Por Pablo Pizzorno
En el año que desenterraron (otra vez) al General, los hechos de violencia de San Vicente echaron luz sobre las descompuestas bases sociales que nutren al movimiento. Kirchner, en tanto, escribe una nueva página del fenómeno inmortal de la política argentina entre rupturas y continuidades. A cinco años del 20 diciembre, ¿hay vida después del peronismo?
Cuando John William Cooke –aquel brillante intelectual orgánico y primer delegado de Perón durante su exilio peninsular- definió al peronismo como el hecho maldito del país burgués, quizás no imaginó que su axioma se revelaría como la gran encrucijada política de este rincón austral a los inicios del siglo XXI.
Cooke, que era marxista y fue pionero en esbozar el “entrismo” de la izquierda al movimiento de masas (la estrategia adoptada luego por la llamada izquierda peronista), conocía la tensión existente dentro del peronismo. Por un lado, exaltaba su potencial revolucionario como polo antagónico al bloque dominante de la época. “La antinomia peronismo – antiperonismo es la forma concreta en que se da la lucha de clases en este período de nuestro devenir”, decía en Peronismo y Revolución, en 1966, posiblemente inspirado en lecturas gramscianas.
Pero al mismo tiempo, el Bebe temía y desconfiaba de la estructura organizativa del movimiento. La burocratización creciente amenazaba con no sólo agotar al peronismo como herramienta transformadora, sino incluso deformarlo en un factor francamente reaccionario, y al que llegado el caso habría que enfrentar desde una postura revolucionaria.
Desde entonces (y sin que el Bebe se enterara, porque murió en el temprano 68, víctima de los cincuenta cigarrillos diarios que fumaba), el peronismo atravesó una serie de profundas mutaciones que le permitieron reciclarse hábilmente según los tiempos que corrían. Porque, quién podría negarlo, una virtud innegable del peronismo es que siempre estuvo a la moda. En el 73, ofrecía conducir a las juventudes a la Patria Socialista. En el 91, exhortaba sin tapujos a subordinarse a la dictadura del capital y el pensamiento único. Y cuando todo estalló en el 2001, supo renovarse en el poder de la mano del crecimiento económico y la prédica por los derechos humanos.
¿Qué diría hoy el Bebe Cooke de este peronismo camaleónico que cumplió más de 60 años como actor hegemónico de la política argentina? ¿Cómo habría reaccionado frente a esa pantomima de liturgia justicialista que fue el traslado de los restos de Perón a la quinta de San Vicente, derivada en una infame balacera entre patotas sindicales?
San Vicente y el peronismo vacío
Si aquella jornada patética del pasado 17 de octubre tiene algún valor intrínseco, es que reveló la foto de lo que es hoy el movimiento justicialista. Y así, puso al descubierto un oscuro proceso de descomposición social de larga data. Como bien dice Maristella Svampa, San Vicente mostró “las profundas mutaciones sufridas por el sindicalismo peronista, a la sombra del declive del mundo de los trabajadores urbanos y el quiebre multiplicado de las solidaridades de clase” (Mutaciones y conflicto de apropiación, Revista Ñ, 28 de octubre de 2006.
Allí, a despedir (otra vez) los restos de Perón, fue el peronismo, o en todo caso, quienes aún se atribuyen la identificación con el movimiento. Nosotros somos el peronismo, dicen, y venimos a despedir (otra vez) a nuestro líder, muerto hace 32 años. Y se matan entre sí, se atacan, se disparan, para salir más cerca de la foto del féretro.
San Vicente fue un enfrentamiento entre matones que respondían a distintas fracciones de la legendaria burocracia sindical peronista. Fue, ni más ni menos, una pelea entre barrabravas, de esas que se pueden ver cada vez más frecuentemente en los estadios de fútbol. Allí se vieron ejércitos de choque –desordenados, caóticos- en los que prevalecían cientos de lúmpenes alcoholizados, reclutados por caciques de turno por unos pocos pesos (imposible no recordar aquí el párrafo que Marx y Engels le dedican al lumpenproletariat en el Manifiesto, señalando que “en virtud de todas sus condiciones de vida está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras”).
En San Vicente no hubo ideología. Hubo, en cambio, una lucha territorial que respondió a roscas internas por el reparto del poder sindical. Posiblemente, tales incidentes hayan sido premeditados por sectores que se oponen a la conducción de Hugo Moyano en la CGT. Pero, en definitiva, eso resulta anecdótico. Lo importante de San Vicente es que se trata de una postal decadente de las fuerzas sociales que hoy expresan al peronismo.
El peronismo hoy es la patota. Lo fue en San Vicente, cuando las balas zumbaban con la marcha de fondo. También lo fue una semana antes, cuando matones rompehuelgas (algunos de ellos vinculados al jefe de Gabinete Alberto Fernández) entraron a desalojar a los golpes una asamblea de trabajadores del Hospital Francés. Lo fue igualmente el pasado 25 de mayo, cuando el presidente Kirchner se legitimó frente a una Plaza colmada por la burocracia sindical y el aparato de los intendentes del conurbano.
El peronismo hoy significa un fenomenal aparato conservador, de fuerte anclaje territorial a nivel nacional, aunque con la provincia de Buenos Aires como nave insignia. Como movimiento político y social, es un envase vacío sin ideología, que sabe disciplinarse tras el líder de turno. Pero, en su funcionamiento, constituye una fenomenal maquina reaccionaria. La lógica de poder justicialista se basa en la reproducción de la pobreza. El peronismo hoy –cruel parodia de su origen popular y transformador- es pobrista. Su despliegue se fundamenta en el disciplinamiento y en el control social de los sectores más necesitados a través de los recursos del Estado. Así, los caciques territoriales pueden tener sus propios ejércitos de choque. Así, los intendentes y gobernadores echan a andar sus reelecciones indefinidas. Así, Kirchner reunió más de 100 mil personas en Plaza de Mayo en su consagración frente a la burocracia sindical.
Por supuesto, el peronismo no fue siempre lo que es ahora. El peronismo está vacío porque fue vaciado desde adentro. Desde la restauración democrática, el Partido Justicialista fue cooptado por las clases dominantes. Los sectores de poder, que en la historia argentina nunca habían encontrado una expresión política exitosa que no fueran los zarpazos militares, se apoderaron de un movimiento político que respondía a los sectores populares. Encontraron así una forma de legitimar democráticamente la profunda transformación que emprendieron en la década del 90, tras el retorno al poder del justicialismo. Fue un gobierno peronista el que consagró la brutal concentración de ingresos a los sectores más concentrados del capital, el que destruyó el aparato productivo nacional, y el que barrió con toda una serie de derechos sociales que el propio peronismo había conquistado en sus años dorados.
Eduardo Basualdo, en un extraordinario libro llamado Sistema político y modelo de acumulación en la Argentina (FLACSO, 2001), da en la tecla cuando recupera la noción de transformismo, empleada por Gramsci, para dar cuenta de la cooptación del peronismo. Basualdo explica que el transformismo “se caracteriza por ser una situación en la que los sectores dominantes excluyen todo compromiso con las clases subalternas, pero mantienen la dominación (hoy llamada “gobernabilidad”) sobre la base de la integración de las conducciones políticas de esas clases subalternas.” (p.17). Luego agrega: “el hecho decisivo para la conformación del transformismo argentino consiste en que esa subordinación es acompañada y alimentada por el surgimiento de negocios comunes entre los sectores dominantes y el sistema político a costa de los intereses públicos… es decir, de la corrupción como factor orgánico en el sistema de poder” (p.25)
El sindicalismo peronista fue cómplice y entregador en la destrucción del mundo del trabajo en los 90. Su contenido ideológico, que pese a carecer de una gran complejidad teórica, se limitaba a una fiel defensa de las condiciones de vida de la clase obrera, fue reemplazado por un pragmatismo oportunista. Se consagró, como dice Svampa, el “sindicalismo empresarial”, a través de dirigentes gremiales que pactaron la pauperización laboral con los sectores de poder.
J. M. Pasquini Durán definió esta situación con notoria claridad: “Los empresarios preferirían que no existieran sindicatos pero si tienen que elegir optan por las burocracias que prefieren conservar sus particulares privilegios antes que los conflictos de clase. Así quedó establecida una tríada –Estado, empresas y sindicatos– que tiene sus propias contradicciones pero que se articula en los negocios comunes, uno de los cuales consiste en impedir una verdadera renovación…” (Conspiretas, Página/12, 21 de octubre de 2006)
De esta forma, el peronismo quedó vacío de contenidos. Su rol histórico como herramienta de transformación se agotó. Este ya no era el peronismo del 45, aquel asombroso movimiento popular que incorporó a la vida nacional a las mayorías trabajadoras olvidadas desde siempre. Tampoco era el peronismo de la “resistencia” que hizo frente a los embates de las armas y el mercado, durante el exilio forzado de Perón en Madrid. Mucho menos era el novedoso peronismo “de izquierda” de los 70, que las juventudes militantes imaginaron como movimiento revolucionario y que luego sufriría la larga noche del horror en carne propia.
En ese vacío que se generó dentro del peronismo se instaló “el pragmatismo ideológico, la acción corporativa y la práctica patoteril”, que Svampa señala como “marca registrada” del reciclado movimiento justicialista a partir de los 90. El peronismo se refundó, entonces, como guardián del status quo en la Argentina. En la cúpula, como un “comité de los negocios comunes” de los sectores de poder. En las bases, mediante el disciplinamiento sobre los sectores más débiles a la furia del mercado; sobre los que no tienen nada para perder, porque ya lo perdieron todo. Y ante la indiferencia del Estado, del sistema, y del resto de la sociedad, quienes no tienen nada encuentran contención (material, pero también espiritual) en las redes clientelares de este brutal aparato conservador. La lógica de construcción actual del peronismo, por esa razón, es funcional a la reproducción de la pobreza.
San Vicente no fue un hecho policial aislado, sino una muestra auténtica de la descomposición peronista. En las bases, y también en las cúpulas, en San Vicente se vieron los putrefactos restos de Perón.
¿Hay vida después del peronismo?
La crisis que estalló hace cinco años, en aquellos turbulentos días de diciembre de 2001, amenazó con barrer de un plumazo a los partidos políticos tradicionales. Con uno prácticamente lo logró: el radicalismo quedó herido de muerte hasta el día de hoy, al punto que ahora debe mendigar candidatos ajenos para hacer una elección decorosa. El peronismo, en cambio, apeló otra vez a su virtud camaleónica y supo pilotear, no sin dificultades, la tormenta post 2001. Sin embargo, la conversión no le resultó gratuita, y se vio obligado a abandonar su prédica ortodoxa noventista.
La gran virtud del estallido del 2001 es haber terminado con la visión hegemónica que impuso la agenda a rajatabla en los 90. Por eso el 20 de diciembre significó el fin del consenso neoliberal, de la era del ajuste estructural como pensamiento único. Pero aquel rechazo masivo, que representaba el hartazgo generalizado de una sociedad frente a la “corrupción como factor orgánico en el sistema de poder”, no supo articular una opción política superadora frente a la crisis. Esta incapacidad del “campo popular” de erigirse en alternativa de poder, permitió al peronismo resolver la crisis política argentina en el seno mismo de su partido.
El peronismo, una vez más, sobrevivió al Consenso de Washington, al cual había suscripto fervorosamente. Y el 20 de diciembre, que desterró el neoliberalismo feroz, no pudo hacer lo mismo con el movimiento. Sin embargo, podemos pensar que le impuso límites. Ese precio, que el justicialismo tuvo que pagar a regañadientes, tal vez haya sido Kirchner. No había margen en la sociedad para defender a ultranza el modelo que había estallado en 2001, y Kirchner supo expresar una renovación que –por prontuario- no pudieron simular otros caciques justicialistas.
El liderazgo de Kirchner aportó rupturas y continuidades al peronismo. Por un lado, su prédica a favor de los derechos humanos y su identificación discursiva con la “juventud maravillosa” de los 70, le generó tensión con los sectores más retrógrados del movimiento. Sin embargo, su estilo de conducción continúa la fiel tradición justicialista de pactar con todos a su debido tiempo. El movimiento, se sabe, es muy amplio.
Kirchner, aún así, confiesa su anhelo de romper con el justicialismo y construir un tercer movimiento histórico vinculado a la centroizquierda, aquello que en su momento soñara Alfonsín. ¿Será Kirchner entonces el que escriba la última página del peronismo? Parece difícil de creer. Primero, porque la construcción política del kirchnerismo absorbió a varios de los peores exponentes (reciclados y no tanto) del peronismo tradicional. Segundo, porque el Presidente no ha dado muestras de pretender dar la pelea a fondo contra la estructura reaccionaria y pobrista del justicialismo (a la cual, por otro lado, le debe su llegada al poder). Y tercero -y fundamental-, porque más allá de las alianzas políticas y coyunturales de este gobierno, sus alianzas sociales no demuestran una ruptura con el sistema de distribución de poder que existe en la Argentina desde hace varias décadas.
Más allá de la pirotecnia verbal contra los 90 que el Presidente puso de moda, el modelo económico actual no rompe con la lógica del neoliberalismo menemista. El crecimiento extraordinario y sostenido en los últimos años no se distribuye de forma progresiva, ni llega a los sectores de ingresos más castigados. En ese sentido, permanece intacta la fe en el derrame mágico gracias a la “mano invisible” del mercado. El mito liberal del goteo, refutado hasta el hartazgo por la experiencia histórica reciente, continúa siendo hegemónico en la economía. En tanto, la matriz distributiva de los ingresos continúa siendo igual de regresiva que en aquellos 90 que tanto ataca Kirchner. Del mismo modo, los recursos estratégicos del país continúan siendo cedidos gentilmente a los monopolios extranjeros.
Esta continuidad fundamental del neoconservadurismo peronista no sólo revela la falta de voluntad política real de generar auténticas transformaciones, sino que también muestra el compromiso adquirido de este gobierno con determinados sectores del poder económico. Este tipo de alianzas sociales definitivamente clausuran cualquier posibilidad de innovación real, en tanto no haya un atisbo de construir otro tipo de bloque político y social que se proponga una auténtica renovación.
Esta última tarea difícilmente provenga del interior del peronismo, más allá de que en su seno haya elementos que genuinamente se lo hayan propuesto como meta. El desafío para el llamado “campo popular”, entonces, es abocarse a la construcción de una postergada alternativa política. Dicha necesidad parte del diagnóstico certero de que los partidos políticos tradicionales (peronista y radical) han agotado el potencial transformador con el que nacieron. Hoy en día, ambas fuerzas forman parte de un régimen conservador (y por esa razón no dudan en formar una probada corporación statuquoísta cuando lo necesitan) que obtura la posibilidad de realizar las profundas transformaciones que este país se debe.
La realización de esta alternativa emancipadora no sólo constituye un deber político y militante del nuevo siglo, sino un acto de dignidad y humanismo frente al dolor insolente que sufren las mayorías olvidadas de estas latitudes.
05/01/2007
Los restos de Perón
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6 comentarios:
Buena su publicación.Un comentario menor, pero no exento de polémica: el Basualdo que aquí se cita está en estos momentos integrando un equipo de economistas que sustentan técnicamente el proyecto político de Filmus en la ciudad. Filmus: ex Subsecretario de Educación de Grosso, impulsor de la nueva ley de educación que reemplazará a la vieja Ley Federal por él mismo impulsada hace no tanto; Filmus, anfitrión de la U.I.A. y el Con.Sud.E.C. en esa nueva ley; Filmus, Flacso, Basualdo... No son los pilares teóricos ni políticos que transformarán este país. Aunque ensayen poses progresistas y citen a Gramsci, no defienden los intereses de clase que el filósofo de la Italia meridional compartía. Estos sectores tienden, precisamente, a recomponer mediante el consenso una representatividad cuestionada.
Compañeros,sin soberbia: el capitalismo nunca tendrá rostro humano.
Muy bueno. Es interesante el análisis de cómo funcionan aquellos vicios políticos mencionados en la estructura del movimiento peronista.
Por otro lado, después de estas reflexiones queda la pregunta de cuáles son las condiciones necesarias para la aparición de una fuerza cuya potencia transformadora sea más que pirotecnia.
Cumpa Pablo, te has revelado como un gran analista político y te felicito profundamente, porque la nota está buena de verdad.
Evidentemente hay que reconocerlo el artículo es bueno desde el punto de vista de su composición y en algunos puntos de análisis político. Con respecto a lo que es el peronismo hoy, me temo que voy a diferir con el cumpa Pablo que ubica al kirchnerismo, intencionadamente, en la vereda de enfrente del "campo popular". Para empezar si el peronismo se acabará en el sindicalismo burocráta empresarial que muy bien analiza el autor del artículo y en aquellos ortodoxos que todavía defienden la figura del PJ y denuncian su "intervención", estamos fritos. Parece ser que el compañero se olvidó que un grueso de cumpas de la CTA hoy son kirchneristas (los transversales y la FTV). Y adivinen que, son trabajadores. Parece olvidar que como producto de la decada infame de los 90 un nuevo actor se sumó a los movimientos sociales: los trabajadores desocupados o "piqueteros" (depende el diario que leas). Esos mismos MTD que se formaron en la traición del cipayo riojano y que recuperaron la dignidad y el trabajo, del que se habia olvidado la CGT empresarial, son hoy parte de la base social que posee el kirchnerismo. Barrios de Pie, el MTD Evita, la FTV fueron algunos de los más reconocidos grupos desocupados que dieron un apoyo a las políticas del presidente y que llenaron esa plaza del 25 de mayo. Y no solo fueron los intendentes y patotas sindicales. Parece ser que nuestro autor se olvida, pecado de marxista mediante, que los desocupados también son trabajadores y también poseen grados de organización y movilización. No solo eso, también tienen lugar en la gestión estatal impulsando programas sociales que fomentan la economía social, el cooperativismo, la solidaridad, la la salud reproductiva y los derechos humanos. Si estos sectores no forman parte del "campo popular" entonces qué es.
Por otra parte nuestro autor también olvidó que en el 2005 la alianza de sectores políticos y sociales que componen el kirchnerismo sufrio un desangramiento: ruptura con Duhalde y reformas de gabinete. Querer entender lo que es el kirchnerismo hoy sin entender esos cambios es ser miope. La partida de Lavagna significó para esta etapa por un lado el cambio de la política económica a una muchisimo más heterodoxa (control de precios en serio, enfrentamiento con los sectores agricola ganaderos, impulso de las Pymes y aumentos de salarios, con sus topes), y por el otro dejarle a la desunida oposición sin rumbo un referente político que hoy supo ganarse muy inteligentemente el apoyo del senil Alfonsin y su decrepita UCR a un proyecto de crecimiento sin distribución.
Me parece que los analistas marxistas deberían leer más a Cooke y entender el peronismo de otra forma, un poco más argentina y latinoamericana, ni hablar del kirchnerismo por supuesto. Por cierto ya lo dijo Nestor la fuerza de centroizquierda tendrá como columna vertebral al peronismo, y por supuesto esa columna no es solamente la CGT, habrá qué hacer el propio análisis de los radicales K, de los movimientos sociales, del arismo, y de aquel otro espacio de centroizquierda comprometido con un Proyecto Nacional que tenga como pilar la Justicia Social.
La nota me ha parecido muy seria, un buen laburo. Lo mismo la publicación (digital) en general, una lástima que no esté impresa, para los que todavía profesamos cierto fetiche con el papel.
Ahora, análisis y críticas apresuradas. Coincido en gran parte con las conclusiones del artículo acerca de lo que es hoy el peronismo, aunque algunas de sus expresiones (¿formales?) me puedan resultar ajenas. Es clara la necesidad de una instancia superadora de estas tristes performances de buena parte del sindicalismo argentino, del cual Moyano, valga decirlo, no representa lo más malo (esto entre paréntesis, aunque no creo que sea sólo una cuestión terminológica: no estaría tan seguro en definir a los muchachos que se enfrentaron en San Vicente como lumpenproletariat; creo que la mayor parte de los encontronazos fueron protagonizados -más allá de la presencia de algunas barrabravas aparentemente contratadas como grupos de choque- por los integrantes de la UOCRA y Camioneros. Es decir, el movimiento obrero organizado realmente existente en la Argentina; no el único, pero sí el más importante. De suyo se deduce que lo importante aquí es señalar que el movimiento obrero organizado es San Vicente; es eso, despiadadamente eso. No creo, empero, más allá de su carácter escandaloso y de la vocinglería mediática, que sea un hecho político inverosímil; mucho antes de este fatídico 17 sabíamos cómo viene la mano). No tengo más que acordar, en efecto, con que se han minado las bases sociales que nutrieron al peronismo y le otorgaron la posibilidad de ser el movimiento histórico que más reformas sociales produjo en la historia argentina. Todo se trata, finalmente, de continuidades y rupturas.
Disiento, ahora sí, en algunos (pre)supuestos utilizados para mirar retrospectivamente. En primera instancia, no estoy convencido de que para explicar la compleja dialéctica (palabra comodín) del peronismo tengamos que recurrir a la palabra ideología, o a su ausencia. Recapitulemos. Perón fue, ante todo, un conductor, un líder, pero difícilmente podamos definirlo, de antemano, como un ideólogo. Hay una trampa sí en el planteo, puesto que es evidente que Perón produjo ideología; los textos también me desmienten: ahí están La Comunidad Organizada (amanuense de por medio acaso), el manual de conducción política y, si se quiere, La hora de los pueblos, en donde un Perón ya derrocado se aclimata a la época. Prosigo, no obstante y a fuerza de persistir en el error, con el argumento: es muy difícil escindir en el peronismo, en efecto, contenidos programáticos en base a una ideología “pura” (ay del lenguaje que no me ofrece una fórmula más feliz, ay de la realidad que nunca la expresan ni la entienden “pura”), de aquellos que se deducen de la propia y fenomenal construcción política que encarnó. Lo que necesitamos entonces es un Perón que sea de veras de su tiempo (sus tiempos) y un Perón que sea lo que en efecto fue: un militar devenido en político cuya originalidad no reside en la adhesión a cierto corpus idelógico, sino en el “invento” de una solución –parcial, precaria, fragmentaria- conciliadora para un país que atravesaba los traumáticos cambios y convulsiones sociales propios del naufragio de un modelo productivo (¿exitoso? durante cerca de 50 años) y su reemplazo –parcial, precario, fragmentario- por otro. En la búsqueda efectiva de esa solución se debe encontrar la adhesión primera que encontró un coronel de mediana edad -con un cursus militaris intachable sí, pero sin una muy marcada vocación política, del politburó de la clase obrera argentina- (el 17 de octubre es esa adhesión; aquella fecha es una de esas fechas en donde la historia nos quema los libros). Luego vendrá el peronismo, como un vendaval que todo pareció arrebatarlo, incluso la sólida ratio del movimiento histórico que un hombre de las latitudes de John William Cooke, había aprendido en tempranas lecturas de textos foráneos.
Me tengo que ir, pero debería quedarme porque todavía no llegué al nudo de lo que quería decir.
El tiempo y la lucidez me son esquivos. Espero continuar pronto, en forma oral o escrita. Ha sido un gusto leer tu artículo. Un abrazo, Gonzalo Fernández.
Gonzalo: leí con mucho interés tu comentario, que por cierto me pareció sumamente lúcido (daban ganas de seguir leyendo cuando terminó). Hay un par de cuestiones que efectivamente son materia de debate, pero que creo que en esta ocasión nos encuentran del mismo lado. Voy a referirme brevemente a ellas, pero en realidad merecen una nota aparte.
La primera aclaración puntual que quiero hacer es en relación a la duda que planteas sobre si los participantes de la gresca de San Vicente forman parte (o no) de las filas del "lumpenproletariat". Desde el punto de vista del hecho policial en sí mismo, en el enfrentamiento hubo tanto obreros sindicalizados como lúmpenes reclutados para la ocasión. Tengo al alcance de mi mano una cita de diario (Clarín, 22-10-06) que separé al momento de escribir la nota y finalmente no usé. Allí se hace mención a las maniobras premeditadas del "Pata" Medina, dirigente de la UOCRA, para embarrar la cancha el día de San Vicente. Dice una fuente: "Históricamente y en las últimas marchas, El Pata llevó 800 personas. Resulta que ahora se apareció con 1800 personas. Evidentemente reclutó al resto con el objetivo de hacer quilombo". No es dificil imaginar que buena parte del millar de nuevos "manifestantes" provinieron de estos grupos de choque que se alquilan, venden y permutan. Ahora bien, más allá del hecho anecdótico de San Vicente, no puedo más que compartir tu cruda descripción de que eso que vimos el pasado 17 de octubre también es una postal del "movimiento obrero organizado realmente existente en la Argentina; no el único, pero sí el más importante". Y esto tendría que motorizar una reflexión sobre el estado de la clase obrera como sujeto político y social en la actualidad. Resulta evidente que el viejo proletariado industrial hace tiempo dejó de ocupar ese lugar preponderante que Marx le otorgaba en la tarea de subvertir el orden imperante (lo cual demuestra que, una vez más, la Historia dejó en offside a las corrientes izquierdistas dogmáticas que aún hoy asumen posiciones "obreristas" en una región donde los overoles están en extinción). El proletariado, al final, no enterró a la burguesía. Fue al revés. Y esto nos pone en una encrucijada teórica apasionante: el capitalismo sobrevivió al trabajo. Ya no tiene la necesidad de mantener a vastos sectores dentro del mercado. ¿Y qué ocurre con los excluídos? No viven tratando de re-ingresar al mercado, como predecía la teoría liberal. Pero tampoco hacen la Revolución. Simplemente mueren. Y, bueno, sí: también aumenta la "anomia" callejera, la delincuencia. A lo sumo habrá mayor "inseguridad". Pero nada que una mudanza a un barrio privado no pueda solucionar. En definitiva, y más allá de bromas, la fragmentación del escenario social es compleja y requiere de reelaboraciones teóricas profundas.
El otro punto para discutir es acerca del conflictivo vínculo del peronismo con la ideología. Está claro que a un fenómeno tan complejo y oscilante no se lo puede asir únicamente desde sus propios principios teóricos. Sobre todo, cuando ellos mismos están en constante contradicción. Sin embargo, la "ideología" peronista más atractiva -y sobre la que sí creo que vale la pena trabajar- es la de las nociones de sentido común de la clase obrera en los orígenes del peronismo. La idea fundamental (y con la que no se puede más que coincidir) es la de que, con Perón, los trabajadores se incorporan como actores privilegiados a la vida del país. Esto hay que entenderlo en contraste con la humillación cotidiana que los obreros sufrían en la llamada "década infame" (al margen: qué injusta ha sido la historia con los ´30 en comparación a décadas siguientes, acaso mucho más infames). En el medio, el mito fundacional: el 17 de octubre del 45. El día de la ruptura del antiguo régimen. El día de la entrada abrupta de los postergados, del Otro negado y temido, que se apodera de la Historia. Allí creo que reside el potencial ideológico del movimiento. El peronismo, desde lo mítico, es un hecho literario antes que político. Las patas en la fuente forman una declaración de principios más poderosa que las 20 verdades juntas.
Es cierto que la ideología o la falta de ella no es el eje más apropiado para comprender la descomposición de las bases sociales del peronismo. Pero si convenimos que en San Vicente no hay ideas, lo único que queda es la violencia como símbolo de la pauperización social. Ni siquiera está presente la idea del carácter instrumental de la violencia que la política argentina asumió en otro tiempo. Aquí los tiros, los palos, la patota no están al servicio de una instancia superadora. Su objetivo de máxima es la rosca sindical de los Gordos. Por eso resulta patética la comparación mediática de turno con la violencia de Ezeiza del 73 (que, para ser justos con la historia, no fue un "enfrentamiento" sino una emboscada y una masacre). En los enfrentamientos al interior del peronismo durante los 70 había claramente ideas en juego. Aquellas disputas se resolvieron en la tragedia. Y acaso, exigiendo una parábola usada hasta el hartazgo, podamos entender a San Vicente como la farsa renovada de la tragedia setentista.
En fin, da para seguirla. El lugar puede ser este u otro. De cualquier forma, gracias por el comentario. También aprovecho para agradecer a los demás que escribieron elogios y críticas. Queda mucho más linda Libertá con sus opiniones. Saludos, Pablo.