05/01/2007

Nro. XII - Editorial II

Cuando, en los últimos días de diciembre, nos encontrábamos preparando este nuevo número de Libertad No Duerme, concluimos que la columna editorial no podía dejar de referirse a los hechos más importantes con los que se despedía el año. Así lo hicimos, y dejamos lista la edición para ser publicada el último día del mes. Sin embargo, el 2006 aún nos deparaba sorpresas mayores.

En la última semana del año, aquella que suele transcurrir inadvertida entre las Fiestas y el Año Nuevo, el grave secuestro de Luis Gerez provocó un estado de alarma y zozobra durante las 48 horas que duró su desaparición.

Luis Angel Gerez -albañil, 51 años, militante social- fue un testigo que declaró contra el ex comisario torturador Luis Patti, en la causa que le impidió asumir como diputado nacional. Su testimonio señalaba al represor como responsable de tormentos con picana eléctrica en 1972, en algún embrión de lo que luego serían los perversos centros clandestinos de detención durante la dictadura militar.

Gerez fue secuestrado el pasado 27 de diciembre cuando se dirigía a hacer las compras a una carnicería, en el partido bonaerense de Escobar. Su desaparición se sumaba así a la de Julio López (quien aún lleva más de cien días con paradero desconocido), y ambos hechos llevaban a sospechar una vinculación mafiosa de una escandalosa gravedad.

Del mismo modo lo entendió el Gobierno. Dos días después de la desaparición de Gerez, Kirchner habló por cadena nacional refiriéndose al secuestro. En su mensaje, el Presidente culpó a la llamada “mano de obra desocupada”, es decir, a “elementos parapoliciales o paramilitares”. Y los acusó de “extorsión” para “obtener, a través del miedo, la impunidad”.

Gerez apareció una hora después del discurso de Kirchner, liberado por sus captores, y con marcas de haber sido golpeado y torturado. A partir de entonces, y hasta el día de hoy, quedan más interrogantes que certezas respecto a su desaparición.

La poca información que hasta ahora brindó Gerez sobre su cautiverio, la falta de testigos al momento de su captura y el hecho de su aparición poco después del discurso de Kirchner alimentaron las suspicacias en torno a la veracidad del secuestro. Hubo, desde la oposición, quien dejó entrever que se trataba de una movida premeditada. En ese sentido, tampoco ayudó el silencio oficial luego de la aparición del testigo.

Pero tal afirmación es casi tan ridícula como las declaraciones de funcionarios que atribuyeron la aparición de Gerez al discurso presidencial de una hora antes. Lo cierto es que en esta ocasión fue clave la decisión política de rastrear la vía del secuestro desde un principio, algo que no ocurrió cuando desapareció Julio López.

El principal interrogante que deja este episodio es si mantiene alguna vinculación con la desaparición de López. La posibilidad de que exista una red parapolicial con el poder y la logística suficiente para secuestrar personas y frenar -mediante el miedo y la extorsión- la lucha contra la impunidad, es un hecho que debería movilizar a todas las fuerzas comprometidas con la democracia y los derechos humanos más allá de su signo partidario.

El Estado, por su parte, está obligado a hacer frente a estos grupos residuales de la dictadura, que operan con absoluta impunidad. Después de las declaraciones de Kirchner por cadena nacional, donde reconoció su existencia, no hay lugar para la indiferencia.

No le faltará razón a quien diga que se trata de la lucha más difícil de la democracia. Pero en este caso no hay términos medios. A las mafias enquistadas se las combate o se las tolera. Y no se trata sólo de la “mano de obra desocupada”, sino de la probada vinculación que tienen estos grupos con las fuerzas de seguridad oficiales, como la Policía Bonaerense. También es necesaria una intervención a fondo de la SIDE –que, manejada entre las sombras, hoy es un organismo siniestro que alberga a represores y mercenarios de la peor calaña- y transformarla en un servicio de seguridad comprometido con los derechos humanos.

El Gobierno ha dado algunas muestras satisfactorias de pretender dar la pelea contra esta red mafiosa que penetra y corroe el aparato del Estado. Pero no ir a fondo en esta cruzada echaría por la borda aquellos gestos iniciales. Se trata de una lucha necesaria para que prevalezcan los soportes básicos de la Justicia. Y todos los sectores que defiendan la vida en paz y tolerancia deberían impulsarla. Principalmente porque del otro lado se encuentra todo lo contrario: la muerte, el terror y la impunidad, que se niegan a irse definitivamente. Es un deber de todos, entonces, hacerles frente.

Con esta necesaria introducción de último momento, les damos la bienvenida al número XII de Libertad No Duerme. Luego de algunos retrasos, esperamos poder adquirir la continuidad que queremos para esta publicación. En esta edición nos complace inaugurar un nuevo formato, que nos permitirá tener un contacto más fluido con los lectores. También estrenamos un demorado rincón poético, abierto a las colaboraciones de las plumas sensibles que nos leen.

Prometemos también para muy pronto subir todas las notas de los números anteriores. El trajín de la mudanza virtual y los agitados últimos días no nos dejaron actualizar la nueva página. Por lo pronto, disfruten este número y tengan un muy feliz 2007.

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Editorial I

El 2006 empezó a finalizar cuando hace algunos días el Congreso Nacional fue sitiado para elegir rector de la Universidad de Buenos Aires. Cientos de policías formaron un cordón azul obscuro que impediría el ingreso de los militantes de la FUBA al palacio, y a sus puertas, decenas de desconocidos prohibieron la entrada a algunos consejeros directivos, opositores de la fórmula que asumiría el cargo vacante. Dentro del Salón Azul, comenzaron los forcejeos entre los partidarios de Rubén Hallú -hasta ese momento decano de la Facultad de Veterinaria- y sus detractores, mientras afuera eran reprimidos y detenidos quienes intentaban entrar al recinto.

Hasta allí el cuadro era el previsible. Algunos encontronazos verbales. Empujones. Palos y gases. Un escenario que los dirigentes de los partidos que integran la FUBA buscaron con obsesión. La única escapatoria posible para quienes se encerraron en un callejón sin salida.

Pero la ingenuidad y el infantilismo de aquéllos quedó empequeñecido frente a la pantomímica asamblea que iniciaron el decano de económicas Alberto Barbieri, y el mismo Hallú. El primero, inflando su garganta y a los gritos, en menos de 35 segundos cedió la palabra-admitió la moción-llamó a votación-contó ciento veinte votos-proclamó a Hallú rector, que saltaba enrojecido de orgullo entre los consejeros. Una vergüenza. Una asamblea que fue, ante todo ilegítima y como mínimo, una elección democráticamente imposible.


El 2006 también termina para el Presidente, que con vistas a un año electoral tiene algunas piedras enquistadas en su zapato. Jorge Julio López, el doble desaparecido será una carga, un dolor, una ausencia que seguirá creciendo y será insoportable para los argentinos, y más insoportable para el estado, que es responsable de su aparición; un problema que el gobierno tratará de soslayar si persiste al momento de acercarse las elecciones, o deberá asumir definitivamente como una derrota. El conflicto por las papeleras con el hermano, el vecino Uruguay, un problema que Kirchner dejó crecer y ahora no puede ser llevado a buen puerto.

Pero K no sólo despide el año con problemas, también lo despide con cuentas pendientes, que son más que problemas, son urgencias impostergables. La pobreza se estancó en 38% (15 millones de argentinos sin llegar a fin de mes), el empleo en negro no baja de 47,2% (4,8 millones de trabajadores, la mitad de los asalariados), la desocupación se sostiene en 15,6% (2 millones y medio de argentinos buscando un sueldo). Y el país crece a casi 9 puntos anuales. La desigualdad que parecía disminuir a paso seguro, pisó firme en 2006. La redistribución pasó de ser un derrame a un fino goteo, y el país crece, crece, crece. Queda en la Argentina la marca más profunda que hiere a un país, la pobreza, que no ha de sanarse hasta tanto la redistribución camine proporcionalmente con el crecimiento económico. Reforma tributaria. Erradicación del empleo en negro. Medios y resultados indispensables, que de otro modo convierten en ilusorios los anuncios de aumentos salariales, las asignaciones familiares, las jubilaciones.


Si mañana fueran las elecciones, en la Rosada todos coincidirían en que el candidato para la Provincia de Buenos Aires por el oficialismo sería el aún motonauta de la política Daniel Scioli, que para la Ciudad de Buenos Aires iría Daniel Filmus, de la mano del ¿progresista? Alberto Fernández. Cómico. Y para la Presidencia, Cristina Fernández. Porque Kirchner dice querer ocuparse de conformar un partido nuevo mientras su esposa gobierna. No suena alocado. Intendentes mafiosos. Gobernadores ávidos de caja electoral. La CGT dividida entre guatemala y guatepeor. Un partido que está repleto de muchos ex menemistas, muchos ex duhaldistas y muy pocos kirchneristas. La conformación de un armado acorde a la retórica presidencial, de un sustento popular para una política estratégica, es hoy, una promesa que lleva más de tres años de incumplida. La confianza de los vampiros del peronismo se agota. Para el 2007, aún, no está nada dicho.

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Los restos de Perón

Por Pablo Pizzorno

En el año que desenterraron (otra vez) al General, los hechos de violencia de San Vicente echaron luz sobre las descompuestas bases sociales que nutren al movimiento. Kirchner, en tanto, escribe una nueva página del fenómeno inmortal de la política argentina entre rupturas y continuidades. A cinco años del 20 diciembre, ¿hay vida después del peronismo?

Cuando John William Cooke –aquel brillante intelectual orgánico y primer delegado de Perón durante su exilio peninsular- definió al peronismo como el hecho maldito del país burgués, quizás no imaginó que su axioma se revelaría como la gran encrucijada política de este rincón austral a los inicios del siglo XXI.

Cooke, que era marxista y fue pionero en esbozar el “entrismo” de la izquierda al movimiento de masas (la estrategia adoptada luego por la llamada izquierda peronista), conocía la tensión existente dentro del peronismo. Por un lado, exaltaba su potencial revolucionario como polo antagónico al bloque dominante de la época. “La antinomia peronismo – antiperonismo es la forma concreta en que se da la lucha de clases en este período de nuestro devenir”, decía en Peronismo y Revolución, en 1966, posiblemente inspirado en lecturas gramscianas.

Pero al mismo tiempo, el Bebe temía y desconfiaba de la estructura organizativa del movimiento. La burocratización creciente amenazaba con no sólo agotar al peronismo como herramienta transformadora, sino incluso deformarlo en un factor francamente reaccionario, y al que llegado el caso habría que enfrentar desde una postura revolucionaria.

Desde entonces (y sin que el Bebe se enterara, porque murió en el temprano 68, víctima de los cincuenta cigarrillos diarios que fumaba), el peronismo atravesó una serie de profundas mutaciones que le permitieron reciclarse hábilmente según los tiempos que corrían. Porque, quién podría negarlo, una virtud innegable del peronismo es que siempre estuvo a la moda. En el 73, ofrecía conducir a las juventudes a la Patria Socialista. En el 91, exhortaba sin tapujos a subordinarse a la dictadura del capital y el pensamiento único. Y cuando todo estalló en el 2001, supo renovarse en el poder de la mano del crecimiento económico y la prédica por los derechos humanos.

¿Qué diría hoy el Bebe Cooke de este peronismo camaleónico que cumplió más de 60 años como actor hegemónico de la política argentina? ¿Cómo habría reaccionado frente a esa pantomima de liturgia justicialista que fue el traslado de los restos de Perón a la quinta de San Vicente, derivada en una infame balacera entre patotas sindicales?

San Vicente y el peronismo vacío

Si aquella jornada patética del pasado 17 de octubre tiene algún valor intrínseco, es que reveló la foto de lo que es hoy el movimiento justicialista. Y así, puso al descubierto un oscuro proceso de descomposición social de larga data. Como bien dice Maristella Svampa, San Vicente mostró “las profundas mutaciones sufridas por el sindicalismo peronista, a la sombra del declive del mundo de los trabajadores urbanos y el quiebre multiplicado de las solidaridades de clase” (Mutaciones y conflicto de apropiación, Revista Ñ, 28 de octubre de 2006.

Allí, a despedir (otra vez) los restos de Perón, fue el peronismo, o en todo caso, quienes aún se atribuyen la identificación con el movimiento. Nosotros somos el peronismo, dicen, y venimos a despedir (otra vez) a nuestro líder, muerto hace 32 años. Y se matan entre sí, se atacan, se disparan, para salir más cerca de la foto del féretro.
San Vicente fue un enfrentamiento entre matones que respondían a distintas fracciones de la legendaria burocracia sindical peronista. Fue, ni más ni menos, una pelea entre barrabravas, de esas que se pueden ver cada vez más frecuentemente en los estadios de fútbol. Allí se vieron ejércitos de choque –desordenados, caóticos- en los que prevalecían cientos de lúmpenes alcoholizados, reclutados por caciques de turno por unos pocos pesos (imposible no recordar aquí el párrafo que Marx y Engels le dedican al lumpenproletariat en el Manifiesto, señalando que “en virtud de todas sus condiciones de vida está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras”).

En San Vicente no hubo ideología. Hubo, en cambio, una lucha territorial que respondió a roscas internas por el reparto del poder sindical. Posiblemente, tales incidentes hayan sido premeditados por sectores que se oponen a la conducción de Hugo Moyano en la CGT. Pero, en definitiva, eso resulta anecdótico. Lo importante de San Vicente es que se trata de una postal decadente de las fuerzas sociales que hoy expresan al peronismo.

El peronismo hoy es la patota. Lo fue en San Vicente, cuando las balas zumbaban con la marcha de fondo. También lo fue una semana antes, cuando matones rompehuelgas (algunos de ellos vinculados al jefe de Gabinete Alberto Fernández) entraron a desalojar a los golpes una asamblea de trabajadores del Hospital Francés. Lo fue igualmente el pasado 25 de mayo, cuando el presidente Kirchner se legitimó frente a una Plaza colmada por la burocracia sindical y el aparato de los intendentes del conurbano.

El peronismo hoy significa un fenomenal aparato conservador, de fuerte anclaje territorial a nivel nacional, aunque con la provincia de Buenos Aires como nave insignia. Como movimiento político y social, es un envase vacío sin ideología, que sabe disciplinarse tras el líder de turno. Pero, en su funcionamiento, constituye una fenomenal maquina reaccionaria. La lógica de poder justicialista se basa en la reproducción de la pobreza. El peronismo hoy –cruel parodia de su origen popular y transformador- es pobrista. Su despliegue se fundamenta en el disciplinamiento y en el control social de los sectores más necesitados a través de los recursos del Estado. Así, los caciques territoriales pueden tener sus propios ejércitos de choque. Así, los intendentes y gobernadores echan a andar sus reelecciones indefinidas. Así, Kirchner reunió más de 100 mil personas en Plaza de Mayo en su consagración frente a la burocracia sindical.

Por supuesto, el peronismo no fue siempre lo que es ahora. El peronismo está vacío porque fue vaciado desde adentro. Desde la restauración democrática, el Partido Justicialista fue cooptado por las clases dominantes. Los sectores de poder, que en la historia argentina nunca habían encontrado una expresión política exitosa que no fueran los zarpazos militares, se apoderaron de un movimiento político que respondía a los sectores populares. Encontraron así una forma de legitimar democráticamente la profunda transformación que emprendieron en la década del 90, tras el retorno al poder del justicialismo. Fue un gobierno peronista el que consagró la brutal concentración de ingresos a los sectores más concentrados del capital, el que destruyó el aparato productivo nacional, y el que barrió con toda una serie de derechos sociales que el propio peronismo había conquistado en sus años dorados.

Eduardo Basualdo, en un extraordinario libro llamado Sistema político y modelo de acumulación en la Argentina (FLACSO, 2001), da en la tecla cuando recupera la noción de transformismo, empleada por Gramsci, para dar cuenta de la cooptación del peronismo. Basualdo explica que el transformismo “se caracteriza por ser una situación en la que los sectores dominantes excluyen todo compromiso con las clases subalternas, pero mantienen la dominación (hoy llamada “gobernabilidad”) sobre la base de la integración de las conducciones políticas de esas clases subalternas.” (p.17). Luego agrega: “el hecho decisivo para la conformación del transformismo argentino consiste en que esa subordinación es acompañada y alimentada por el surgimiento de negocios comunes entre los sectores dominantes y el sistema político a costa de los intereses públicos… es decir, de la corrupción como factor orgánico en el sistema de poder” (p.25)

El sindicalismo peronista fue cómplice y entregador en la destrucción del mundo del trabajo en los 90. Su contenido ideológico, que pese a carecer de una gran complejidad teórica, se limitaba a una fiel defensa de las condiciones de vida de la clase obrera, fue reemplazado por un pragmatismo oportunista. Se consagró, como dice Svampa, el “sindicalismo empresarial”, a través de dirigentes gremiales que pactaron la pauperización laboral con los sectores de poder.

J. M. Pasquini Durán definió esta situación con notoria claridad: “Los empresarios preferirían que no existieran sindicatos pero si tienen que elegir optan por las burocracias que prefieren conservar sus particulares privilegios antes que los conflictos de clase. Así quedó establecida una tríada –Estado, empresas y sindicatos– que tiene sus propias contradicciones pero que se articula en los negocios comunes, uno de los cuales consiste en impedir una verdadera renovación…” (Conspiretas, Página/12, 21 de octubre de 2006)

De esta forma, el peronismo quedó vacío de contenidos. Su rol histórico como herramienta de transformación se agotó. Este ya no era el peronismo del 45, aquel asombroso movimiento popular que incorporó a la vida nacional a las mayorías trabajadoras olvidadas desde siempre. Tampoco era el peronismo de la “resistencia” que hizo frente a los embates de las armas y el mercado, durante el exilio forzado de Perón en Madrid. Mucho menos era el novedoso peronismo “de izquierda” de los 70, que las juventudes militantes imaginaron como movimiento revolucionario y que luego sufriría la larga noche del horror en carne propia.

En ese vacío que se generó dentro del peronismo se instaló “el pragmatismo ideológico, la acción corporativa y la práctica patoteril”, que Svampa señala como “marca registrada” del reciclado movimiento justicialista a partir de los 90. El peronismo se refundó, entonces, como guardián del status quo en la Argentina. En la cúpula, como un “comité de los negocios comunes” de los sectores de poder. En las bases, mediante el disciplinamiento sobre los sectores más débiles a la furia del mercado; sobre los que no tienen nada para perder, porque ya lo perdieron todo. Y ante la indiferencia del Estado, del sistema, y del resto de la sociedad, quienes no tienen nada encuentran contención (material, pero también espiritual) en las redes clientelares de este brutal aparato conservador. La lógica de construcción actual del peronismo, por esa razón, es funcional a la reproducción de la pobreza.

San Vicente no fue un hecho policial aislado, sino una muestra auténtica de la descomposición peronista. En las bases, y también en las cúpulas, en San Vicente se vieron los putrefactos restos de Perón.

¿Hay vida después del peronismo?

La crisis que estalló hace cinco años, en aquellos turbulentos días de diciembre de 2001, amenazó con barrer de un plumazo a los partidos políticos tradicionales. Con uno prácticamente lo logró: el radicalismo quedó herido de muerte hasta el día de hoy, al punto que ahora debe mendigar candidatos ajenos para hacer una elección decorosa. El peronismo, en cambio, apeló otra vez a su virtud camaleónica y supo pilotear, no sin dificultades, la tormenta post 2001. Sin embargo, la conversión no le resultó gratuita, y se vio obligado a abandonar su prédica ortodoxa noventista.

La gran virtud del estallido del 2001 es haber terminado con la visión hegemónica que impuso la agenda a rajatabla en los 90. Por eso el 20 de diciembre significó el fin del consenso neoliberal, de la era del ajuste estructural como pensamiento único. Pero aquel rechazo masivo, que representaba el hartazgo generalizado de una sociedad frente a la “corrupción como factor orgánico en el sistema de poder”, no supo articular una opción política superadora frente a la crisis. Esta incapacidad del “campo popular” de erigirse en alternativa de poder, permitió al peronismo resolver la crisis política argentina en el seno mismo de su partido.

El peronismo, una vez más, sobrevivió al Consenso de Washington, al cual había suscripto fervorosamente. Y el 20 de diciembre, que desterró el neoliberalismo feroz, no pudo hacer lo mismo con el movimiento. Sin embargo, podemos pensar que le impuso límites. Ese precio, que el justicialismo tuvo que pagar a regañadientes, tal vez haya sido Kirchner. No había margen en la sociedad para defender a ultranza el modelo que había estallado en 2001, y Kirchner supo expresar una renovación que –por prontuario- no pudieron simular otros caciques justicialistas.

El liderazgo de Kirchner aportó rupturas y continuidades al peronismo. Por un lado, su prédica a favor de los derechos humanos y su identificación discursiva con la “juventud maravillosa” de los 70, le generó tensión con los sectores más retrógrados del movimiento. Sin embargo, su estilo de conducción continúa la fiel tradición justicialista de pactar con todos a su debido tiempo. El movimiento, se sabe, es muy amplio.

Kirchner, aún así, confiesa su anhelo de romper con el justicialismo y construir un tercer movimiento histórico vinculado a la centroizquierda, aquello que en su momento soñara Alfonsín. ¿Será Kirchner entonces el que escriba la última página del peronismo? Parece difícil de creer. Primero, porque la construcción política del kirchnerismo absorbió a varios de los peores exponentes (reciclados y no tanto) del peronismo tradicional. Segundo, porque el Presidente no ha dado muestras de pretender dar la pelea a fondo contra la estructura reaccionaria y pobrista del justicialismo (a la cual, por otro lado, le debe su llegada al poder). Y tercero -y fundamental-, porque más allá de las alianzas políticas y coyunturales de este gobierno, sus alianzas sociales no demuestran una ruptura con el sistema de distribución de poder que existe en la Argentina desde hace varias décadas.

Más allá de la pirotecnia verbal contra los 90 que el Presidente puso de moda, el modelo económico actual no rompe con la lógica del neoliberalismo menemista. El crecimiento extraordinario y sostenido en los últimos años no se distribuye de forma progresiva, ni llega a los sectores de ingresos más castigados. En ese sentido, permanece intacta la fe en el derrame mágico gracias a la “mano invisible” del mercado. El mito liberal del goteo, refutado hasta el hartazgo por la experiencia histórica reciente, continúa siendo hegemónico en la economía. En tanto, la matriz distributiva de los ingresos continúa siendo igual de regresiva que en aquellos 90 que tanto ataca Kirchner. Del mismo modo, los recursos estratégicos del país continúan siendo cedidos gentilmente a los monopolios extranjeros.

Esta continuidad fundamental del neoconservadurismo peronista no sólo revela la falta de voluntad política real de generar auténticas transformaciones, sino que también muestra el compromiso adquirido de este gobierno con determinados sectores del poder económico. Este tipo de alianzas sociales definitivamente clausuran cualquier posibilidad de innovación real, en tanto no haya un atisbo de construir otro tipo de bloque político y social que se proponga una auténtica renovación.

Esta última tarea difícilmente provenga del interior del peronismo, más allá de que en su seno haya elementos que genuinamente se lo hayan propuesto como meta. El desafío para el llamado “campo popular”, entonces, es abocarse a la construcción de una postergada alternativa política. Dicha necesidad parte del diagnóstico certero de que los partidos políticos tradicionales (peronista y radical) han agotado el potencial transformador con el que nacieron. Hoy en día, ambas fuerzas forman parte de un régimen conservador (y por esa razón no dudan en formar una probada corporación statuquoísta cuando lo necesitan) que obtura la posibilidad de realizar las profundas transformaciones que este país se debe.

La realización de esta alternativa emancipadora no sólo constituye un deber político y militante del nuevo siglo, sino un acto de dignidad y humanismo frente al dolor insolente que sufren las mayorías olvidadas de estas latitudes.

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Zonceras polares

Por Fernando Pablo Petus

Las zonceras polares son aquellas que, como indica su nombre, se caracterizan por la oposición de conceptos que en sí mismos son cada uno de ellos zonceras, de lo que podemos inferir que se trata de zonceras complejas. Su unidad viene dada por el hecho que son los términos antagónicos del debate de un determinado tema que surge en la opinión pública. En muchos casos, son sostenidos por el mismo opinante aunque en ocasiones diversas. Con frecuencia también este personaje suele tener la misma extracción social de medio – pelo. Si bien es cierto que la lógica enseña que por el principio del “tercero excluido” dos conceptos antagónicos no pueden ser ambos falsos o verdaderos, la intelligenzia se las arregla para producir falsedades opuestas y complementarias... a la vez.

En realidad de lo que se trata, como en toda zoncera, es de repetir sin pensar, de llenar el bache discursivo más bien que fundamentar; menos aún de promover el pensamiento crítico o exhibir su fruto. Las zonceras tradicionales tenían la “virtud” de dejar al zonzo tranquilo con una frase – cliché debidamente bañada de autoridad por los ilustres labios que la habían proferido, como los de Mitre, Sarmiento o Alberdi. Estas zonceras polares no son muy distintas de las anteriores en cuanto intentan mantener a la conciencia lejos de hacerle honor a su nombre pero lo consiguen a través de evitar el planteo de un problema y remitirlo a una discusión estéril sobre conceptos abstractos donde uno representa el “bien” y el otro el “mal”, en un maniqueísmo que impide discutir las cuestiones concretas, problematizar la realidad. Terminamos así discutiendo de ideologías en el sentido que le daría al término Napoleón: ideas sin referencia en la realidad.

Comencemos por las zonceras de carácter institucional. En primer lugar, será interesante tratar la que opone la “mano dura” al “garantismo”. Es interesante notar que ambas denominaciones provienen del mismo sector: los partidarios de la mano dura, de lo que podemos inferir que el segundo es entonces un término peyorativo. Porque para esta gente, respetar la Constitución vaya y pase, pero el fanatismo no conduce a nada. También es interesante notar que quienes sostienen el recorte del alcance de las garantías constitucionales son aquellos mismos que se la pasan diciendo que nuestra Constitución está inspirada en el liberalismo y que cualquier otra interpretación es repugnante a su espíritu.

Bien, analicemos la zoncera. Vayamos al término “garantista”: sobre este concepto ya nos advertía Jauretche en su Manual que las garantías no son para todos sino para aquellos que no las necesitan, tales como las grandes multinacionales y sus personeros: como los jueces saben muy bien para quiénes son, efectivamente se cuidan de no tocarlos. De allí entonces el carácter de zoncera de este término. En cuanto a la mano dura podemos decir lo mismo pero desde el punto de vista opuesto: los que se afanaron hasta las garantías constitucionales pretenden mano dura (pagada por el Estado con los impuestos de quienes fueron des – garantizados, obviamente) para mantener su botín. Cuándo querrá el Dios del Cielo que la tortilla se vuelva, diría la canción Yo le preguntaría a Macri, López Murphy, etc. qué les parecería aplicar mano dura a aquellas empresas que incumplieron contratos de adjudicación de servicios públicos y quitarles la concesión sin más ni más, a los que nos vendieron y nos venden agua no potable y procesarlos por estafa y envenenamiento, a los que tienen más áreas petroleras de lo que la ley permite y que claramente – según se puede inferir de sus propios documentos – están contrabandeando el 20% de su producción, etc. Ya que estamos, podemos meter preso a alguno por administración fraudulenta del correo. Si quiere ver un garantista enardecido, proponga esto a Macri. Pérez Esquivel sería el Generalísimo Francisco Franco al lado de esta gente. Demás está decir que jamás aplicarían mano dura a un Videla o un Martínez de Hoz. Uno puede recordar aquella mesa a la cual estaban sentados el Dr.(¿?) Eduardo Feinman y otras figuras de Canal 9 junto al acusado de abuso de menores, Sr. Grassi, cuando los primeros le avisan a éste que se está acercando una partida policial para detenerlo con el objeto de hacer posible su fuga. Todos sabemos lo que piensa Feinman, Haddad y demás impresentables del Canal. Sin embargo, allí eran no ya garntistas ni abolicionistas sino unos subversivos plenos. Hoy en día, ese mismo canal está manejado por el Sr. Moneta, quien tuvo el “honor” de llevar a la cesación de pagos a la Provincia de Mendoza por los manejos turbios que hiciera de sus finanzas y que fuera puesto en evidencia como lavador de dinero por el Senado de EE.UU. ¿Qué tipo de acero tendría que usarse para la mano que trate a esta gente? ¿Por qué permitirles que manejen algo tan importante como la comunicación social de masas? Y por qué no meterlos presos, directamente. No me diga que para eso hay que hacer un juicio, con lo lentos que están los tribunales...

Todo Estado es una estructura de dominación y regula la violencia en función de una determinada correlación de fuerzas socio – políticas, un statu quo sobre el que se basa. Es eso, exactamente, lo que debemos discutir y no abstracciones adolescentes.

Otra zoncera de este tipo es la que opone la llamada lista sábana al voto uninominal para la elección de integrantes de los cuerpos colegiados, tales como el Congreso Nacional o las legislaturas provinciales y locales. Ambas posturas tienen sus defensores: por una parte, quienes sostienen la lista sábana fundamentan en la preeminencia del partido sobre la persona del candidato y que lo importante es el programa (del partido) y no la figura del candidato. Esta postura es fruto de la era de los partidos de masas, fuertemente estructurados y con una ideología que era su razón de ser. Este ya no es el caso. Por ejemplo, podríamos seguir las sucesivas listas de la Sra. Patricia Bullrich en su vuelo de palo a palo de izquierda a derecha o a Chacho Alvarez que entró como diputado en el 89 compartiendo boleta con Menem, formó el grupo de los 8 y luego el Frente Grande. De allí intentó desalojar, hacia 1994, a Floreal Gorini, porque los comunistas están bien vistos para que te banquen la campaña o te presten la personería nacional para hablar de “frente”, pero de ahí a dejarlos asumir como diputados hay un trecho... Veamos hoy a la ensalada anti – K: Alfonsín con Lavagna y Juanjo Alvarez; Duhalde con los gobernadores radicales, más invitados y heridos varios recogidos por el camino ¿dónde estaría la coherencia ideológica? Lo que no se han dicho entre sí los “conmilitones” de hoy... Y lo mismo del otro lado, que no paso a describir por una cuestión de buen gusto y respeto a Ud., estimado/a lector/a.

Por la otra parte, se aduce que el voto uninominal permite una mejor relación entre el votante y el candidato, que es una vía para oxigenar la política y que surjan nuevas figuras; es un remedio contra el hecho de que la lista sábana está integrada por una cantidad de personas más o menos desconocidas para el gran público que de esa manera no puede saber a quién vota. Pero planteando con un poco más de profundidad el tema, uno se da cuenta que esos desconocidos del fondo de la lista en general son punteros de barrio o personajes que sin ser figuras importantes empiezan a hacer su “cursus honorum”, su carrera ascendente en la lista hasta llegar a algún puesto expectable. Sumemos a esto que la mayoría de los figurones más conocidos no están distribuidos de manera homogénea por los barrios o distritos territoriales de, por ejemplo, la Ciudad de Buenos Aires, sino que abundan por Palermo, Recoleta o Caballito pero ralean por Parque Patricios o Lugano. ¿Quién cree que tomará el lugar de estos señores? Es posible pensar en varias alternativas, ninguna de las cuales se caracteriza por un compromiso importante, no digamos indestructible, con el ciudadano – elector. La primera es que aparezca el mismo puntero de barrio que se intentaba desalojar con el sistema, incluso fogoneado por el partido a nivel distrital. Pero es probable que surja otra “manganeta”: supongamos que a un determinado candidato domiciliado en Caballito no le dan bien las encuestas en el segmento socio – económico predominante en ese barrio y le dan mejor entre la gente de Barracas o Patricios. Naturalmente, un cambio de domicilio oportuno lo colocará en posibilidad de recoger esa cosecha de votos que de otro modo se perdería y terminaría creando un personaje que le compita en el mismo distrito de la Capital por el premio mayor que ofrece el territorio que es la Jefatura de Gobierno. Aquí también podría intervenir el partido de distrito a los fines de que no se dispersen votos que terminen favoreciendo a una alternativa “no deseada”. Porque convengamos que todos irán a parar al mismo Parlamento donde tejerán alianzas y encenderán enconos, generalmente ambos de corto plazo pero, por eso mismo, inmediatos a la elección. Tampoco hay que descartar las posibilidades del “gerrymandering”, o acomodamiento de las circunscripciones a gusto del candidato,

En definitiva, ninguno de estos sistemas nos garantiza nada. Porque la verdadera garantía no puede provenir de una cuestión formal sino de elementos más sustanciales. Este tipo de propuestas son muy bien vistas por el Banco Mundial y ponen siempre el acento en las instituciones y nunca en los conflictos que se desarrollan en una sociedad, tales como comerciantes minoristas contra hipermercados, inquilinos y propietarios o los problemas que surgen del transporte de personas y mercaderías, la construcción de edificios al lado de casas que quedan encerradas, etc. Si bien estos problemas pueden tener actores distintos o al mismo actor que se beneficia en un aspecto pero se perjudica en otro con el statu quo, siempre es posible integrar organizaciones populares que lleven adelante un programa que reflejen acuerdos y compromisos de base. Y es allí donde está la carencia: en la falta de organizaciones populares poderosas, bien arraigadas y con un fin claro por el cual tengan que rendir cuentas sus dirigentes a las bases. Es de allí de donde deberían surgir y ser apoyados los candidatos que vayan a discutirle al privilegio el poder. Falta movilización social y conciencia. Falta, en definitiva, política –esa palabra hoy confundida con cualquier chusmerío de oficina por el lenguaje dominante– para lograr este objetivo. Careciendo de estas organizaciones, es inútil pretender que por cambiarle el collar el perro vaya a ser más fiel.

Otra zoncera institucional que pulula en estos tiempos es la que opone la “democracia” al “populismo”. Esta zoncera es particularmente ubicua dada la ambigüedad de ambos términos, pero trataremos de encuadrarla para ver cómo se la utiliza para el gataflorismo ideológico que conduce a la parálisis política para mejor provecho del statu quo.

Por un lado, tenemos que “democracia” no significa lo que parece querer decir si uno considera el vocablo desde el punto de vista etimológico, esto es, el gobierno del pueblo; no, no. De lo que se trata es del gobierno de las instituciones. Algo que podría sintetizarse mejor como “burocracia” (el gobierno de los escritorios) que como algo que suena tan efervescente como gobierno del pueblo. Pero aquí empieza la parte exhibicionista de la histeria, porque los mismos que desde el libro, el periódico o el micrófono tallan día a día el mortal corset de cedro al esquema político resaltan a renglón seguido que efectivamente el muerto no sólo no se mueve sino que trae mal olor. Traducido: “ ...(las instituciones) están lejos de las preocupaciones de la gente” ; “ la justicia no da respuestas a las necesidades de la gente”, etc. Y desde luego, la (corporación) política es la que aporta el olor a podrido: corrupción y política (a secas) si no son sinónimos, de parónimos no bajan en el lenguaje de los medios de comunicación. Esto, desde luego, no va en defensa de ningún figurón o del conjunto de ellos. Pero si el árbol se conoce por sus frutos veamos cómo cierra el círculo. Porque cuando aparezca una actitud contraria, es decir, cuando el muerto no esté muerto sino que se levante y ande... ah no, eso ya no es democrático... ¡¡¡Populismo!!!. Claro, hay que entender este calificativo: si le dijeran “comunismo” no sólo estarían asumiendo aquello que “los muertos que vos matáis gozan de buena salud” sino que hasta lo estarían legitimando y en definitiva alguno que se sintió derrotado definitivamente allá por el ’89 quizás se anime a ponerse de pie. En lugar de eso, el término lo llama a batirse contra la política “anti – científica”, para apelar a aquella figura ya mentada por don Arturo. Por razones obvias, no le pueden decir “peronismo”, aunque tantas veces ambos términos han sido asociados por los “demócratas” de variado pelaje. Hoy, que las alianzas y representaciones han cambiado tanto, estos doctores prefieren callar y mantener los pelos bien debajo de la camisa... aunque a veces se les escapen. Y si no, pregunte en la Cancillería chilena.

Como en tantas otras cosas, los doctores y licenciados varios terminan por su propia acción reconociendo que lo que les molesta no es el problema sino la solución: no hay nada que odien más que cuando a las autoridades se les da por ejercer sus funciones, cuando el problema se enfrenta y existe una respuesta positiva a la demanda popular. Porque cuando la cosa pasa un poco más allá de poner un semáforo en la esquina, puede tocar intereses propios tan espurios como los del político corrupto, por no decir que son su complemento natural ya que no hay corrupto sin corruptor. Pero además porque esas actitudes legitiman la (actividad) política, lo que es muy peligroso: incluso un día la “gente” podría volver a ser pueblo, nación, clase. Y dejaría de comprar debates zonzos para retomar la lucha por reconciliar a la palabra democracia con su etimología.

Del ámbito socio – económico, podemos rescatar aquella zoncera polar que opone el hecho de que “no se puede distribuir lo que no hay” al viejo latiguillo de que “hay que igualar para arriba”. Esta zoncera reúne todos los caracteres que habíamos visto más arriba: no sólo es cada término complementario de su pretendido opuesto sino que es sostenida sucesivamente por el mismo personaje –de carne y hueso, la misma persona– perteneciente al medio – pelo.

Veamos el primer término de la ecuación: ¿quién pretende distribuir lo que no hay? En primer lugar, haber hay siempre. Que yo sepa el PBI, con sus subidas y bajadas, nunca dio “cero”. Pero no sólo eso: cuando peor dio, o sea, cuando más se contrajo, más se distribuyó... hacia arriba, claro. De donde esta ley de hierro de la economía no llega ni a sugerencia de hule, pero cobra todo su carácter de mentira flagrante, mostrando su verdadera intencionalidad: clausurar todo debate acerca de la “distribución”. El segundo término es acaso más interesante. No porque carezca del núcleo de estupidez propio de cualquier zoncera sino porque trae el germen de la gran zoncera socio – histórica del medio pelo. Si en la zoncera anterior dijimos que el producto de una sociedad nunca da cero, tampoco ha caído el principio de escasez, tan propio de la ciencia económica. De lo que se deduce que es imposible “igualar hacia arriba”: si no alteramos la proporción de torta que se lleva cada uno, el que recibe menos siempre va a recibir menos y no hay vuelta de hoja. No hay más que lo que hay. ¿O acaso se puede distribuir lo que no hay? Es cierto que el poquito de una torta grande es más que el poquito de otra torta pequeña, pero convengamos que eso no es “igualar”; porque las migajas siempre son migajas. Y llevan en sí el desprecio con dedicatoria que emana de este sustantivo. En realidad, para conocer las bondades de igualación de un esquema económico es más interesante ver lo que pasa en las épocas de contracción económica y no tanto en las de abundancia, pues es en ese momento que el principio de escasez se hace patente, cuando la unidad marginal pesa. Y lo que muestran las estadísticas –reconocidamente cortas– del INDEC es que después de cada sacudón la concentración económica es sucesivamente cada vez mayor, sin que sea posible en la próxima fase expansiva recuperar los niveles de equidad anteriores. Esto es difícil de ver para aquellos que cuando van a un país, al evaluar el nivel de vida lo hacen por lo que pueden obtener los ricos por su riqueza y no por lo que no se privan los pobres a pesar de su pobreza. Es esto último lo que muestra a qué tiene derecho una persona y no el consumo superfluo. Exhibe, en términos materiales, cuál es el umbral para la categoría “persona” del que esa sociedad no admite bajarse, mucho menos de manera generalizada.

De todo esto se concluye que, como no se puede igualar para arriba, cualquier debate sobre igualdad queda clausurado. Justamente, lo que hace interesante a esta parte de la zoncera es aquél germen que se expande por todo el espíritu de medio – pelo consistente en atar su suerte (y la del país) a esa parte de arriba. En definitiva, no es más que la expresión de deseo (Fantasías Animadas de Ayer y de Hoy, diría el presentador de dibujos animados) de este estrato social: igualarse a los de arriba. No se dan cuenta que para llegar arriba es más útil el ascensor que el trampolín. Aunque vayamos apretados. Y subir por subir, vayamos hasta la terraza. Desde allí, superado el cielo raso, será posible ver la invitación del infinito a seguir para arriba y no ya un opresivo límite de yeso. Porque crecer de verdad es superar el límite, no conformarse con él.

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Ah, te vi entre las luces

Por Juan Francisco Gentile
La Manzana Cromática Protoplasmática es, tal vez, una de las propuestas musicales más originales de estos últimos tiempos. Canciones eclécticas y armoniosas, búsquedas teatrales e historias convincentes de planetas lejanos y en guerra. El pórtico se abre y las luces del sol iluminan los sonidos que derraman, siempre a la gorra. Aquí, la crónica de un encuentro repentino, inesperado y definitivamente novedoso.

I

Era verano y yo caminaba por una plaza en El Bolsón, sin apuros y de vacaciones, junto con el profesor Dutto, con quien habíamos decidido escapar de nuestras obligaciones porteñas y encaminarnos hacia el sur argentino, provistos de una carpa de origen taiwanés de bajo precio y mínima calidad. Nos encontrábamos bebiendo un líquido artesanal al que llaman cerveza, que es rojo allí, y sale de un barril de madera de un puestito de la plaza. El día era claro y era de tarde. La cordillera se mostraba nevada en sus puntos más cercanos al sol. Nos sentíamos como peces en el agua en ese pueblo habitado por hippies (y no tanto) de todas las edades y orígenes. Fue en ese amable lugar donde vi por primera vez a La Manzana Cromática Protoplasmática.

Se escuchaba una música extrañamente atrayente. Alzamos la vista y allí vimos por primera vez una estética nueva. A veces tiendo a pensar que este instante fue determinante para mi atracción por la banda en cuestión: en ese momento, casi como si fuera un cometa, vimos a lo lejos a una bella señorita que estaba vestida de plancha y bailaba tiernamente con un micrófono en la mano. Nunca pensé que podía sentirme tan fuertemente atraído por una mixtura entre una mujer y una plancha. Pero así fue.

Al acercarnos, notamos que había más personajes ejecutando instrumentos y canciones. Un muchacho estaba al frente de la agrupación cantando y tocando una guitarra, moviéndose en fogonazos corporales al ritmo de la música que salía de sus manos. Fue allí, entonces, cuando con el profesor nos sentimos interpelados de una manera definitivamente nueva, fuerte y decisiva: “queridos amigos de La Tierra”, refería el muchacho, cada vez que se dirigía al auditorio que se había formado allí sobre el pasto ríonegrino. “Qué atinada forma de llamarnos”, pensé. Permanecimos escuchando, sorprendidos y en silencio. Esas músicas estaban surtiendo efecto.


“Lucecita brisa que acaricia las barbitas de Inti/
Luna penumbra que alumbra la sombra sombría/
Qué sombra asombrosa eres tu.

Bosque de mil nombres, llama fértil/
Chispa loca hay en ti.
Cara de duende, duende de cara/
Caracola carita curita eres tu.

Y el sol se pinta para usted/
Duende de mágicas magias...”

Con el correr de los minutos fuimos familiarizándonos con esos seres. Botis (Así se llamaba el muchacho que cantaba) explicó que ellos eran “cromáticos”, y que provenían de un planeta llamado “Cromo”. A continuación este cronista transcribe lo enunciado por Botis en ese entonces, ante la atónita mirada de los terrícolas:


“En un tiempo imposible de medir para el terrícola ordinario, las fuerzas protoplasmáticas invadieron el planeta de cromo.
Sus habitantes (Los cromáticos), entes sutiles y luminosos no tuvieron otro remedio que materializarse y de esta manera repeler el cruento ataque.
El pórtico cromático: En aquella crisis dimensional, se abrieron infinidad de umbrales a lo largo y ancho del universo de los cuales perduraría hasta hoy en día solo uno El pórtico cromático “Sede etérea de la estación de la vía láctea” Por él salen y entran las mas disímiles formas de la naturaleza marciana, macombiana, humana.
Según las escrituras, hubo una joven guerrera de nombre Angal (cromática) quien fuera seducida y engañada por un detestable ser protoplasmático, como una artimaña para lograr la conquista protoplasmática.
Una vez conciente del peligro que corría a su lado, Angal huiría hacia las colinas Morbos, pero no lo haría sola, en su vientre alojaba una nueva criatura. La primera nacida de la unión de un cromático y un protoplasmático, a quien pondría a salvo enviándolo a través del pórtico cromático a una dimensión infinitamente lejana. Su nombre Botis, el juglar cromático protoplasmático”

Botis se encargaba de viajar por el “pórtico cromático” a bordo del “tren de la vía láctea”, recolectando cromáticos que estaban desparramados por el universo a causa de aquellas guerras. El pórtico se abría eventualmente, depositando a los cromáticos en distintas dimensiones a las cuales ellos debían llevar la música de su planeta. En ese caso, el destino era La Tierra.

Sentimos que estábamos, al menos, frente a una situación singular.

Los 12 músicos cromáticos seguían en su trance musical y nosotros, atentos y expectantes, sólo atinamos a contemplar cómo todo iba llegando a su final. Una tras otra, se sucedieron canciones tan eclécticas como sólidas. Las melodías eran siempre dulces al oído, entre balcánicas y folklóricas, e invitaban a un baile que en ese momento parecía indiscutido y natural.

“El pórtico cromático se está cerrando, debemos irnos. Sabrán disculparnos, pero no quisiéramos quedarnos para siempre en este planeta”, se despedía Botis.

Quisimos hacernos de un disco pirata, que se suponía que estaban allí a la venta, pero una groupie cromática nos dijo que estaban “agotados”.

Unos cuantos días después volvimos a Buenos Aires, a nuestras vidas corrientes, ajetreadas y pobladas de humos, cementos y sirenas. Pero yo sentía en mi cabeza un eco incansable. Melodías nuevas e inexploradas, algo indefinidas por haberlas oído tan fugazmente. Definitivamente, necesitaba encontrarlas y explorarlas. Pensé que los avances tecnológicos de la red de redes iban a facilitarme el acceso a La Manzana Cromática Protoplasmática. Pero estaba equivocado: no había rastros de ellos en ninguna “sede etérea” de google. “Es una posibilidad que las palabras de Botis no hayan sido mero artificio”, me apuntó una noche el profesor Dutto, cuando le comenté mi inquietud, ya en un bar de la calle Defensa.


II

“No existe distancia que los una más
Que este mar en calma, siempre a punto de estallar”


Habrá pasado un año, tal vez un poco más o un poco menos, hasta que volví a tener noticias de La Manzana. Un cartel de papel pegado en la estación Villa Luro del ferrocarril Sarmiento avisaba que los Cromáticos se presentarían en un club barrial, del cual no puedo recordar su nombre, ubicado en Ramos Mejía. No dudé en comprar mi entrada en cuanto pude. Y allí estuve en aquella ocasión.

Esta vez el paisaje se mostraba un tanto más hostil. Era invierno en el amorfo conurbano bonaerense, el clima ostentaba un frío punzante, mientras llovía intensamente. En el cielo, y por ende en la tierra, era de noche. Esta vez mi compañero era el licenciado Brito, un filósofo urbano del barrio de Agronomía, que había accedido al concierto a raíz de mi insistencia en la necesidad de escuchar a los cromáticos.

Llegamos al ahora anónimo club luego de caminar desde la estación ferroviaria unas largas cuadras barrio adentro. Había poco movimiento y temíamos no haber dado con el lugar indicado. Pero al acercarnos a la puerta un señor mayor nos indicó que allí, aunque no pareciera, había un recital. Aliviado ingresamos a un galpón enormemente frío y húmedo. Allí estaba montado el escenario, y sus pies unas 100 personas esperaban bebiendo y combatiendo al invierno. La luz era algo mortecina, y había música extrañamente familiar que ambientaba la mojada espera. Tuve entonces un recorrido por toda mi infancia: canciones en versión instrumental de dibujos animados como Los Pitufos, Tom y Jerry, He-man, Gadget y otros más, eran el sonido que salía de los parlantes. Allí descubrí que muchos dibujos animados que había visto en mi niñez, considerados erróneamente por mi como poco artísticos, o burdos, o simplemente menospreciados por una supuesta madurez, contaban con un trabajo musical insospechadamente fino, que a más de una estrella de rock mediático le sería útil escuchar con atención.

Luego sucedió la orquesta. Los 102 presentes nos olvidamos del frío y de la lluvia, e ingresamos en la atmósfera músico-teatral al que nos invitaba La Manzana Cromática. Me encontré bailando, por momentos. En otros, escuchando y observando con atención. Se sucedieron unas 20 ó 25 canciones que mezclaban aires folclóricos con melodías de Europa del este, pasando por reminiscencias de foxtrot, valses y carnavalitos. De todas maneras, estas clasificaciones genéricas son simplemente orientativas y se quedan, en el mejor de los casos, a mitad de camino. La música de La Manzana tiene la enorme cualidad de lo indefinible.
En esta ocasión pude reunir los nombres de los integrantes, cosa que no había podido hacer en El bolsón. Si bien cada uno había tenido en las dos ocasiones una vestimenta particular, no lograba encontrar a ello una explicación, hasta que el muchacho cantor presentó a sus compañeros.

Además de Botis, en guitarras y voces, estaban allí Albondigón, con una gran albóndiga en su cabeza, en batería y percusión; Lúpitor, el niñó pochoclo, el en Bajo; los hermanos Fórceps y Pinino Bravo (el primero, de 2 metros de altura, el segundo, de menos de 100 centímetros), en saxos, flautas, clarón, trompeta, trombón y clarinete; Menócles, marroquí autoexiliado en lancha, en guitarras; Señor Pelele, en teclados y acordeón (de cuya espalda se desprendía una mano enorme que se abría sobre su cabeza y mediante hilos manejaba las manos del músico); Arghul, en la percusión; Moho en el clarinete; Vaporín, la arrugada, aquella chica-plancha que al profesor Dutto y a mi nos había cautivado en la plaza del Bolsón, en coros y flauta traversa , y Mr. Chantilly en coros.

Mi sensación de incertidumbre fue un poco menor entonces, al conocer los nombres de aquellos seres que ejecutaban las canciones que tanto había intentado recordar durante largos meses. De todas maneras me vi frustrado nuevamente a la hora de adquirir algún tipo de grabación que registrase aquellas melodías que hacían eco en mi pensamiento. “El demo está agotado”, me dijo la misma groupie coromática con la misma expresión ahuecada que un año atrás.

Volví entonces al frío y a la lluvia de Ramos 3 am.. Ya no había trenes. Tuve que tomarme un colectivo hueco como la groupie, pero bastante más feo. Viajé en el doscientos y pico realmente animado, tal vez por esa sensación que generan los secretos. Había descubierto algo realmente bueno un año antes, y lo había vuelto a descubrir junto con un pequeño grupo de trasnochados.


III

“Es que es tan grande esta espera que se vuelve calavera...”


Pasó otro año sin recibir noticias de La Manzana. Esta vez ya no me obstinaba en buscar información. Había entendido que era en vano. La manzana permanecía en las sombras hasta que decidía salir a la luz en algún momento y lugar arbitrarios e impredecibles. Seguí entonces recordando a la música de la manzana como melodías casi íntimas y propias, que estaban en mi mente y en ningún lugar más, hasta que hace relativamente poco llegó a mi casilla de correo un mail que anunciaba la salida de el primer disco de la orquesta. Sin preguntarme cómo llegó mi dirección a sus agendas, tan solo procuré hacerme del tan ansiado documento sonoro. Su nombre es “El tren de la vía láctea”, y está editado en forma independiente, sin ningún sello discográfico que lo rubrique, ni del mainstream ni del under. Contiene 20 canciones, presentadas en una cajita de cartón en forma de pequeño libro. En su tapa hay dibujos de cada uno de los cromáticos.

Entonces, finalmente, pude acostarme en mi cama y poner el disco y sus canciones, que en ese preciso instante dejaban de estar atrapadas en mi cabeza revuelta para salir al mundo, para darse a conocer y ser las canciones de La manzana cromática protoplasmática, del disco de La manzana cromática protoplasmática, banda oriunda del oeste del Gran Buenos Aires, más precisamente de Morón, que fusiona ritmos e instrumentos y combina la música con destellos teatrales, monólogos y personajes surrealistas. En ese momento La manzana dejó de ser esa fantasía alucinada que era para mi desde aquella tarde en El bolsón, para pasar al plano de lo real, material y concreto. Una gran banda de La Tierra que pugna por dejar de ser terrenal.
Allí estaba el disco, sutil y despojado de prejuicios, dulce y enérgico, ecléctico y a la vez armónico. Y una fecha en La Trastienda.

Lamentablemente, las palabras de Botis sí eran mero artficio. Nunca había sentido el tan mentado extrañamiento en carne propia.

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Lo opuesto al silencio

Primera entrega de nuestra sección de poesía. En esta edición colaboran Clara Montes, Inés de Mendonça y Rocky Ameghino.




Por Clara Montes *

Hjklhjklhjkl


súbitamente me empiezan a llorar los pelos
se me sueltan
uno por uno bajo las orejas
porque la noche
porque el día y la mañana

una casa de coral
descansa impresa en tus gestos rojos
tu aliento me va tajando
tus incisivas señas lacónicas
me arañan las pupilas

hjklhjlkhjkl
soltás los dientes
hjkl de garras
verdes hjklhjkl

(ahora río un adiós
un todo adiós entero que se pierde)


Das Zeit

tiempo
no se mueve ni una aguja
por momentos me agujerea
la panza se me hielan
los hombros
(prin) temps
maldición sin pudor
se clavan las tres, las agujas se me clavan fuerte
y no sonrío
y si lo hago es pautado o sarcasmo
o producto de una de esas manos
que me sacan la aguja del alma
y son tan pocas
horas
ahora pasan más rápido y me pierdo los cielos
ayer cayó tanto cielo
y te miré
me disgustaste y se me arrugó toda la cara
pero zas otra vez la lluvia
y otra vez la calma, claro, clara calma
y tus ojos que se apaciguan acuosos


* Clara Montes nació en Buenos Aires en 1987. Se dedica al canto y próximamente cursará la carrera de Artes en la UBA. Además de en la música, está muy interesada en la fotografía, el cine y la literatura




Por Inés de Mendonça*

Enfermedad


las rayitas negras
se van plateando
estoy en una pieza con rendijas
tomé esa sopa ácida y tal vez
eso haya sido
el disparador
duelen las encías como si
después de mucha carne
los hilos atravesados entre dientes
petrificasen

la estufa no calienta
esta conversación que se extiende
sos vos sos vos sos vos soy yo
es la cosa esta negra que queda
en la cabeza cuando bajo
cuando caes
la cosa negra que se cuela
en el espacio de antena a antena
quiero ser tu madre
y me dejás muy fácil
es un problema sin definición
o con excesivas
el analista tu médico mi bruja
todos con verdad de perogrullo
nadie sabe mentir
para que sanes

en la parte delantera
hay una huerta inmaterial
son las fuerzas para hacer
afuera
lo de adentro
la clínica fue un sueño
la cuchilla tal vez
los pasos que rebotan

la garganta se pudrió
de tanto canto

el bebé llora en el departamento A
los sifones esperan en el felpudo B
allí hay un periscopio
que mira al cielo
raso
señal estereo
de las bombitas en corto

la mesa de luz tiene un módem roto
y un contestador lleno de mensajes
los sifones esperan en el felpudo B
el bebé llora en el departamento A

de la cama al living silba la pava
por días enteros dentro de esta casa
es azul y se vuelca
en un termo anaranjado
los metros escasos se repiten
lleno un mate otro mate diez mil mates
el alimento vira a verde rápido
como la luz
se va de cuadro



* Inés de Mendonça nació en Buenos Aires en 1978. Estudia Letras en la UBA. (Hace mucho!) Intenta con la poesía y la narrativa mientras flota en los pasillos de diversas oficinas, robando horas de computadora y tinta gratuitas. Fueron publicados algunos de sus poemas en ARDE FILO, revista de estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras en 1998, y "Miro una serie de patos" en la antología de poesías ganadoras del concurso "Poesía en el Subte" editado por La Nación.
Integra el consejo de redacción de la revista El Interpretador





Por Rocky Ameghino *

2 de octubre

El pato que conmigo duerme ya entendió
que en días como hoy, cuando llueve tanta nube
no me muevo de la cama y emulo a Onetti
que desde aquí construía universos más grandes
que diez Montevideos apilados.

El pato que duerme conmigo ya entendió, tan amarillo él,
que hoy nos vamos a reir de la gente que no soporta
ver reir a las demás gentes ni a los demás patos,
que pasaremos el día con la mirada perdida en los sonidos
que hacen los trocitos de nube contra la superficie terráquea.

Hoy seremos tan libres, porque llueve tanto...
el cielo y el contracielo, unidos por miles de hilos de agua,
se desdibujarán y se fundirán
en una sola mixtura nueva y definitiva.

Allí será donde esta cama se alojará, decidida, este 2 de octubre.
Con su pato y su humano, risueños, reposados en ella.


* Rocky Ameghino nació en Formosa, el 13/5/1985. A los 4 años de edad se instaló en Buenos Aires con su madre, tras la fuga de su padre. Actualmente no trabaja ni estudia. No revela su fuente de ingresos. Dedica sus días a la poesía.

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