30/05/2007

Francia, dividida, mira allende los mares

Por Martín Schapiro


La victoria de Sarkozy pone de manifiesto, por primera vez en la historia de ese país, la posibilidad de liquidar el estado Benefactor y virar hacia un capitalismo de tipo norteamericano. Al mismo tiempo esta victoria podría aún mas profundizar la brecha social que evidenció Francia en los últimos años.

La primera vuelta de las elecciones francesas arrojó a los que siguen la política francesa algunas novedades un tanto inesperadas mezcladas con datos que ya conocíamos sobre la realidad, francesa en particular, y europea en general.
Por un lado, la aparición de un candidato de ideas supuestamente intermedias que sumara un caudal importante de votos resultó una novedad apta para entusiasmar a los medios de comunicación “moderados” que tradicionalmente fueron soporte ideológico de la derecha “gaullista” francesa y que hoy se niegan a respaldar a Nicolas Sarkozy y su renovación de la UMP. Por otra parte, las candidaturas “ultras” (ultraizquierda, donde la excepción fue el interesantísimo candidato trotskysta Olivier Besancenot y sobre todo la ultraderecha de Le Pen) retrocedieron en su caudal de votos por primera vez en muchos años, así como las de los partidos que tradicionalmente aportaron a la formación de gobiernos socialistas necesitados de mayorías parlamentarias (PC, verdes), dando porcentajes inéditamente altos a las candidaturas de los dos partidos históricos de izquierda y derecha en Francia.

Sin embargo, esta nueva relación de fuerzas entre los partidos de la escena francesa puede explicarse fácilmente por la irrupción en escena de Nicolás Sarkozy, personaje atípico para los cánones tradicionales y tradicionalistas de la política francesa, que no ha dudado en apropiarse de muchas de las propuestas de Le Pen para alzarse así con mucho del electorado que apoya las ideas antiinmigratorias, así como de hablar a los franceses la crisis en la que, según el mismo, se encuentra el país, culpando a la “burocracia política” pese a formar parte desde siempre del partido que gobierna hace 12 años, y que ha mezclado con ello un manejo de los medios y de la política como espectáculo que ha sido ajeno a la política francesa hasta ahora.

La segunda vuelta no fue sino un referéndum sobre este personaje, lo que se reflejó en el ánimo de los franceses al votar, ya que según las encuestas, mientras los votantes de Sarkozy votaron en su amplísima mayoría por apoyo al candidato, los votantes de la dubitativa e increíblemente errática, tanto en su discurso como en su posición respecto al partido del cual es parte, Segolene Royal, lo hicieron en la misma medida por rechazo al candidato de Derecha.
La victoria de Sarkozy representa una división inédita en la historia de la V República, jamás, ni siquiera bajo la ascediente de Charles De Gaulle, prócer en vida a fin de cuentas, Francia se había visto tan dividida ante una figura pública.

Sarkozy es para Francia un revolucionario, que viene a romper con el sistema francés tradicional, no es un político de una alta educación, afecto a la alta exposición mediática de su vida personal, parece curtido más en el Partido Republicano que en el partido que sacó a Francia de la OTAN. La política económica propuesta por el flamante presidente no difiere de su caracterización anterior, puesto que es partidario, quizás como ningún anterior político francés de importancia, de implantar en Francia, un Laissez Faire a la manera norteamericana, recortar impuestos a los ricos para supuestamente promover la inversión y terminar con el desempleo de casi diez puntos que padece Francia desde hace un cuarto de siglo. Sarkozy ha llamado a acabar con la jornada laboral de 35 horas, conquista única en el mundo que se había puesto en marcha con el parlamento socialista dirigido por Lionel Jospin, pidiendo que “se trabaje más para ganar más”, y así aumentar el consumo y el crecimiento. Sarkozy se ha declarado también partidario de reducir el empleo estatal para paliar el déficit fiscal, y eliminar los impuestos a la herencia.

Por otra parte, frente al quiebre social evidenciado en los levantamientos de los banlieus el año pasado, Sarkozy representa la salida represiva, que ignora la profunda dimensión social de la marginación de jóvenes que, franceses de nacimiento, han sido ignorados sistemáticamente por el país de la libertad, igualdad y fraternidad. Si como ministro el interior prometió “pasar la aspiradora y barrer con la basura” ante una situación de estallido social, es de esperar que como presidente, librado ya de la oposición del primer ministro, esta política no decrezca, sino, muy por el contrario, se acentúe. En un mismo sentido va su política migratoria, cercana, como ya he señalado, a la del ultraderechista Le Pen, aunque despojada del racismo de aquel, su propuesta es restringir al máximo la inmigración y sólo promover aquella que “sea útil a Francia”.

Partidario de una agenda centrada en la seguridad, con importante énfasis en la lucha antiterrorista, es altamente probable que Sarkozy reemplace el rol de Blair y Aznar, como Jefe de Estado más próximo a los Estados Unidos en Europa, rompiendo así con una de las grandes políticas de estado de Francia.


La victoria de Sarkozy es la consecuencia del fracaso de un Estado Benefactor que ha sido impotente ante la incontenible ola globalizadora. Su problemática es la de toda Europa, una región desarrollada y fuertemente industrializada, donde la economía basó su crecimiento en el aumento constante del nivel de vida de la población, y en una altísima productividad que permitió una enorme capacidad exportadora, que entró en crisis ante el desarrollo industrial de las economías exportadoras de Asia, menos productivas, pero donde la regla es el trabajo casi esclavo, pudiendo competir así con Europa en el rubro exportador y, a esta altura, en el mercado interno de los propios países europeos.

Consecuencia del desarrollo de este capitalismo excluyente fueron también las masivas corrientes migratorias que constituyen hoy un mayúsculo problema para toda Europa y que explican el hondo calado de los discursos contra la inmigración de las derechas.
Sarkozy parece ser, por primera vez en Francia, la respuesta neoliberal conservadora a la crisis del Estado de Bienestar posterior a la Segunda guerra Mundial, ya probada por Reagan y Thatcher, que dejó como consecuencia profundas desigualdades estructurales, grupos de marginados y excluidos del sistema, frente a los cuales la respuesta del Estado no es la acción niveladora sino la represión sistemática y cada vez más indiscriminada ante los desbordes que el propio modelo genera.

Ante este sombrío panorama, las perspectivas son sin embargo abiertas. Los franceses han mostrado una fortísima resistencia a todos los intentos de flexibilizar sus condiciones laborales, rechazando la Constitución Europea y el contrato de Primer Empleo, así como las medidas que buscaron relativizar la jornada de 35 horas. Si bien han votado a un candidato cuyas medidas parecerían ir en dirección de todo aquello que ya ha sido rechazado, no parece seguro que la sociedad se vea dispuesta a tolerar tan siquiera un tímido fracaso de las mismas.