27/08/2006

Oliverio Girondo y el socialismo de la percepción

Por Juan Francisco Gentile

En primer lugar, y antes que cualquier otra cuestión sin dudas menos trascendente, exhorto casi violentamente a que todo aquel que no haya leído la poesía de Oliverio Girando lo haga en este mismo instante. ¿Por qué? Porque es la mejor poesía que se haya escrito en estas (ex) pampas, por lo menos de la célebre. Y lo asevero así, sin ninguna pretensión de rigor teórico porque, como diría Ivan Turgueniev a Dostoievsky en una famosa partida de dominó que terminara en malos términos, “me la aguanto de verdad”.

Bromas aparte, la poesía de Girondo es paradigma de la trasgresión y de la innovación, tanto formal como semántica. En Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de 1922, la poesía girondeana se hace cargo definitivamente de la ciudad moderna y sus nuevos elementos, sus nuevas velocidades, sus nuevos valores y relaciones entre los sujetos. Cabe recordar, para cabecitas despistadas, que en los años 20 Buenos Aires vivía una revolución estética, topográfica y étnico-racial, ocasionada por el masivo aluvión inmigratorio y el crecimiento indetenido de la urbanización, con la proliferación de las vías férreas, las calles asfaltadas, las luces eléctricas y los cables de telégrafo que adornaban las calles. Todo era nuevo y el ojo observador se abría de par en par ante la incipiente metrópolis. Algunos ojos se deslumbraban por lo que venía, mientras otros dejaban escapar un lagrimón por lo que se dejaba atrás. Girondo no era precisamente un nostálgico. De hecho en sus poemas, la conjugación verbal en tiempo presente es un manto de sentido que todo lo cubre. A tal punto que el pasado y la tradición son las grandes ausencias de su poesía.

Es posible decir que la obra de Girando se hace cosmopolita junto con Buenos Aires, en tanto las marcas de la modernización urbana están presentes en sus versos. Los tranvías, el cine, los cuerpos femeninos, las luces eléctricas, y los transeúntes multiplicados son captados por un “poeta-ojo” (en palabras de Beatriz Sarlo) que percibe casi fotográficamente imágenes de la configuración urbana y las escribe poéticamente, otorgándole una dimensión simbólica y estética definidamente vanguardista en el sentido más literal de la palabra. Aquí, el valor es la novedad. Se construye como escenario novedoso aquello sobre lo cual otros poetas habían arrojado el tapiz de la nostalgia y la tradición (las orillas borgeanas; el campo pastoral y utópico de Guiraldes, por ejemplo). Se trata del espacio urbano, que Girondo descubre como si lo viera por primera vez en su vida, aunque esto no sea del todo un mero artificio de extrañamiento.



En el poema “Apunte callejero”, de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, escribe Girondo:

“Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar… Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda.

Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí y de pronto se arroja entre las ruedas de una tranvía”



La ciudad con sus sujetos y artefactos es la los protagonista de los versos de Girondo, quien la cubre de una poética en tiempo presente, sin hacerla pasar por un yo lírico que evalúe y contraponga todo con un pasado más feliz, como sí lo hizo Borges. Se trata de apuntes, fotografías, visiones, encuentros que son retratados tal como se perciben por un ojo poetizante, a tal punto que la cotidiana imagen de la sombra del propio cuerpo recortada por el tranvía que atraviesa la calle se convierte en un suicidio repentino y sin tragedia.


“Todo discurso remite a otro discurso”


En la década del ´20 Borges escribía sus célebres libros de poesía Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín . En ellos, el poeta lamentaba la desaparición de un espacio que fundía la ciudad y el campo (su ideologema básico: las orillas), evocándolo de forma nostálgica, oponiéndole una ciudad vertical que amenaza el cielo amplio con sus construcciones. La invención de Borges tiene mucho de mitología: su “buen lugar” está dotado de valores y espacios enaltecidos por un yo poético que se inscribe fuertemente como alguien que añora lo que ya no está y que mira con cierta desconfianza lo que avanza desde el centro de la ciudad hacia los suburbios, pero la selección y la combinación se hace de forma tal que la orilla borgeana suene mucho más a espacio utópico que a pasado reciente y realista. Para Borges

“El día era más largo en tus veredas
que en las calles del Centro
porque en tus huecos se aquerenciaba el cielo.
(…)
y es más grato el rosado firme de tus esquinas
que el de las nubes blandas
y el cielo amenazado de tus orillas guarda
mejor paz que el del campo.”
(Elegía a los portones, Cuaderno San Martín, 1929)



Girondo vendría a derribar esta torre de marfil en la cual el mundo literario puso a la poesía de Borges (por más que la terminología lugoniana hubiera irritado al reactivo Jorge Luis), aunque su poesía (la de Giorondo) no discuta abierta o declaradamente con la de Borges. Pero como es sabido por todos allá por Caballito “Todo discurso remite a otro discurso”, y en este caso es innegable que los leit motivs de las poéticas de los dos autores (por lo menos de las del ´20) difieren casi hasta la oposición dialógica: Mientras Borges traza una solución entre renovación ultraísta (en el plano formal) y memoria criollista (en el plano semántico), haciendo hincapié en una mirada nostálgica sobre el Palermo de patios y aljibes a orillas del Maldonado (hoy entubado y convertido en doble mano), Girondo produce una obra basada en la novedad de lo presente, con un valor que se afirma en la percepción por los sentidos, desplazando del centro del impulso creativo a la memoria (más allá de que en épocas como la nuestra esto nos suene derechoso (lo de relegar la memoria, digo)). En el caso de Girondo se trataba de la ruptura de una tendencia y de la conversión en símbolo poético del nuevo escenario urbano, que se mostraba fascinante para las mentes jóvenes ávidas de mundo, y que asustaba a las mentes tradicionalistas que temían el olvido de los valores nacionales, ya sean los de la patria en tanto nación, que decía reivindicar Lugones, o los de la patria secreta o de infancia que añoraba Borges.

Es que mientras Lugones crea un mito de una raza, y mientras Borges crea otro mito de un espacio y de algunos compadres, Girondo nada más (y nada menos) mira la ciudad y se conmueve con aquello que espantaba a muchos:

“De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga un solo susurro, el susurro de todos los senos al rozarse” (Pedestre, Veinte poemas… 1922)



Al margen de la revista Viva, Beatriz Sarlo ha escrito artículos sobre literatura argentina que figuran entre los más lúcidos del siglo pasado y lo que va de éste. Entonces citémosla aquí, y valgan sus apreciaciones para sostener el pomposo título que llevan estas líneas: “[en la poesía de Girondo] En vez de saber, se palpa, se oye, se huele, se percibe. (…) En la literatura de Girondo no se produce lo que Baudrillard llama `sobrecarga de los signos posesivos´. Las cosas están allí afuera, en la escena urbana; la relación simbólica que se establece con ellas no es de propiedad, tampoco de apropiación: nadie las incorpora a su patrimonio porque sobre ellas se ejerce, básicamente, el común derecho de la percepción.” (1)


Que con Oliverio todo el año es carnaval


Mijail Bajtín, célebre lingüista y filósofo del lenguaje del siglo XX, de origen ruso, desarrolló el concepto de lo carnavalezco, aplicable a las expresiones artísticas, particularmente a la literatura. La carnavalización consiste en la categoría de la cultura no oficial reflejada en la literatura: un discurso literario subvierte las jerarquías preestablecidas, re-ordena el mundo, lo “ordena al revés”. Así, se fusionan los estilos “altos” con los estilos “bajos” (las comillas son significativas). Se ridiculizan figuras de supuesta autoridad moral, política o religiosa y, entre otras cuestiones, se vuelve público lo catalogado de inmoral, como los cuerpos y el sexo. La categoría parte del viejo rito del carnaval, donde el pueblo tomaba las calles para exponer su fiesta de figuras grotescas y burlonas, se desjerarquizaba el espacio, y las plazas públicas eran el lugar donde se escuchaba retumbar el “lenguaje del pueblo”.

Los versos de Girondo son una exposición de lo vedado, un soplido sobre la hoja de parra que cubría la poesía anterior. El pudor se desplaza, y aparecen los cuerpos y los sexos en todo su esplendor, mostrados como elementos particulares, únicos, singulares y diseccionados. Cada seno es una unidad, cada nalga una organicidad. Beatriz Sarlo afirma, tal vez un poco estridentemente, que Girondo es un pornógrafo, porque vuelve público lo íntimo. Hay que hacer hincapié en que aquello de que Girondo es un pornógrafo es una metáfora. Una metáfora exagerada, ya los sexos aparecen aquí de una forma mucho más simbólica, en tanto celebración de lo vital y de los cuerpos humanos como naturaleza, fines que distan largamente de los de la pornografía, que se limitan a la voluntad de excitar al receptor (la defensa del cine porno la haremos en otro momento más oportuno).

La poesía de Girondo es fundamental porque desacartona el género, lo dota de nuevas fuerzas vitales y humanas que la literatura había desplazado sin notar la fuerza simbólica que en ello residía y reside: quien pueda conmover nuestro espíritu y nuestra mente -si es que ésta es conmovible- usando la palabra “nalga” se gana nuestra admiración de forma instantánea. Por lo menos la mía y de los jóvenes lectores, que al fin y al cabo, son los que importan.

Se abre el espacio de lo prohibido, se desacraliza la doxa moral y religiosa, se fusiona lo sublime y lo profano y se enaltecen los sexos que deambulan por una ciudad nueva, en poemas firmados en Venecia, Buenos Aires, París y Mar del Plata en fechas increíblemente cercanas. La ecuación es, sin dudas, por demás seductora.
Valga entonces, y para cerrar estos garabatos, el poema “Exvoto” y sus adorables chicas de Flores, que dan ganas de correr a abrazarlas y “eyacular palabras en sus oídos” para que ya no sientan ese miedo de desparramarse por la vereda.


Exvoto

A las chicas de flores

Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposas.

Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para trasmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás —empavesadas como fragatas— van a pasearse por la plaza, para que los hombres les ayaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.

Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos los que pasan por la vereda.

Buenos Aires, Octubre, 1920 (2)

(1) Beatriz Sarlo, Oliverio, una mirada de la modernidad. En Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1988. Pág 63.
(2) Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía y otras obras. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires. 1991.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

OLIVERIO GIRONDO.
Libertad No Duerme: Excelente incluir a Girondo en estas páginas. La militancia de Girondo constituyó en transgredir las reglas de lo culturoso para ser cultura, imitado, paradigma, burlesco de "lo socialmente estatuido" por el poder reinante.
Reivindicarlo a las nuevas generaciones (las que duermen la morfina del olvido y las que luchan en las barricadas de los sueños) es resucitarlo "Pueblo".
Alicia Susana Gómez.(EVADIDA DEL COMERCIO DEL LIBRO)
"Arte-Sanías Literarias":
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"Arte-Sanías Literarias Sociales".
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