05/01/2007

Zonceras polares

Por Fernando Pablo Petus

Las zonceras polares son aquellas que, como indica su nombre, se caracterizan por la oposición de conceptos que en sí mismos son cada uno de ellos zonceras, de lo que podemos inferir que se trata de zonceras complejas. Su unidad viene dada por el hecho que son los términos antagónicos del debate de un determinado tema que surge en la opinión pública. En muchos casos, son sostenidos por el mismo opinante aunque en ocasiones diversas. Con frecuencia también este personaje suele tener la misma extracción social de medio – pelo. Si bien es cierto que la lógica enseña que por el principio del “tercero excluido” dos conceptos antagónicos no pueden ser ambos falsos o verdaderos, la intelligenzia se las arregla para producir falsedades opuestas y complementarias... a la vez.

En realidad de lo que se trata, como en toda zoncera, es de repetir sin pensar, de llenar el bache discursivo más bien que fundamentar; menos aún de promover el pensamiento crítico o exhibir su fruto. Las zonceras tradicionales tenían la “virtud” de dejar al zonzo tranquilo con una frase – cliché debidamente bañada de autoridad por los ilustres labios que la habían proferido, como los de Mitre, Sarmiento o Alberdi. Estas zonceras polares no son muy distintas de las anteriores en cuanto intentan mantener a la conciencia lejos de hacerle honor a su nombre pero lo consiguen a través de evitar el planteo de un problema y remitirlo a una discusión estéril sobre conceptos abstractos donde uno representa el “bien” y el otro el “mal”, en un maniqueísmo que impide discutir las cuestiones concretas, problematizar la realidad. Terminamos así discutiendo de ideologías en el sentido que le daría al término Napoleón: ideas sin referencia en la realidad.

Comencemos por las zonceras de carácter institucional. En primer lugar, será interesante tratar la que opone la “mano dura” al “garantismo”. Es interesante notar que ambas denominaciones provienen del mismo sector: los partidarios de la mano dura, de lo que podemos inferir que el segundo es entonces un término peyorativo. Porque para esta gente, respetar la Constitución vaya y pase, pero el fanatismo no conduce a nada. También es interesante notar que quienes sostienen el recorte del alcance de las garantías constitucionales son aquellos mismos que se la pasan diciendo que nuestra Constitución está inspirada en el liberalismo y que cualquier otra interpretación es repugnante a su espíritu.

Bien, analicemos la zoncera. Vayamos al término “garantista”: sobre este concepto ya nos advertía Jauretche en su Manual que las garantías no son para todos sino para aquellos que no las necesitan, tales como las grandes multinacionales y sus personeros: como los jueces saben muy bien para quiénes son, efectivamente se cuidan de no tocarlos. De allí entonces el carácter de zoncera de este término. En cuanto a la mano dura podemos decir lo mismo pero desde el punto de vista opuesto: los que se afanaron hasta las garantías constitucionales pretenden mano dura (pagada por el Estado con los impuestos de quienes fueron des – garantizados, obviamente) para mantener su botín. Cuándo querrá el Dios del Cielo que la tortilla se vuelva, diría la canción Yo le preguntaría a Macri, López Murphy, etc. qué les parecería aplicar mano dura a aquellas empresas que incumplieron contratos de adjudicación de servicios públicos y quitarles la concesión sin más ni más, a los que nos vendieron y nos venden agua no potable y procesarlos por estafa y envenenamiento, a los que tienen más áreas petroleras de lo que la ley permite y que claramente – según se puede inferir de sus propios documentos – están contrabandeando el 20% de su producción, etc. Ya que estamos, podemos meter preso a alguno por administración fraudulenta del correo. Si quiere ver un garantista enardecido, proponga esto a Macri. Pérez Esquivel sería el Generalísimo Francisco Franco al lado de esta gente. Demás está decir que jamás aplicarían mano dura a un Videla o un Martínez de Hoz. Uno puede recordar aquella mesa a la cual estaban sentados el Dr.(¿?) Eduardo Feinman y otras figuras de Canal 9 junto al acusado de abuso de menores, Sr. Grassi, cuando los primeros le avisan a éste que se está acercando una partida policial para detenerlo con el objeto de hacer posible su fuga. Todos sabemos lo que piensa Feinman, Haddad y demás impresentables del Canal. Sin embargo, allí eran no ya garntistas ni abolicionistas sino unos subversivos plenos. Hoy en día, ese mismo canal está manejado por el Sr. Moneta, quien tuvo el “honor” de llevar a la cesación de pagos a la Provincia de Mendoza por los manejos turbios que hiciera de sus finanzas y que fuera puesto en evidencia como lavador de dinero por el Senado de EE.UU. ¿Qué tipo de acero tendría que usarse para la mano que trate a esta gente? ¿Por qué permitirles que manejen algo tan importante como la comunicación social de masas? Y por qué no meterlos presos, directamente. No me diga que para eso hay que hacer un juicio, con lo lentos que están los tribunales...

Todo Estado es una estructura de dominación y regula la violencia en función de una determinada correlación de fuerzas socio – políticas, un statu quo sobre el que se basa. Es eso, exactamente, lo que debemos discutir y no abstracciones adolescentes.

Otra zoncera de este tipo es la que opone la llamada lista sábana al voto uninominal para la elección de integrantes de los cuerpos colegiados, tales como el Congreso Nacional o las legislaturas provinciales y locales. Ambas posturas tienen sus defensores: por una parte, quienes sostienen la lista sábana fundamentan en la preeminencia del partido sobre la persona del candidato y que lo importante es el programa (del partido) y no la figura del candidato. Esta postura es fruto de la era de los partidos de masas, fuertemente estructurados y con una ideología que era su razón de ser. Este ya no es el caso. Por ejemplo, podríamos seguir las sucesivas listas de la Sra. Patricia Bullrich en su vuelo de palo a palo de izquierda a derecha o a Chacho Alvarez que entró como diputado en el 89 compartiendo boleta con Menem, formó el grupo de los 8 y luego el Frente Grande. De allí intentó desalojar, hacia 1994, a Floreal Gorini, porque los comunistas están bien vistos para que te banquen la campaña o te presten la personería nacional para hablar de “frente”, pero de ahí a dejarlos asumir como diputados hay un trecho... Veamos hoy a la ensalada anti – K: Alfonsín con Lavagna y Juanjo Alvarez; Duhalde con los gobernadores radicales, más invitados y heridos varios recogidos por el camino ¿dónde estaría la coherencia ideológica? Lo que no se han dicho entre sí los “conmilitones” de hoy... Y lo mismo del otro lado, que no paso a describir por una cuestión de buen gusto y respeto a Ud., estimado/a lector/a.

Por la otra parte, se aduce que el voto uninominal permite una mejor relación entre el votante y el candidato, que es una vía para oxigenar la política y que surjan nuevas figuras; es un remedio contra el hecho de que la lista sábana está integrada por una cantidad de personas más o menos desconocidas para el gran público que de esa manera no puede saber a quién vota. Pero planteando con un poco más de profundidad el tema, uno se da cuenta que esos desconocidos del fondo de la lista en general son punteros de barrio o personajes que sin ser figuras importantes empiezan a hacer su “cursus honorum”, su carrera ascendente en la lista hasta llegar a algún puesto expectable. Sumemos a esto que la mayoría de los figurones más conocidos no están distribuidos de manera homogénea por los barrios o distritos territoriales de, por ejemplo, la Ciudad de Buenos Aires, sino que abundan por Palermo, Recoleta o Caballito pero ralean por Parque Patricios o Lugano. ¿Quién cree que tomará el lugar de estos señores? Es posible pensar en varias alternativas, ninguna de las cuales se caracteriza por un compromiso importante, no digamos indestructible, con el ciudadano – elector. La primera es que aparezca el mismo puntero de barrio que se intentaba desalojar con el sistema, incluso fogoneado por el partido a nivel distrital. Pero es probable que surja otra “manganeta”: supongamos que a un determinado candidato domiciliado en Caballito no le dan bien las encuestas en el segmento socio – económico predominante en ese barrio y le dan mejor entre la gente de Barracas o Patricios. Naturalmente, un cambio de domicilio oportuno lo colocará en posibilidad de recoger esa cosecha de votos que de otro modo se perdería y terminaría creando un personaje que le compita en el mismo distrito de la Capital por el premio mayor que ofrece el territorio que es la Jefatura de Gobierno. Aquí también podría intervenir el partido de distrito a los fines de que no se dispersen votos que terminen favoreciendo a una alternativa “no deseada”. Porque convengamos que todos irán a parar al mismo Parlamento donde tejerán alianzas y encenderán enconos, generalmente ambos de corto plazo pero, por eso mismo, inmediatos a la elección. Tampoco hay que descartar las posibilidades del “gerrymandering”, o acomodamiento de las circunscripciones a gusto del candidato,

En definitiva, ninguno de estos sistemas nos garantiza nada. Porque la verdadera garantía no puede provenir de una cuestión formal sino de elementos más sustanciales. Este tipo de propuestas son muy bien vistas por el Banco Mundial y ponen siempre el acento en las instituciones y nunca en los conflictos que se desarrollan en una sociedad, tales como comerciantes minoristas contra hipermercados, inquilinos y propietarios o los problemas que surgen del transporte de personas y mercaderías, la construcción de edificios al lado de casas que quedan encerradas, etc. Si bien estos problemas pueden tener actores distintos o al mismo actor que se beneficia en un aspecto pero se perjudica en otro con el statu quo, siempre es posible integrar organizaciones populares que lleven adelante un programa que reflejen acuerdos y compromisos de base. Y es allí donde está la carencia: en la falta de organizaciones populares poderosas, bien arraigadas y con un fin claro por el cual tengan que rendir cuentas sus dirigentes a las bases. Es de allí de donde deberían surgir y ser apoyados los candidatos que vayan a discutirle al privilegio el poder. Falta movilización social y conciencia. Falta, en definitiva, política –esa palabra hoy confundida con cualquier chusmerío de oficina por el lenguaje dominante– para lograr este objetivo. Careciendo de estas organizaciones, es inútil pretender que por cambiarle el collar el perro vaya a ser más fiel.

Otra zoncera institucional que pulula en estos tiempos es la que opone la “democracia” al “populismo”. Esta zoncera es particularmente ubicua dada la ambigüedad de ambos términos, pero trataremos de encuadrarla para ver cómo se la utiliza para el gataflorismo ideológico que conduce a la parálisis política para mejor provecho del statu quo.

Por un lado, tenemos que “democracia” no significa lo que parece querer decir si uno considera el vocablo desde el punto de vista etimológico, esto es, el gobierno del pueblo; no, no. De lo que se trata es del gobierno de las instituciones. Algo que podría sintetizarse mejor como “burocracia” (el gobierno de los escritorios) que como algo que suena tan efervescente como gobierno del pueblo. Pero aquí empieza la parte exhibicionista de la histeria, porque los mismos que desde el libro, el periódico o el micrófono tallan día a día el mortal corset de cedro al esquema político resaltan a renglón seguido que efectivamente el muerto no sólo no se mueve sino que trae mal olor. Traducido: “ ...(las instituciones) están lejos de las preocupaciones de la gente” ; “ la justicia no da respuestas a las necesidades de la gente”, etc. Y desde luego, la (corporación) política es la que aporta el olor a podrido: corrupción y política (a secas) si no son sinónimos, de parónimos no bajan en el lenguaje de los medios de comunicación. Esto, desde luego, no va en defensa de ningún figurón o del conjunto de ellos. Pero si el árbol se conoce por sus frutos veamos cómo cierra el círculo. Porque cuando aparezca una actitud contraria, es decir, cuando el muerto no esté muerto sino que se levante y ande... ah no, eso ya no es democrático... ¡¡¡Populismo!!!. Claro, hay que entender este calificativo: si le dijeran “comunismo” no sólo estarían asumiendo aquello que “los muertos que vos matáis gozan de buena salud” sino que hasta lo estarían legitimando y en definitiva alguno que se sintió derrotado definitivamente allá por el ’89 quizás se anime a ponerse de pie. En lugar de eso, el término lo llama a batirse contra la política “anti – científica”, para apelar a aquella figura ya mentada por don Arturo. Por razones obvias, no le pueden decir “peronismo”, aunque tantas veces ambos términos han sido asociados por los “demócratas” de variado pelaje. Hoy, que las alianzas y representaciones han cambiado tanto, estos doctores prefieren callar y mantener los pelos bien debajo de la camisa... aunque a veces se les escapen. Y si no, pregunte en la Cancillería chilena.

Como en tantas otras cosas, los doctores y licenciados varios terminan por su propia acción reconociendo que lo que les molesta no es el problema sino la solución: no hay nada que odien más que cuando a las autoridades se les da por ejercer sus funciones, cuando el problema se enfrenta y existe una respuesta positiva a la demanda popular. Porque cuando la cosa pasa un poco más allá de poner un semáforo en la esquina, puede tocar intereses propios tan espurios como los del político corrupto, por no decir que son su complemento natural ya que no hay corrupto sin corruptor. Pero además porque esas actitudes legitiman la (actividad) política, lo que es muy peligroso: incluso un día la “gente” podría volver a ser pueblo, nación, clase. Y dejaría de comprar debates zonzos para retomar la lucha por reconciliar a la palabra democracia con su etimología.

Del ámbito socio – económico, podemos rescatar aquella zoncera polar que opone el hecho de que “no se puede distribuir lo que no hay” al viejo latiguillo de que “hay que igualar para arriba”. Esta zoncera reúne todos los caracteres que habíamos visto más arriba: no sólo es cada término complementario de su pretendido opuesto sino que es sostenida sucesivamente por el mismo personaje –de carne y hueso, la misma persona– perteneciente al medio – pelo.

Veamos el primer término de la ecuación: ¿quién pretende distribuir lo que no hay? En primer lugar, haber hay siempre. Que yo sepa el PBI, con sus subidas y bajadas, nunca dio “cero”. Pero no sólo eso: cuando peor dio, o sea, cuando más se contrajo, más se distribuyó... hacia arriba, claro. De donde esta ley de hierro de la economía no llega ni a sugerencia de hule, pero cobra todo su carácter de mentira flagrante, mostrando su verdadera intencionalidad: clausurar todo debate acerca de la “distribución”. El segundo término es acaso más interesante. No porque carezca del núcleo de estupidez propio de cualquier zoncera sino porque trae el germen de la gran zoncera socio – histórica del medio pelo. Si en la zoncera anterior dijimos que el producto de una sociedad nunca da cero, tampoco ha caído el principio de escasez, tan propio de la ciencia económica. De lo que se deduce que es imposible “igualar hacia arriba”: si no alteramos la proporción de torta que se lleva cada uno, el que recibe menos siempre va a recibir menos y no hay vuelta de hoja. No hay más que lo que hay. ¿O acaso se puede distribuir lo que no hay? Es cierto que el poquito de una torta grande es más que el poquito de otra torta pequeña, pero convengamos que eso no es “igualar”; porque las migajas siempre son migajas. Y llevan en sí el desprecio con dedicatoria que emana de este sustantivo. En realidad, para conocer las bondades de igualación de un esquema económico es más interesante ver lo que pasa en las épocas de contracción económica y no tanto en las de abundancia, pues es en ese momento que el principio de escasez se hace patente, cuando la unidad marginal pesa. Y lo que muestran las estadísticas –reconocidamente cortas– del INDEC es que después de cada sacudón la concentración económica es sucesivamente cada vez mayor, sin que sea posible en la próxima fase expansiva recuperar los niveles de equidad anteriores. Esto es difícil de ver para aquellos que cuando van a un país, al evaluar el nivel de vida lo hacen por lo que pueden obtener los ricos por su riqueza y no por lo que no se privan los pobres a pesar de su pobreza. Es esto último lo que muestra a qué tiene derecho una persona y no el consumo superfluo. Exhibe, en términos materiales, cuál es el umbral para la categoría “persona” del que esa sociedad no admite bajarse, mucho menos de manera generalizada.

De todo esto se concluye que, como no se puede igualar para arriba, cualquier debate sobre igualdad queda clausurado. Justamente, lo que hace interesante a esta parte de la zoncera es aquél germen que se expande por todo el espíritu de medio – pelo consistente en atar su suerte (y la del país) a esa parte de arriba. En definitiva, no es más que la expresión de deseo (Fantasías Animadas de Ayer y de Hoy, diría el presentador de dibujos animados) de este estrato social: igualarse a los de arriba. No se dan cuenta que para llegar arriba es más útil el ascensor que el trampolín. Aunque vayamos apretados. Y subir por subir, vayamos hasta la terraza. Desde allí, superado el cielo raso, será posible ver la invitación del infinito a seguir para arriba y no ya un opresivo límite de yeso. Porque crecer de verdad es superar el límite, no conformarse con él.