos virtuales que regalan fantasías por docena. Sí puedo conceder que mientras sea medio y no fin puede utilizarse a nuestro servicio, la pregunta es qué tanto lo estamos usando como medio y cuándo pasa a convertirse en un fin en sí mismo. Es muy fácil ser progre hoy, leer Página 12 (un pasquín de quinta como alguna vez te dije) citar al inefable José Pablo (qué luchador, mi dios) escribir en un blog con perfil combativo, etc. Me resulta más simpático hablar desde el sentido común, y ser conscientes de que la realidad nos llama por el simple hecho de que vivimos inmersos en un sistema que contempla que alguien muera de desnutrición cuando otro toma whisky importado en un pisito en libertador. No hace falta leer a Marx para darse cuenta que hay algo que no funciona. Me gustaría pensar que si juan gillete lee esto lo puede entender, entendería tus post, Pablo? A quién le estamos hablando? A quiénes nos dirigimos? Sabrás que para hacer una revista hay que dirigirse a un público definido de antemano, alguna vez pensaste a quién te estás dirigiendo? Yo lo pensé muchas veces, no doy dos pasos seguidos sin interpelarme, y eso no me detiene. Lo que dije de la autocrítica es esto Pablo, me resulta más provechoso criticar tu postura que sé que es cercana a la mía, que criticar la de los posmodernos de la era light. Esos quedarán en el camino, o habrá que hacer que se queden en el camino, cuando dejemos de lado el teclado, el mouse, los sms y ya sin estar “apertrechados de miedo anestesiado”, hagamos el viaje que indefectiblemente llegará a un mundo más justo...